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Bajo el sol de Culiacán, Juan Pablo cambió los cuadernos por ladrillos y hoy levanta casas para que sus hijos sí puedan estudiar

El legado de un padre que quiere romper el ciclo de la pobreza

31 mayo, 2026
Cuando ere joven, Juan Pablo decidió dejar los estudios, hoy, se esfuerza cada día como albañil para darle estudio a sus hijos.
Cuando ere joven, Juan Pablo decidió dejar los estudios, hoy, se esfuerza cada día como albañil para darle estudio a sus hijos.

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Mientras el sol cae con fuerza sobre las calles de Culiacán, en Barrancos hay un hombre que sigue trabajando sin detenerse.

Entre cemento, mezcla y ladrillos, Juan Pablo Oropeza Rojo no solamente construye casas: también levanta, día tras día, la esperanza de que sus hijos tengan una vida distinta a la que a él le tocó vivir.

Sus manos curtidas por el trabajo cuentan una historia que comenzó cuando apenas tenía 15 años. A esa edad, cuando muchos jóvenes apenas empiezan a imaginar el futuro, él ya cargaba cubetas y aprendía a pegar ladrillos bajo el intenso calor sinaloense.

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Todo comenzó como un "castigo".

Un capricho de adolescente marcó su destino

Pablo recuerda entre risas que estaba "encaprichado" con dejar la escuela. Su padre, cansado de insistirle que estudiara, decidió llevarlo a trabajar a la obra con la esperanza de que el cansancio y el trabajo pesado lo hicieran cambiar de opinión.

Pero ocurrió lo contrario.

"Tenía 15 años cuando mi papá me llevó a trabajar con él, empecé como ayudante y pues él fue quien me enseñó este oficio. Lo hizo para castigarme porque ya no quería estudiar, y más que un castigo para mí fue una enseñanza porque aquí me quedé", relata.


Desde entonces, el sonido de las palas, el olor del cemento fresco y las jornadas interminables bajo el sol se volvieron parte de su vida.

Ladrillo por ladrillo, Pablo fue construyendo no solo viviendas ajenas, sino también el sustento de su propia familia.

Sus hijos, la razón para seguir adelante

Padre de seis hijos, asegura que ellos son la razón por la que nunca se rinde. Aunque reconoce que el oficio de albañil es pesado y agotador, dice que cada jornada vale la pena cuando llega a casa con algo para comer.

Sus ojos brillan al hablar de sus hijos. Cuenta orgulloso que cinco de ellos son estudiantes destacados y sueña con que logren terminar una carrera profesional. Sin embargo, su hijo mayor tomó el mismo camino que él.

Y eso le duele.

"Ahora a mí me tocó estar en el lugar de mi papá. Igualito que a mí, tuve que traerme a mi hijo mayor para que vea que la vida no es fácil y que lo mejor sería la escuela, pero no quiere", dice con gesto serio.


A sus 17 años, el muchacho ya aprendió a colar y pegar ladrillos. Pablo asegura que nunca imaginó verlo seguir sus pasos tan pronto, pero prefirió tenerlo cerca antes que verlo perderse en las calles.

"Le soy sincero, este no era mi deseo para mi hijo, pero en lugar de que ande en la calle entre los vicios, prefiero que se venga a trabajar conmigo porque al menos yo sé dónde está", expresa.


Una vida de trabajo duro

La voz se le vuelve más pausada cuando habla del futuro.

Porque aunque siente orgullo por el trabajo honesto que ha realizado toda su vida, también reconoce el desgaste físico que implica pasar los días bajo el sol, cargando materiales y enfrentando jornadas agotadoras para sostener a una familia.

Pablo sabe que la vida del albañil no es sencilla.

Por eso insiste en que sus otros hijos sí deben estudiar.

"Nunca va a ser mejor ser albañil que profesionista", dice reflexionando. "Un oficio es digno, pero una carrera puede abrirles más puertas".

En medio de una sociedad donde muchas veces los trabajadores de la construcción pasan desapercibidos, Pablo representa a cientos de hombres que, entre polvo y cemento, levantan hogares ajenos mientras intentan construir un mejor destino para los suyos.

Y aunque dejó la escuela hace muchos años, todavía conserva una enseñanza que hoy quiere heredarles a sus hijos: que nunca es tarde para aprender, para salir adelante y para intentar cambiar el rumbo de la historia familiar.

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