De alumna a maestra: Adriana encontró en la Zumba una vocación y una forma de crear comunidad en Culiacán
Conoce a Adriana Elizabeth Heredia Valenzuela, la instructora certificada de Zumba que pasó de ser alumna comprometida a liderar una comunidad de mujeres en el parque de la colonia Antonio Nakayama, al sur de Culiacán


Culiacán Sinaloa.- En el parque de la colonia Antonio Nakayama, cada mañana a las 8 en punto y cada tarde a las 6, la música suena como una invitación abierta. No importa la edad ni la experiencia: basta con ganas de moverse.
Al frente está Adriana Elizabeth Heredia Valenzuela, instructora certificada de Zumba, quien encontró en el baile no solo una pasión, sino un propósito.

Hace ocho años, Adriana no imaginaba que terminaría guiando a decenas de mujeres. Era alumna constante, de esas que no fallan: mañana, tarde y noche, siempre en movimiento. “Me encantaba”, recuerda. Pero la vida —que a veces tiene coreografías inesperadas— le presentó una oportunidad decisiva.
Su instructora enfermó y le pidió cubrir dos semanas de clases. Adriana dudó. “Yo no sé nada”, pensó. Pero aceptó el reto con 15 canciones y mucha disciplina. Practicó, repitió, corrigió. Y en ese proceso descubrió algo clave: ya estaba lista, solo que no lo sabía.
La decisión de profesionalizarse
Aunque muchos le decían que no necesitaba certificarse para dar clases, Adriana tenía otra visión. Quería hacerlo bien, formalizar su trabajo y crecer. “Yo quiero más”, se repetía.
Ese camino no fue sencillo. Las certificaciones implicaban una inversión importante. Entre pagos, traslados y viáticos —incluyendo un viaje a Mazatlán para certificarse en Zumba—, tuvo que organizarse incluso mediante tandas para lograrlo. Pero lo hizo.
Hoy cuenta con certificaciones en Zumba, Ritmos Latinos, Guateque y Aqua Fitness, cada una obtenida paso a paso. Para ella, no se trata solo de bailar, sino de ofrecer una experiencia completa, segura y profesional.
Del salón cerrado al parque abierto
Durante años trabajó en distintos espacios: escuelas, el DIF del Palmito —donde inició formalmente— e incluso en un gimnasio. Sin embargo, el aumento en las rentas la llevó a replantear su modelo.
La respuesta estaba al aire libre.

“Quería un lugar donde hubiera vida, niños, familias. Donde más mujeres pudieran ver y animarse”, explica.
Así llegó al parque de la colonia Antonio Nakayama, donde en apenas dos semanas ha consolidado un grupo de alrededor de 33 alumnas, entre sesiones matutinas y vespertinas.
El cambio no solo fue económico, también fue estratégico: visibilidad, cercanía y comunidad.
Más que ejercicio: una familia que se construye bailando
Para Adriana, la diferencia no está únicamente en la técnica. Está en la conexión.
“Yo fui alumna, sé lo que ellas sienten”, afirma. Esa empatía se traduce en clases donde cada minuto cuenta. Sabe que muchas hacen un esfuerzo económico y personal para asistir, así que busca que cada sesión valga la pena.
El resultado es algo que trasciende el ejercicio físico: comunidad.
En cada grupo que ha formado —ya sea en el DIF, en gimnasios o ahora en el parque— se crean lazos que continúan incluso cuando ella ya no está. Cumpleaños compartidos, apoyo mutuo y una red de mujeres que se acompañan más allá del baile.
Disciplina, energía… y tenis adecuados
La fórmula de Adriana es clara y directa: un buen par de tenis, ropa cómoda, agua y actitud.
“Lo único que ocupas es mucha energía y ganas de bailar”, dice.
Sus clases, accesibles en costo, buscan precisamente eso: eliminar barreras de entrada. Porque el objetivo no es solo llenar un espacio, sino renovarlo constantemente. “Siempre quiero gente nueva”, explica, convencida de que cada persona que se suma es una oportunidad de transformar una rutina en bienestar.
Equilibrio entre familia y vocación
Madre de dos hijos, Adriana ha integrado su pasión a su vida cotidiana de una manera muy suya: ensaya coreografías mientras realiza las tareas del hogar. La música es constante, casi un lenguaje familiar.
Sus hijos, de 20 y 9 años, han crecido en ese ambiente. Tal vez no bailan como ella, pero entienden que el ritmo forma parte de su esencia.
Un proyecto en expansión
Originaria de Sonora y con 12 años en Culiacán, Adriana no se conforma. Su visión es clara: crecer, atraer más personas y consolidar su grupo como un espacio abierto, inclusivo y constante.
En el parque Nakayama, cada día alguien pregunta cómo unirse. Y esa, para ella, es la mejor señal de que va por buen camino.
Porque al final, su historia no es solo la de una instructora que encontró su vocación. Es la de alguien que vio una puerta entreabierta… y decidió cruzarla bailando.
Y sí, con paso firme. Porque cuando la oportunidad llega, más vale estar listo… aunque al principio creas que no sabes ni el primer paso.


















