En Culiacán, Isela venció el cáncer y hoy inspira con “Mis Moños por Isela”
Tras enfrentar un agresivo cáncer de páncreas, cirugías, quimioterapias y meses en el hospital, Isela Atondo Castro sobrevivió contra todo pronóstico. Hoy reconstruye su vida con su emprendimiento.

Hay personas que aprenden a vivir dos veces. La primera, cuando la vida parece ir siguiendo el rumbo normal de los días. La segunda, cuando todo se derrumba y aun así encuentran fuerzas para volver a ponerse de pie. Isela Atondo Castro pertenece a esas personas.
A sus 53 años, sus manos vuelven a acomodar listones, piedras brillantes y pequeñas telas de colores para convertirlas en moños para niñas. Los hace con paciencia, con amor y con una delicadeza que pareciera imposible después de todo lo que su cuerpo ha soportado.
Un emprendimiento que nació como resiliencia

Porque hace apenas dos años, Isela estuvo entre la vida y la muerte. Su emprendimiento, “Mis Moños por Isela”, nació mucho antes de la enfermedad.
Comenzó hace más de 12 años, cuando llegó una nietecita a su vida y ella quiso hacerle accesorios especiales. Lo que empezó como un detalle de amor se convirtió poco a poco en una pasión.
Siempre tuvo facilidad para las manualidades. Coser, tejer, bordar. Pero entre todas las cosas que podía crear con sus manos, los moños terminaron robándose su corazón.
Durante más de dos décadas trabajó en el Colegio Valladolid. Entró como prefecta y los últimos diez años se desempeñó como subdirectora. Era trabajadora social de profesión y dividía sus días entre la escuela y sus moños.
Por las tardes hacía entregas, atendía clientas y poco a poco fue construyendo una pequeña comunidad de personas que buscaban sus creaciones. Nunca imaginó que aquel emprendimiento terminaría salvándole también el alma.
La pandemia obligó a Isela a aprender a vender por internet. No sabía cómo hacerlo, pero entendió que tenía que adaptarse. Poco a poco empezó a recibir pedidos en línea y su negocio encontró una nueva manera de sobrevivir.
Un desafío inesperado

Entonces llegó el golpe más duro de su vida. Después de atravesar una separación dolorosa tras 30 años de matrimonio, su cuerpo comenzó a cambiar. Su piel se volvió amarilla.
Pensó que podía ser algo pasajero, pero los estudios médicos revelaron una realidad devastadora: cáncer de páncreas. Uno de los cánceres más agresivos y con menor esperanza de vida.
“De cada cinco personas, solo una se salva”, recuerda que le dijo el médico antes de entrar a cirugía. Y aun así, Isela decidió luchar.
La operación a la que fue sometida fue extremadamente delicada. Le retiraron parte del estómago, parte del hígado, 43 centímetros de intestino, la vesícula y gran parte del páncreas. Después vinieron las radioterapias, las quimioterapias y los meses enteros dentro de un hospital.
Hubo días en que no podía levantarse. Días en que la llevaban en silla de ruedas. Días en que sus manos temblaban tanto que pensó que jamás volvería a hacer un moño. Pero nunca estuvo sola.
Sus hijos, su hermana, sus sobrinas y su familia completa se turnaban para cuidarla. Mientras uno trabajaba, otro la acompañaba. Mientras uno descansaba, otro permanecía despierto junto a ella.
Un refugio que la ayudó a salir adelante

Y en medio del miedo, Isela encontró refugio en la fe. “Dios me dejó aquí por algo”, dice ahora con serenidad. Porque sobrevivió. Mientras veía partir a otros pacientes en los pasillos del hospital, ella permaneció. Contra los pronósticos, contra las estadísticas y contra el miedo.
Hoy sigue en revisión médica constante. Las secuelas existen: el cansancio, el dolor en las articulaciones y el agotamiento diario forman parte de su nueva vida. Pero también forman parte de ella la gratitud, la claridad y las ganas de vivir. Ahora sus días transcurren entre listones y colores.
Hace moños personalizados, entrega pedidos y atiende a sus clientas con una sonrisa tranquila, de esas que solamente tienen las personas que aprendieron a valorar el simple hecho de despertar un día más.
Isela asegura que antes vivía para el trabajo. Hoy quiere vivir para ella. Para sus hijos. Para sus nietos. Para sanar también el corazón.
Porque después de vencer al cáncer, entendió que sobrevivir no solamente significa seguir respirando, sino volver a encontrar razones para disfrutar la vida. Y ella las encontró en algo tan pequeño y poderoso como un moño hecho a mano.















