Rosangela Aceves transformó el miedo en vida y el cáncer en una oportunidad para renacer
La historia de Rosangela Aceves Borroel, de 45 años, desafía los temores asociados al cáncer al mostrar cómo una mujer decidió enfrentar la enfermedad sin negarla, pero también sin permitir que esta definiera su vida


Culiacán, Sinaloa. - En un mundo donde la palabra cáncer suele llegar cargada de miedo, incertidumbre y silencio, la historia de Rosangela Aceves Borroel, de 45 años, rompe ese estigma con una fuerza distinta: la de una mujer que aprendió a mirar la enfermedad de frente, sin negarla, pero también sin permitir que la definiera.

Cicatrices que enseñan a vivir: el inspirador testimonio de Rosangela Aceves
A Rosangela le detectaron cáncer de mama triple positivo en etapa 2 tras una mastografía de rutina realizada el 30 de junio del año pasado. Lo que comenzó como un chequeo habitual cambió por completo su vida horas después, cuando una notificación en su aplicación de salud reveló un resultado alarmante: BI-RADS 5, clasificación de alta sospecha de malignidad.
El miedo apareció de inmediato, pero no la paralizó. Buscó atención médica, acudió a valoración especializada, se realizó ultrasonido y biopsia. En pocos días, el diagnóstico fue confirmado.
El tratamiento inició de forma inmediata: fue intervenida quirúrgicamente al día siguiente de la confirmación y posteriormente empezó con quimioterapias, radiaciones y terapias hormonales de largo plazo. Más allá del protocolo médico, su proceso estuvo marcado por una decisión consciente: seguir con vida.

Una vida marcada por la pérdida y la resiliencia
El golpe del diagnóstico no llegó en un terreno vacío. Rosangela ya había enfrentado una década de pérdidas familiares significativas: la muerte de su madre, su padre y dos de sus hermanos entre 2010 y 2020. Ese dolor acumulado la llevó a una etapa de depresión, de la que logró salir con apoyo psicológico.
“Si yo no hubiera sanado esas pérdidas, quizá me hubiera dejado morir”, confesó. Sin embargo, esa etapa, lejos de quebrarla, le permitió reconstruirse emocionalmente. Cuando llegó la enfermedad, su respuesta fue de resistencia: “Si salí de eso, también puedo salir de esto”, recordó.
La actitud como punto de partida
En los primeros días tras el diagnóstico, el miedo estuvo presente, pero no la paralizó. Con el tiempo comprendió que el cáncer no solo es una condición médica, sino también un proceso emocional intenso.
Mientras su familia se desbordaba en angustia, ella asumió un rol inesperado: el de sostén emocional.
“Yo era la que les decía: aquí estoy, no pasa nada”, relató. Esa fortaleza nació de una convicción alimentada por su fe, su disciplina y su decisión de no rendirse.

El acompañamiento y la red que la sostuvo
El papel de sus seres queridos fue determinante en su proceso. Rosangela reconoce que su familia ha sido un apoyo incondicional y que lo sigue siendo hasta hoy.
En cada etapa del tratamiento, recibía gestos, sorpresas y detalles que la acompañaban emocionalmente y le recordaban que no estaba sola.
“Ahí entendí lo importante que es la familia”, compartió. Pero no solo su entorno familiar estuvo presente. También sus amistades y personas cercanas —e incluso quienes no lo eran tanto— se acercaron en el momento más difícil.
“Yo siempre me decía que estaba sola en la vida, a pesar de tener hijos, pero Dios me mandó mucha gente maravillosa a mi alrededor”, relató.
Entre el cariño de sus seres queridos, el fútbol y las personas que fueron llegando a su vida, Rosangela descubrió una red de afecto que le devolvió la esperanza y cambió su manera de ver la vida.

Acompañamiento médico con rostro humano
El acompañamiento médico fue un pilar fundamental en su proceso, y Rosangela lo expresó con gran gratitud. Reconoció la calidad humana y profesional de quienes la acompañaron en cada etapa del tratamiento: el doctor especialista en cáncer de mama, Manuel Arturo Acosta Alfaro, del Hospital Los Ángeles, a quien describe como un excelente médico y gran ser humano; el oncólogo del IMSS, Ernesto Castaño Bernal, así como el personal de radiaciones cercano al Hospital General (viejo).
Para ella, todos dejaron una huella de humanidad, entrega y empatía que marcó la diferencia en los momentos más difíciles.
El cuerpo en movimiento, la vida en expansión
Uno de los elementos más significativos en su proceso fue la actividad física. Rosangela nunca dejó el ejercicio: continuó en el gimnasio, en la zumba y en el fútbol.
Incluso durante quimioterapias y radiaciones, su rutina no se detuvo. Al día siguiente de cada tratamiento regresaba al movimiento y a la vida cotidiana. Para ella, el deporte no fue solo distracción, sino una herramienta de recuperación física y emocional.
Hoy juega en distintos equipos locales, como “Las Lobas”, dirigidas por Efraín Anguiano, y continúa compitiendo, con recientes logros deportivos. Su historia desafía la idea de fragilidad asociada al cáncer: su cuerpo no dejó de moverse porque su vida no dejó de avanzar.

El aprendizaje más profundo: volver a sí misma
Más allá del tratamiento médico, Rosangela habla de una transformación interna. Antes del cáncer vivía en automático emocional, con poco aprecio por la vida.
Después, todo cambió. “Ahora valoro cada cosa: lo que como, lo que hago, lo que vivo”, afirmó.
El proceso la llevó a reconectar consigo misma, buscar apoyo emocional, meditar y reconstruir su sentido de vida. Hoy reconoce que su mayor aprendizaje es el amor propio: aprender a mirarse, escucharse y reconocerse como alguien valiosa más allá de la enfermedad.
Un mensaje que busca romper el miedo
Rosangela no niega la gravedad del cáncer ni minimiza su impacto, pero insiste en un mensaje que considera vital: el cáncer no es sinónimo de muerte.
Su experiencia le ha mostrado que, con diagnóstico oportuno, tratamiento adecuado, apoyo emocional y una actitud de vida, es posible atravesar el proceso y salir adelante.
Actualmente continúa con tratamiento hormonal de largo plazo para reducir el riesgo de reaparición del cáncer. Aun así, vive cada día con una convicción firme: el presente es lo único que realmente importa. “Yo no pienso en el futuro, pienso en el hoy”, afirmó.

El testimonio de Rosangela Aceves Borroel se convierte en una voz que acompaña a quienes atraviesan momentos donde el miedo parece más grande que la esperanza.
Entre pérdidas, lágrimas y tratamientos, descubrió que incluso en los días más oscuros siempre existe una razón para seguir adelante.
Porque aun con cicatrices en el cuerpo y el alma, aprendió que la vida todavía puede llenarse de amor, gratitud y nuevas razones para vivir.












