Medio siglo de un oficio que nunca soltó: Él es “El Mero” y lleva 50 años boleando en Eldorado
A sus 58 años, El Mero sigue boleando en el municipio de Eldorado y cuenta a Tus Buenas Noticias cómo un apodo de la infancia se volvió sinónimo de confianza para generaciones de clientes en la sindicatura


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Eduardo Tranquilino Villalobos Denis tiene 58 años y lleva 35 laborando en el mismo punto del centro de Eldorado, con su caja de madera, sus tintas y su cepillo. Pero si uno le pregunta desde cuándo bolea, la cuenta cambia por completo: empezó desde los 8 años.
Ahí es donde empieza su historia, cuando todavía era un niño que se metía a nadar en los canales del pueblo y de ahí, sin buscarlo, se ganó el apodo que hoy carga como firma: "El Mero", es el nombre de un pescado dice, y se ríe.
De morrillo me bañaba en los canales y así me quedó.”
Eldorado lo vio crecer
Nació en Mexicali, pero llegó a Eldorado con apenas un año, después de que faltara su madre. Allí se crió, aprendió el oficio y allí sigue, aunque el pueblo a su alrededor ya no es el mismo.
Trabajé con toda la bola de aquí, con todos los empleados", recuerda.
Un hombre que ha resistido los cambios
Lo que sí extraña, es el ingenio. Antes la zafra duraba siete, hasta nueve meses, y eso significaba trabajo seguro para mucha gente del pueblo. Este año apenas duró 40 días, porque no llovió y no hubo caña suficiente. Pero Eduardo nunca dependió solo de eso.

Mientras la zafra daba o no daba, él se las arreglaba combinando trabajos: cortaba caña en la colonia Obrera, cortaba tomate por San Ignacio, limpiaba verdura, cargaba pastura para el ganado. Y en la tarde, cuando cerraban los negocios, regresaba a bolear.
Muchos oficios y siempre regresó a bolear
"Me gustaba la chamba", dice, y con esa frase resume por qué nunca dejó el oficio, ni siquiera cuando tenía otro trabajo de tiempo completo. Boleaba para las familias que en ese entonces movían el dinero del pueblo: los Ley, los López, los Redo y los dueños de tiendas y carnicerías.
Hoy sigue haciendo lo mismo, solo que con otra generación de clientes. No tiene un número de teléfono al que le hablen ni necesita anunciarse, la gente simplemente sabe dónde encontrarlo.
Sus clientes confían en él y vuelven, por eso cobra menos que los demás. Mientras en otros puntos una boleada cuesta 50 pesos y una cocida 250, él cobra 20 y 100. No es que no sepa cuánto vale su trabajo, es que su clientela no depende del precio, sino de él.

Por las mañanas ayuda en un restaurante del centro, va y abre las cortinas, las lava, saca la basura. Sigue siendo, a sus 58 años, un hombre de varios oficios a la vez, como lo fue siempre.
Cada mes de agosto viaja algunos días a Mexicali y Tijuana, donde tiene mucha familia. La Navidad y el Año Nuevo pasados los pasó allá, y hasta allá la gente lo buscaba para que les boleara los zapatos, aunque él insistía en que había ido de vacaciones.
Más que un oficio, un estilo de vida
Cuando se le pregunta si alguna vez pensó en dejar el oficio, la respuesta llega rápido, casi como si la pregunta no tuviera sentido. Nunca lo ha dejado. Lo ha combinado con todo lo demás, la caña, el tomate, el restaurante, pero nunca lo ha soltado del todo.
Y ahí, en ese espacio del Mercado, donde ya no está el banco ni los otros boleros de antes, ahí sigue Eduardo Villalobos, con su caja, su cepillo y su nombre de pescado, esperando a que alguien le deje unos zapatos para dejarlos como nuevos.










