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Mientras muchas niñas de 12 años regresaban de la escuela para hacer la tarea o salir a jugar con sus amigas, Fabiola Liliana Mendoza Sánchez aprendía a amasar, prensar y poner tortillas de harina sobre un comal caliente.
No era una obligación. Era la manera de ayudar en el negocio que su mamá, María Rosa, había comenzado para sacar adelante a la familia.
Hoy, cinco años después, Liliana tiene 17. A su lado está su hermana Maricela, de 28 años.
El emprendimiento de dos hermanas con pasión

Las dos son el rostro de un pequeño puesto instalado sobre la calle Cima del Bonete, donde cada tarde, de las 4:30 a las 10 de la noche, reciben a vecinos que ya conocen el sabor de sus tortillas de harina y guisos caseros.
"Mirando a mi mamá y a mi abuela aprendimos", cuenta Liliana con la naturalidad de quien lleva media vida viendo cómo una masa se transforma en alimento.
Aunque el negocio pertenece a su mamá, son ellas quienes todos los días lo mantienen en marcha.
Las tortillas no se hacen en el puesto. Desde temprano las preparan en casa, junto con los guisos que después acomodan en el carrito antes de recorrer apenas un par de cuadras para instalarse y comenzar la jornada.
No siempre estuvieron ahí.
Hace algunos años vendían en otra esquina de Alturas del Sur, donde lograban colocar hasta 12 kilos de tortillas por día. Con el tiempo tuvieron que cambiar de ubicación y ahora venden entre seis y nueve kilos diarios. Aun así, los clientes siguen buscándolas.
"Nos dicen que están buenas", responde Maricela con una sonrisa discreta.
No hay grandes planes, solo el deseo de seguir trabajando
Las hermanas no hablan de grandes planes ni de cifras extraordinarias. Cuando se les pregunta qué esperan del futuro, la respuesta llega sencilla y sincera.
"Salir adelante". Después hacen una pausa. "Y ojalá algún día tener un puesto más grande... o un local."
El sueño parece sencillo, pero detrás de él hay cientos de tardes frente al comal, manos cubiertas de harina y una rutina que comenzó cuando Liliana apenas era una niña.
Quizá por eso, cada tortilla que sale cuenta una historia que va mucho más allá de la comida. Habla de dos hermanas que crecieron trabajando juntas y que, mientras alimentan a sus vecinos, también siguen construyendo, poco a poco, el futuro que imaginan para su familia.









