Empezó vendiendo telas en CDMX y hoy sus herederos controlan un imperio millonario
Liverpool nació en 1847 como un pequeño negocio de telas en la CDMX y con el paso del tiempo se convirtió en uno de los gigantes comerciales más importantes de México.


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En el corazón de la Ciudad de México, donde durante el siglo XIX comenzaron a levantarse algunos de los negocios más importantes del país, una historia comercial arrancó de manera mucho más modesta de lo que hoy podría imaginarse: con un simple cajón de venta de telas.
Lo que parecía un pequeño emprendimiento en una capital en transformación terminó convirtiéndose, con el paso de los años, en uno de los imperios comerciales más grandes de México. Detrás de esa historia está el origen de El Puerto de Liverpool, una empresa que hoy domina buena parte del negocio departamental, inmobiliario y del crédito al consumo en el país.
Pero antes de convertirse en el gigante que millones de mexicanos conocen, todo comenzó con la visión de un empresario francés que supo leer el momento exacto para hacer negocio.
Así nació El Puerto de Liverpool
La historia de Liverpool se remonta a 1847, cuando Jean Baptiste Ebrard abrió en la capital mexicana un pequeño punto de venta especializado en telas finas. En una ciudad que comenzaba a modernizarse y donde el consumo aspiracional iba ganando terreno, esa propuesta logró diferenciarse rápidamente.
Con el paso del tiempo, el negocio dio un salto importante. En 1872, Ebrard comenzó a importar mercancía desde Europa, lo que elevó el perfil de su tienda y la volvió especialmente atractiva para una clientela con mayor poder adquisitivo. Los productos llegaban a México a través del puerto de Liverpool, en Inglaterra, y de ahí surgió el nombre que terminaría acompañando a la empresa hasta nuestros días.
Ese detalle fue mucho más que una curiosidad: asociar la tienda con productos europeos le dio una imagen de exclusividad, calidad y modernidad, algo que en aquella época pesaba mucho entre los consumidores.

Sus herederos lo convirtieron en un gigante
Tras la muerte de Ebrard en 1895, fueron sus socios franceses quienes tomaron el control del negocio. Lejos de dejarlo como una tienda tradicional del Centro Histórico, decidieron expandirlo y profesionalizarlo.
Uno de los momentos clave llegó en 1936, cuando la empresa inauguró su icónico edificio en el Centro de la Ciudad de México, un inmueble que para su época representó un símbolo de modernidad. De hecho, fue uno de los primeros establecimientos en incorporar escaleras eléctricas, algo que en esos años resultaba toda una novedad.
A partir de ahí, la historia de crecimiento fue constante. En 1944, la compañía se constituyó formalmente como sociedad anónima, y para 1965 ya cotizaba en la Bolsa Mexicana de Valores, consolidándose como una de las empresas comerciales más importantes del país.
Con el paso de las décadas, Liverpool dejó de ser solamente una tienda departamental. Su expansión incluyó nuevas sucursales en zonas clave como Insurgentes, Polanco y Satélite, pero también una estrategia más ambiciosa: crecer a través de centros comerciales, bienes raíces y nuevas cadenas.

Con el tiempo, el grupo sumó marcas como Suburbia y distintas boutiques especializadas, lo que le permitió llegar a públicos muy distintos, desde consumidores de ingreso medio hasta clientes de perfil más alto.
Hoy, El Puerto de Liverpool opera 124 tiendas Liverpool, 186 tiendas Suburbia, 118 boutiques especializadas y mantiene participación en 28 centros comerciales Galerías, lo que lo coloca como uno de los actores más fuertes del retail mexicano.
Pero su fuerza no está solo en sus tiendas. Otro de sus grandes motores ha sido el negocio financiero: la empresa se consolidó como uno de los mayores emisores no bancarios de crédito al consumo en México, con tarjetas propias que le permiten impulsar ventas y fidelizar clientes. Liverpool además ha destacado en sus productos financieros y tarjetas propias en sus canales oficiales.
Una idea sencilla que se volvió millonaria
Lo más llamativo de la historia de Liverpool es que su origen no estuvo en una gran fábrica, una fortuna heredada ni una cadena internacional ya consolidada, sino en una idea sencilla: vender productos atractivos en el momento correcto y construir alrededor de ello una marca aspiracional.
Esa combinación de visión comercial, expansión inteligente y adaptación constante fue la que permitió que aquel pequeño cajón de telas en la CDMX terminara convertido en un negocio millonario que hoy forma parte de la vida cotidiana de millones de mexicanos.










