"Un juguete me duraba hasta tres Navidades": hoy su colección vale más de 300 mil pesos
De niño apenas tenía un juguete que debía cuidar durante años. Hoy, Héctor Aguiar posee una colección de más de 600 figuras vintage, valuada en más de 300 mil pesos, que nació de una infancia marcada por las carencias.


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La Cruz de Elota, Sinaloa. A sus 53 años, Héctor Aguiar, comerciante de La Cruz de Elota se dedica a la venta de artículos de ferretería, plomería y material eléctrico.
Sin embargo, detrás del mostrador existe otra gran pasión: el coleccionismo de juguetes vintage, especialmente aquellos que marcaron la década de los años ochenta.
"Me encanta coleccionar juguetes clásicos, ochenteros. Tengo más de veinte años con este gusto y debo tener entre 500 y 600 piezas", comenta con orgullo mientras muestra algunas de sus joyas más preciadas, que superan los 300 mil pesos.
Aunque la mayoría de su colección la tiene en su casa, decidió poner en exhibición algunas figuras en su negocio, pues eso le llena de energía y disfruta cuando los niños y no tan niños llegan y se quedan admirados de ver parte de su colección y que le hagan preguntas relacionadas a las mismas.
"Como tengo varias figuras en su empaque original, aquí colgadas en mi negocio, llegan los niños y piensan que están en venta, y ya les explico que son parte de mi colección"

La pasión por el coleccionismo de Héctor Aguiar
Su colección está integrada por figuras de caricaturas emblemáticas como He-Man y Thundercats, además de personajes producidos por Hanna-Barbera y otras marcas que hoy son objeto de deseo para coleccionistas de todo el mundo.
Pero esta afición no nació por casualidad, nació del vacío que la niñez le había dejado al no poder tener un juguete al igual que sus hermanos.
"Desde niño. Creo que tiene mucho que ver con las carencias que uno tuvo. Un juguete que me regalaban me duraba hasta tres navidades. Éramos cinco hermanos y era difícil, porque mis padres batallaban mucho para mantenernos, eso era más importante en esa época", recuerda.
Aquella escasez, lejos de convertirse en una frustración permanente, terminó transformándose en un impulso para conservar viva la ilusión de la infancia.
"No soy un comprador compulsivo. Si veo algo que me gusta y el precio es justo, lo compro. Puede ser en un tianguis, en internet o donde aparezca una pieza especial", explica.

El impacto emocional de los juguetes en su vida
Entre sus tesoros destaca una figura conocida como "El Vengador", una pieza que adquirió hace años por alrededor de cinco o seis mil pesos y cuyo valor actualmente alcanza entre 20 y 25 mil pesos.
También conserva figuras originales de He-Man con más de cuatro décadas de antigüedad y otros personajes que hoy son prácticamente imposibles de conseguir.
Aunque reconoce que ha invertido una cantidad importante de dinero en su colección, asegura que el verdadero valor de sus juguetes es emocional.
"Es un pedazo de plástico, pero literalmente es un sentimiento muy fuerte", dice mientras sostiene una de sus figuras más queridas.
Varias de sus piezas permanecen intactas, aún dentro de sus empaques originales, guardadas celosamente en su casa y algunas más con su madre. No piensa venderlas, aunque admite que si alguien se enamora de alguna pieza podría considerar desprenderse de ella.
Héctor tiene dos hijos, ambos arquitectos, quienes crecieron en condiciones muy distintas a las suyas y no heredaron el gusto por el coleccionismo.
"Ellos no tuvieron las carencias que yo tuve. Cuando eran niños les compraba juguetes, pero en realidad era un regalo que me hacía a mí mismo a través de ellos", confiesa entre risas.

Una colección que trasciende el valor monetario
La pasión por los juguetes parece correr en la familia. Su hermano Fernando, quien tiene un bazar en el centro de La Cruz y recibe mercancía procedente de Estados Unidos, también comparte el gusto por las figuras antiguas. Otro de sus hermanos, radicado en Culiacán, posee una colección especializada en Star Wars.
"Hay tesoros reales que no te imaginas lo que valen", asegura.
Pero para Héctor Aguiar, el valor más grande no se mide en pesos ni en rareza. Se encuentra en la emoción de volver a ser niño cada vez que encuentra una pieza nueva, en el recuerdo de aquellas navidades austeras y en la satisfacción de demostrar que, a veces, las carencias pueden convertirse en la colección más valiosa de una vida.
Y aunque dijo estar muy agradecido con Dios por todo lo que le ha dado, de la mano del esfuerzo y del trabajo, no le agrada mucho decir que le gusta apoyar a personas necesitadas, o a equipos deportivos de niños y jóvenes, esto es algo que le llena de satisfacción porque sabe que está contribuyendo a construir una mejor sociedad.






