Sus suegros murieron, pero ellos se negaron a dejar desaparecer una tradición de más de 40 años
Tras la muerte de sus suegros, María Dolores Rodríguez y Jesús Loaiza decidieron mantener viva una tradición de más de 40 años. Hoy, hijos y nietos participan en la cosecha artesanal de ciruelas en Sinaloa.


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El Carmen, San Ignacio, Sinaloa.- Durante más de 40 años, la cosecha y procesamiento de la ciruela han formado parte de la vida de una familia de El Carmen. Hoy, María Dolores Rodríguez y Jesús Loaiza mantienen vivo un legado heredado de sus padres, en una actividad que sigue uniendo generaciones.
En la comunidad de El Carmen, la cosecha y procesamiento de la ciruela no es solamente una actividad económica, sino una tradición familiar que ha pasado de generación en generación. María Dolores Rodríguez y su esposo, Jesús Loaiza, son los encargados de mantener vivo este legado que comenzó hace más de cuarenta años con los padres de Jesús.
Tras el fallecimiento de sus suegros, la pareja decidió continuar con una labor que conocían desde hacía tiempo, pues durante años colaboraron en las diferentes etapas de la cosecha y preparación del producto.
"Le ayudábamos a mis suegros y cuando ellos ya no estuvieron, nosotros seguimos trabajando con las ciruelas", comenta María Dolores, quien asegura que esta actividad se ha convertido en una parte importante de la economía familiar.

La cosecha de ciruelas: un esfuerzo familiar en El Carmen
La temporada de ciruelas representa semanas de intenso trabajo. La fruta se recolecta en el conocido Rancho Viejo, ubicado al pie del cerro de esa misma comunidad, donde la familia se traslada para aprovechar la producción de los árboles que pertenecían a los padres de Jesús.
La recolección es una actividad que involucra a varios integrantes de la familia. Los más pequeños desempeñan un papel fundamental, ya que son quienes recogen gran parte de la fruta que cae al suelo.
"Van como seis niños a ayudarnos porque para ellos es más fácil agacharse y juntar las ciruelas", explica María Dolores.
Durante una jornada productiva pueden llegar a reunir entre 35 y 40 cubetas llenas de fruta, cada una con un peso aproximado de 20 kilogramos.
Proceso artesanal en la preparación de ciruelas en El Carmen

Una vez terminada la cosecha, comienza una etapa igual de importante: la preparación de la fruta.
Las ciruelas son trasladadas a la vivienda familiar, donde se lavan cuidadosamente antes de colocarlas en grandes recipientes para su cocción. Posteriormente se hierven con sal durante aproximadamente diez minutos.
Después del cocimiento, las frutas son escurridas y colocadas en cernidores especiales para iniciar el proceso de secado al sol.
El clima juega un papel determinante. En condiciones favorables, las ciruelas tardan entre tres y cuatro días en secarse, aunque algunos lotes requieren más tiempo para alcanzar el punto ideal.
Este trabajo artesanal garantiza la calidad del producto final y conserva el sabor tradicional que distingue a las ciruelas de la región.
Impacto económico de la cosecha de ciruelas en la comunidad

La familia produce principalmente dos tipos de ciruela: roja y amarilla.
La ciruela roja es reconocida por su sabor más dulce y suele comercializarse como ciruela seca, mientras que la amarilla es muy popular para la preparación de botanas y antojos, especialmente cuando se combina con chamoy.
Gracias a estas características, ambas variedades tienen buena aceptación entre los consumidores y representan una importante fuente de ingresos durante la temporada.
La producción no se limita al consumo local. Una parte importante de las ciruelas procesadas se comercializa en Culiacán, donde intermediarios adquieren el producto para distribuirlo en mayores cantidades.
Durante una temporada favorable, la familia puede llegar a procesar entre 700 y 800 kilogramos de ciruela, una cifra que refleja el esfuerzo invertido durante semanas de trabajo continuo.
Más allá del aspecto económico, la actividad se ha convertido en un proyecto que une a toda la familia. Las hijas de María Dolores también participan en las diferentes tareas relacionadas con la cosecha y preparación de la fruta.
"Sí me ayudan mis hijas", comenta orgullosa María Dolores, destacando que el aprendizaje y la participación familiar son fundamentales para conservar este oficio.
Conforme termina la temporada de la ciruela, la familia comienza a prepararse para otras actividades que complementan sus ingresos, como la venta de chiltepín.
"Es un trabajo demasiado pesado, sobre todo porque se realiza en temporada de calor, es por eso que hemos optado por cocer la ciruela por la tarde-noche, ya que no está tan caliente el ambiente, porque no se soporta estar junto a la lumbre en el día", expresó.
Además, hay que mover constantemente la fruta para que se seque parejo, una labor que también resulta cansada debido a las altas temperaturas.
La historia de María Dolores Rodríguez y Jesús Loaiza demuestra que las tradiciones familiares siguen siendo una parte esencial de la vida comunitaria.
Gracias a su esfuerzo, la cosecha de la ciruela continúa siendo mucho más que un negocio: es un legado que preserva la identidad, el trabajo y la unión familiar de generación en generación.





