Dulce y Javier: la fe que los sostiene y el negocio que les dio aire en el sector Urías de Mazatlán
No había para comer y aun así no se rindieron. La historia de una pareja que enfrentó la crisis y encontró una ruta para salir adelante. Su puesto de productos básicos en la Plazuela de Urías es un punto de encuentro de fe y trabajo honesto


La historia de Dulce Karina y su esposo Javier es quizá parecida a la de muchas familias sinaloenses que en los últimos años han sorteado una situación económica complicada.
Para ellos la racha difícil inició hace tres años y con la ola de inseguridad se complicó aún más, pero su fe y el trabajo en equipo han sido la calve para salir adelante, paso a paso.
Un emprendimiento que apenas lleva unas semanas de haber iniciado, con la venta de huevo, frijol, azúcar, queso y papel higiénico en la banqueta de la Plazuela de Urías, a ras de carretera, les permite ver un poco de luz después de meses de un panorama sombrío.
En entrevista con Tus Buenas Noticias, Dulce platica mientras atiende a sus clientes, recuerda que hace tres años Javier tenía un empleo estable con un buen sueldo que les permitía solventar los gastos del hogar.
Ella, aunque se dedicaba al hogar, vendía productos de belleza, con lo que tenía ingresos que también aportaba al sustento de la familia. 
Retos que se enfrentan con fe
Pero un día la situación cambió drásticamente, en la empresa donde trabajaba Javier se terminó la producción de atún congelado de exportación y con ello dejó de percibir un bono muy importante para sus ingresos, en ese tiempo la pareja recién había adquirido su vivienda a través de Infonavit.
“Cuando se acaba la exportación de atún el sueldo base era de mil 500 pesos semanales, nosotros acabábamos de comprar nuestra casa por medio de Infonavit y por semana a él le descontaban mil 400 y feria, de los mil 500 le quedaban 50 pesos a la semana, ya no era redituable para nosotros vivir con eso”, recuerda.
Javier tuvo que renunciar a su empleo para buscar otras oportunidades que le permitieran mejores ingresos, pero a pesar de muchos esfuerzos la situación se complicó cada vez más, pues las deudas empezaron a crecer.
“Se nos fueron acumulando los compromisos que teníamos, las deudas, llegamos a un momento en nuestra vida en el que ya no sabíamos ni qué hacer, tenemos dos hijos y fue muy complicado porque había días en los que no había ni para comer”, dice con la voz entrecortada.
La pareja nunca se cruzó de brazos, Javier trabajó como pintor, como empleado en un asadero y en una taquería donde Dulce también trabajó de mesera, ella también empezó a hacer aseo en algunas viviendas, hacía y vendía flanes y kekis.
“Emprendimos un montón de cosas, algunas nos desesperaron y antes de tiempo tiramos la toalla, yo no pude seguir con los pedidos de productos de belleza porque todas las ganancias las usé para pagar, no pude invertir más”, señala.

Ambos trabajaron como choferes de servicios de transporte de aplicación, que en una temporada fue un buen negocio, pero luego el trabajo disminuyó y se volvió una actividad hasta cierto punto riesgosa.
“Anduvimos trabajando de Didi los dos, pero rentábamos un carro y teníamos que sacar primero la renta del carro y lo de la gasolina, una temporada estuvo bien pero luego se puso difícil y dejó de haber ganancia, cuando empezó la ola de violencia optamos por no trabajar de noche y luego llegó un momento que ya no era redituable, era mucho tiempo invertido para tarifas muy bajas”, explica.
Javier llevó solicitudes de empleo a muchas empresas, buscaba cualquier empleo que le permitiera un ingreso seguro, pero no tuvo suerte, la respuesta era siempre negativa.
La situación llegó al extremo de no poder pagar los servicios básicos de su hogar y quedarse sin servicio de electricidad durante seis meses.
El hijo mayor de la pareja, que está en plena adolescencia, fue quien más resintió esta etapa, a ellos como papás les tocó contenerlo y transmitirle la fe que los sostenía incluso en los momentos más difíciles.
“La nuestra es una historia de fe y nos tocó estar de cerca con mi hijo diciéndole vamos a salir adelante, confía en Dios, a él le costó trabajo el tema de confiar en que íbamos a poder. Nosotros siempre con oración y pidiéndole al señor, yo le decía señor guarda su corazón, cuida su corazón, que esto no lo haga desistir ni desconfiar de que tú nos vas a ayudar”, dice con entereza.

