"Una bebida pendiente”, la generosidad de Mary Carmen y sus clientes cambia vidas en Culiacán
Desde hace 11 años, madruga para vender atole y gorditas y creó la iniciativa “Una bebida pendiente” para que, quienes tienen menos puedan recibir una bebida sin costo.

En la esquina de Antonio Rosales y Rafael Buelna, en el centro de Culiacán, cada madrugada Mary Carmen Campoy coloca su mesa y calienta el primer atole del día.
Desde hace 11 años, su venta de avena, chocolate, café, gorditas y pan con mantequilla no solo ha sido su sustento, sino también una forma de ayudar a quienes más lo necesitan.
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La generosidad no tiene límites

Todo comenzó cuando Mary Carmen trabajaba en la taquería “Los Parados”, a la otra esquina y observaba el movimiento de la gente. Así decidió emprender su propio negocio.
“Me aventé a ponerme aquí y ya llevo 11 años. Me ha ido bien y, gracias a Dios, ya hasta le doy trabajo a otras tres personas que tienen familia”, cuenta con orgullo para Tus Buenas Noticias.
¿Qué es "Una bebida pendiente"?

Pero Mary no solo vende. También da sin esperar nada a cambio. Inspirada en un proyecto de los Países Bajos, implementó en su puesto la iniciativa de "Una bebida pendiente".
“Leí que en algunas cafeterías la gente puede pagar una bebida extra para alguien que no tiene dinero. Y dije: ¿por qué no hacerlo aquí?”.
Desde entonces, Mary Carmen ha hecho de su pequeño puesto un refugio para quienes pasan frío o tienen hambre.
Ayudar sin esperar nada a cambio

“Aquí vienen entre seis y siete personas sin hogar todos los días. Llegan sin zapatos o sin cobija, y les damos una bebida caliente con una gordita. No les cobramos nada”, dice.
Pero su idea va más allá de ayudar: busca que más personas se sumen. “Hice un letrero donde explico lo de la bebida pendiente. La gente lo lee, me pregunta y se anima a pagar una bebida para alguien más”, comenta con una voz de satisfacción y gratitud.
En Culiacán, hay gente muy generosa

La respuesta ha sido positiva. “Sí, muchas personas se han unido. Es bonito ayudar, es una bendición para mí y para ellos”, comenta Mary Carmen con una sonrisa.
La satisfacción de servir a los demás es lo que la motiva a seguir, incluso en las madrugadas frías, incluso cuando hay días difíciles. “Al principio costó, pero ahora ya se me hace sencillo. Aprendí sola a hacer el atolito y las gorditas. Nadie me enseñó, todo es con mi toque”.
Mientras su hija estudia y su hijo menor asiste a la secundaria, Mari sigue madrugando para trabajar. Pero su meta no es solo vender, sino dejar un mensaje de solidaridad.
“Si más gente se motivara a ayudar, el mundo sería diferente”, dice convencida. Y ahí, en su humilde puesto, cada vaso de atole representa la esperanza de que aún hay personas dispuestas a compartir.