¿Los has visto en las calles de Culiacán? Los "fariseos" son una tradición que danza en silencio y fortalece la identidad
La tradición de los "Fariseos" se transmite de generación en generación y cada año, al acercarse la Semana Santa, llegan a Culiacán para danzar y traer de regreso esas tradiciones.

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Durante la Cuaresma y Semana Santa, el centro de Culiacán luce distinto. Entre el ruido cotidiano, aparecen figuras que no hablan, pero dicen mucho.
Son los "fariseos", herederos de una de las expresiones culturales más profundas del noroeste del país.
En Sonora y Sinaloa, los indígenas mayos-yoeme recrean la pasión y muerte de Jesús.
Su llegada a Culiacán

Cada año llegan a Culiacán para danzar por sus calles, acompañados por el sonido del tambor, los tenábaris y los cascabeles que resuenan en brazos, piernas y cintura.
Su presencia impone. Visten pantalón y camisa, huaraches de tres puntas o tejidos, falda negra o blanca, sabanilla estampada, cobija con barbas y un pañuelo rojo que simboliza la sangre de Cristo. Portan máscara de piel de venado, cabra o cuero de vaca. No es un disfraz. Es identidad, es promesa, es disciplina.
La máscara transforma. Al cubrir su rostro, dejan atrás su nombre y asumen el papel de quienes persiguieron a Jesús. Representan el mal, la tentación y el pecado dentro de la Pasión. Por eso no pueden hablar. El silencio es parte esencial del ritual.
No emitir palabra es un acto de penitencia. Es autocontrol y respeto. La comunicación se da con gestos o con el sonido de los coyolis y tenábaris. Romper el silencio sería romper la promesa.
El compromiso espiritual

Durante 40 días se abstienen de placeres y asumen un compromiso espiritual que culmina el Sábado de Gloria, cuando se retiran y queman la máscara. Ese acto simboliza el triunfo del bien y el renacimiento espiritual. Recuperan su identidad. Recuperan su voz.
En el Centro de Culiacán, entre miradas curiosas y monedas que algunos les entregan para sus ofrendas, los fariseos nos recuerdan que esta ciudad también es raíz, memoria y herencia indígena viva.
Más allá de lo religioso, su presencia fortalece el sentido de pertenencia. Es una tradición que se transmite de generación en generación en el sur de Sonora y el norte de Sinaloa, y que aquí, en las calles del Centro, encuentra un espacio para seguir latiendo. Verlos pasar no es casualidad. Es un privilegio.
Porque mientras caminan en silencio, nos hablan de quiénes somos.