Empatía y apoyo: la familia que les tendió la mano
Iniciando este año, después de muchos tropiezos y pruebas complicadas, Dulce y Javier conocieron a una familia que ellos mismos llaman una bendición en su vida. Un cambio de iglesia en la que se congregan fue lo que llevó a este encuentro.
Al conocer la historia de la pareja, esta familia, cuyo hijo mayor estaba emprendiendo un negocio de venta de huevo, frijol, azúcar, queso y papel higiénico en el sector Flores Magón, decidieron ayudarlos con trabajo.
Les preguntaron si tenían un punto de venta viable para un emprendimiento similar y así inició su negocio, en la banqueta de la Plazuela de Urías.
“Creemos que Dios tuvo mucho que ver, yo siempre he dicho que el señor nos dio la gracia para hallar a esa familia, yo ya le había comentado a mi esposo sobre este negocio de vender huevo, pero jamás pensé que el señor nos lo iba a dar así”, dice emocionada.

La venta de productos de la canasta básica ha tenido buena aceptación en las primeras semanas del emprendimiento. Dulce y Javier tienen un sueldo y comisión por ventas, así que hacen lo posible por atraer cada vez más clientes.
La pareja asegura que su comunidad de Urías es de gente noble que apoya a los emprendedores.
“La comunidad siempre se suma y aporta algo, aquí venimos con toda la fe, vamos empezando y a veces no se vende mucho a la semana, apenas nos estamos organizando para resolver el tema de lo que tenemos atrasado y este negocio ha sido una bendición”, dice Dulce convencida.
De lunes a sábado de 7:00 am a 3:45 pm Dulce y Javier atienden el negocio, se organizan para atender a sus hijos y las necesidades del hogar.
De 8:00 a 12:00 del día también tienen entregas a domicilio en Urías y sus alrededores. Tienen promociones, precios accesibles y productos de calidad.
“Viene le gente y nos dice qué bueno que se pusieron, qué bueno que están aquí y hay gente que nos compra seguido, les gusta el producto les gusta y el trato que les damos siempre con una sonrisa y dándoles una palabra de fe, de bendición, creo que eso ha influido para que la gente nos busque”, dice contenta.
En meses de lucha y trabajo, a pesar de las carencias y dificultades Dulce y Javier nunca perdieron la fe, al contrario, la joven asegura que el mal momento los unió como familia y les enseño a valorar lo que realmente importa: estar juntos.
Entre muchos otros aprendizajes, la pareja destaca uno: no adquirir deudas innecesarias porque en cualquier momento las cosas pueden cambiar.
“Tú piensas que lo puedes controlar todo, porque tienes un buen trabajo, porque te está yendo bien en tus ventas, pero cuando nos va bien hay que aprovechar para hacer un ahorro y nosotros no teníamos un ahorro, ni una planeación o una buena organización”, señala.

La historia de Dulce y Javier no es solo un testimonio de superación personal frente a la adversidad, sino un recordatorio de que la economía familiar se fortalece con la previsión y el apoyo mutuo.
Su experiencia hoy se convierte en una lección valiosa para otros emprendedores: la importancia de una organización financiera consciente y el valor de tejer redes de ayuda en la comunidad.
Al final, más allá de la venta de productos básicos, su puesto en la Plazuela de Urías es un punto de encuentro donde la fe y el trabajo honesto demuestran que, incluso en los panoramas más sombríos, siempre hay espacio para reconstruir el camino.
¡Apoya a esta familia en su emprendimiento! Pedidos por WhatsApp 6692602309 6691109796.






