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La constancia, el trabajo y el esfuerzo diario han sido durante décadas los ingredientes principales en la vida de la señora Esperanza García, mejor conocida por los escuinapenses como “Doña Pera”, una mujer que ha convertido la elaboración de empanadas y bocadillos en una historia de éxito construida con sacrificio, dedicación y mucho cariño.

A sus 70 años de edad, Doña Pera continúa trabajando todos los días en la preparación de empanadas, bollos, coricos, corazones y otros panecillos que son ampliamente reconocidos en el municipio, al grado de que sus productos ya han cruzado las fronteras de Sinaloa y han llegado a distintas ciudades de México y de los Estados Unidos.

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Tres décadas de trabajo y perseverancia

La historia de Doña Pera dentro del mundo de la panadería comenzó hace aproximadamente 30 años. En aquel entonces no elaboraba el pan que vendía, sino que trabajaba como distribuidora de productos elaborados por una panadería local.

Durante las mañanas se desempeñaba como empleada doméstica y por las tardes recorría las calles y colonias de Escuinapa a bordo de un triciclo, ofreciendo pan casa por casa.

Con una personalidad amable, platicadora y siempre dispuesta a convivir con la gente, poco a poco fue ganándose la confianza de sus clientes, quienes comenzaron a esperarla diariamente para comprarle sus productos.

“Ya tengo como 30 años trabajando en esto. Antes una panadería me pasaba el pan y yo me dedicaba a venderlo. Poco a poco fui haciendo mis clientes y ya la gente me esperaba para comprar”


Su cercanía con las familias escuinapenses y la calidad del servicio que ofrecía fueron fundamentales para consolidar una clientela fiel que con el paso del tiempo se convirtió en parte importante de su vida.

Gracias a esa perseverancia, logró construir una actividad económica que le permitió sostener a su familia y abrirse camino en una labor que sigue desempeñando.

Del triciclo al horno propio

Hace poco más de una década, Doña Pera decidió dar un paso más y comenzar a elaborar ella misma sus productos. Desde muy temprano preparaba la masa en casa para después llevar las empanadas y demás panecillos a hornear en la misma panadería donde anteriormente obtenía el producto que vendía.

Las jornadas eran largas y demandantes, pero el resultado valía la pena. Sus empanadas comenzaron a ganar reconocimiento entre los consumidores gracias a su sabor casero y a la dedicación con la que eran elaboradas.

“Desde temprano me ponía a preparar la masa y hacer las empanadas para llevarlas a hornear y tenerlas listas al mediodía. Gracias a Dios siempre nos ha ido bien”


Con el paso de los años, el negocio familiar continuó creciendo. Gracias al apoyo de su hijo Rafael Barrón, lograron adquirir un pequeño horno de gas que les permitió realizar todo el proceso desde su propio hogar.

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Esta mejora representó un avance importante para su trabajo, ya que les brindó mayor independencia y comodidad en la elaboración de los productos que diariamente ofrecen a la población.

La fama de sus panecillos también comenzó a extenderse más allá de Escuinapa. Personas que visitan el municipio o habitantes que viajan a otras ciudades suelen comprar sus empanadas y bocadillos para compartirlos con familiares y amigos.

“Vienen y me hacen pedidos para llevar a Tijuana y hasta para llevar a los Estados Unidos; eso es señal de que están buenos”


Una tradición familiar que sigue más viva que nunca

Después de recorrer durante muchos años las calles de Escuinapa con su triciclo, un accidente doméstico afectó su movilidad y la obligó a suspender temporalmente sus actividades.

Sin embargo, una vez recuperada, encontró una nueva manera de continuar con su trabajo.

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Actualmente ofrece sus productos desde la puerta de su hogar, ubicado sobre el Malecón Siglo XXI, donde cada tarde recibe a clientes habituales y a nuevas personas que llegan atraídas por la recomendación de quienes ya conocen sus empanadas.

“Ya no pude salir a la calle, pero aquí me pongo en las tardes y la gente viene hasta acá a buscarnos. Hay quienes pasan a hacer ejercicio y de regreso se llevan su pan o sus empanadas”


La vida también le presentó momentos difíciles con el fallecimiento reciente de su esposo y compañero de vida, Don Rafael Barrón, quien durante años fue un apoyo fundamental para el negocio, ayudándole con compras y diversas actividades relacionadas con la producción.

A pesar de la ausencia de quien compartió gran parte de este camino, Doña Pera continúa adelante con el respaldo de su familia y el cariño de sus clientes.

La mujer reconoce que el esfuerzo realizado durante décadas rindió frutos, pues gracias a su trabajo pudo sacar adelante a sus hijos y brindarles estudios profesionales. Entre ellos se encuentran un enfermero y un paramédico, logros que considera una de sus mayores satisfacciones.

Hoy, lejos de pensar en el retiro, asegura que seguirá elaborando sus tradicionales panecillos mientras la salud se lo permita.

Más allá del ingreso económico que obtiene para cubrir los gastos del hogar, la actividad le permite mantenerse activa, convivir con la gente y seguir haciendo lo que más le gusta.

“Aquí voy a seguir con el favor de Dios. Hay veces que hago más y otras menos, dependiendo de las ventas, pero todos los días trabajo. También me sirve para estar en movimiento, porque si no hago nada, me voy a enfadar”.




DATOS RELEVANTES 

  • La señora Esperanza García tiene más de 30 años vendiendo panes

  • Un accidente en el hogar le impidió seguir andando en su triciclo 

  • Sus empanadas y panecillos han logrado llegar hasta los Estados Unidos 


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