“Tiene 9 años y su vida entre vacas y caballos está sorprendiendo en Sinaloa
Mientras muchos niños apenas despiertan, Mateo ya está en el corral ayudando con las vacas. Tiene 9 años, vive en Sinaloa y su amor por la vida ranchera ha sorprendido a miles.


San Ignacio, Sinaloa.- Mateo se despierta antes que el sol, se amarra las botas y se va al corral. A sus nueve años no juega a ser ganadero: lo es. En su mochila no lleva juguetes, lleva una soga y el orgullo de quien ya tiene un oficio.
En la comunidad de Lo de Ponce, en el municipio de San Ignacio, Mateo López Astorga apenas tiene nueve años, pero ya es todo un ganadero, pues realiza actividades propias de un adulto.
Con voz firme, relata que desde los siete años comenzó a ordeñar, aunque prácticamente desde que empezó a caminar su abuelo lo llevaba al corral, donde fue aprendiendo no solo a ordeñar, sino también otras actividades relacionadas con la ganadería.
Cuando la mayoría de los niños de su edad aún duerme, él ya está en el corral.
Dijo tener cuatro vacas y que su abuelo tiene seis.
“Primero tenía una vaca y esta se reprodujo. Ahora tengo cuatro, aunque el tigre me comió dos vaquillas. El primer becerro que parió me lo eché a la bolsa, o sea, lo vendí. Le di el dinero a mi mamá y me compró unas botas, un sombrero y un cinto, cosas de ranchero, pues, porque me hacían falta”, manifestó.
Entre vacas, gallinas y ordeña: así transcurren las mañanas de Mateo
Lo primero que hace cuando se levanta es darle de comer a las gallinas. Tiene 16 y también les pone agua.
“Aunque a veces se me va el rollo y mi abuela me tiene que recordar; después ya me voy al corral”, señaló.
Dijo que cuando hace frío y su papá todavía no llega —así se refiere a su abuelo— se acerca a donde están cociendo el frijol que le dan de comer al ganado.
“Ahí es de mi tío Adrián. Ahí me caliento un poco mientras llega mi papá con las vacas del rancho donde las tenemos, que se llama El Valamito”, comentó.
Ya cuando llega su “papá” con las vacas, le ayuda con la suya.
“Es que mi papá tiene una vaca parida y quiere cornar a la mía. Entonces agarro el mecate y le comienzo a pegar al piso para que se vaya. Después me dice mi papá Manuel: ‘Ve a ayudarle a tu tío a manear las vacas’, y después las amamanto”, agregó.
Expresó que mientras su tío está platicando, él agarra una vaca y la ordeña, y cuando su tío se da cuenta le dice: “A ver, vete para allá”, y entonces se va a ordeñar las de ellos.

A diario ordeñan diez vacas y obtienen poco más de 30 litros de leche. Su abuela se encarga de hervir algunos litros para tomar, además de elaborar queso, requesón para la venta y jamoncillos para el consumo del hogar.
También monta a caballo, “un macho viejo”, dijo. En él va al monte a buscar las vacas.

El amor por la ganadería, una tradición que Mateo heredó de su abuelo
“Una vez se me perdieron dos toros y un toro ajeno tenía tirado a uno de nosotros. Estaba como muerto. Yo escuché mucho ruido y corrí a ver qué pasaba. Si el toro se hubiera metido otra vez al corral sí lo hubiera matado, pero no, solo se curó. Le pedí mucho a Dios que no se nos muriera, me lo cumplió y se lo agradecí”, señaló.

En el rancho hay más niños que realizan actividades de ganadero, pero pocos hacen todo lo que él hace. El gusto por la ganadería lo heredó de su abuelo, aunque esta actividad viene ya de generación en generación.
“Mi esposo siempre le ha inculcado este oficio. Le compró una becerrita y esa becerrita ya la hizo grande, pero no quería parir y se la cambió por otra que iba a vender. Ahora ya tiene dos vacas y dos becerros. Yo le digo a Mateo que es una bendición lo que hace, porque si tiene hambre puede comerse una tortilla con queso y un vaso de leche”, expresó doña Paula Díaz Manjarrez.
Mateo también alimenta al ganado y le da de beber. Con una manguera llena una pila grande que tiene en el corral.
A su corta edad, sus manos están callosas y llenas de cicatrices hechas por los alambres de púas y las sogas. Tiene manos de hombre adulto y ya conoce el cansancio que provoca el trabajo.
Y no conforme con todo lo que hace, dijo que compraría un puerquito para engordarlo y después venderlo.
Sin duda alguna, el pequeño Mateo es un gran ejemplo para la juventud y la niñez, porque además de realizar todas estas actividades, se da tiempo para acudir a la escuela primaria, donde cursa el cuarto año.




















