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Calafato, Cosalá.- Entre la espesura de la vegetación del poblado de Calafato, Sinaloa emerge diariamente un aroma que anuncia que el horno ya está encendido: el rico olor a pan recién horneado que impregna el pueblo y guía a habitantes y visitantes hasta el negocio de Josefina Luna, donde las recetas heredadas de tres generaciones de panaderas cobran vida.
A pocos minutos de la carretera, Josefina mantiene viva una tradición familiar que comenzó con su bisabuela, continuó con su abuela y su madre, y que ella llevó hacia una repostería más amplia. “Mi abuela era panadera, a ella le encantaba el pan y todas sus recetas son las mías también”, cuenta.
Josefina estudió repostería y en 2009 decidió poner en práctica sus conocimientos. Lo que comenzó de manera pequeña fue creciendo conforme aumentaron los pedidos. “Dije yo, ¿para qué voy a estudiar si no voy a desarrollar lo que estudié? Voy a seguir”, recuerda.
Actualmente elabora empanaditas de cajeta, piña y guayaba, pan, galletas, roles de canela, pasteles y productos de repostería fina para bodas, XV años, bautizos y otras celebraciones.
La historia de una panadera que honra su legado familiar
Uno de los productos que más identifica a su negocio son las pequeñas empanaditas. En un día normal puede elaborar alrededor de mil piezas, que vende sueltas o en cajas. La diferencia, asegura, está en el sabor y en la preparación artesanal. Josefina prepara personalmente la cajeta y las mermeladas de piña y guayaba, además del colache de calabaza que utiliza en sus productos. “Es otro sabor, porque está hecho en casa. No está procesado”, explica.
Ese sabor ha permitido que sus productos lleguen mucho más allá de Calafato. En Cosalá cuenta con alrededor de 15 tiendas a las que surte y también recibe clientes que llegan directamente hasta la comunidad para comprar. Además, realiza envíos por paquetería a Tijuana, Guadalajara, Culiacán, Mazatlán y La Cruz, entre otras ciudades, así como a Estados Unidos.
La tradición familiar incluso ha cruzado la frontera. Una de sus hijas radica en Estados Unidos y también tiene una repostería, donde prepara pasteles, pan y galletas para diferentes celebraciones. Otra de sus hijas trabaja con Josefina en Calafato.

Impacto de la inseguridad en la producción y ventas de la panadería
El crecimiento de la repostería también le ha permitido generar empleos. Actualmente cuenta con dos trabajadoras, aunque en sus mejores momentos llegó a tener hasta cuatro. Su intención es continuar creciendo y recuperar algunas rutas de distribución que tuvo que suspender. Antes surtía productos en La Cruz, pero la situación de violencia complicó los recorridos. “Yo antes surtía La Cruz también, pero como se vino todo esto, ya no pudimos ir”, señala.
La inseguridad también tuvo consecuencias en las ventas, principalmente por la disminución del turismo. “Mucho, a todos. Ya no fue igual. Dejó de venir el turismo”, comenta. A pesar de las dificultades, Josefina ha mantenido su producción y continúa atendiendo a quienes llegan hasta Calafato en busca de sus productos.

El crecimiento de la repostería artesanal y su influencia en la comunidad
La jornada y la producción cambian dependiendo de los pedidos. Un día puede dedicarse a las empanaditas, otro a los pasteles y otro a la elaboración de pan. En promedio produce alrededor de 100 panes diarios, además de las mil empanaditas que puede preparar en una jornada.
Para hornear cuenta con un horno eléctrico y otro tradicional de ladrillo, que nunca ha dejado de utilizar, principalmente cuando recibe pedidos grandes. El horno de ladrillo tiene capacidad para 10 charolas y fue construido por ellos mismos hace más de 20 años, cuando la producción se concentraba principalmente en pan y empanadas. Con el paso del tiempo se convirtió en una herramienta fundamental para atender los pedidos de mayor volumen.
Josefina también procura mantener siempre producto disponible. Sabe que algunos clientes recorren varios kilómetros para llegar hasta Calafato, por lo que busca que siempre encuentren algo recién elaborado. “No me gusta que lleguen y no haya, porque la gente hace el esfuerzo de venir de lejos”, dice.
Además de la venta directa, cuenta con un expendio de abarrotes ubicado en la entrada de Calafato, donde coloca pan, empanaditas, galletas y otros productos de su elaboración. La marca que ha construido tiene nombre propio: Diasol, registrada formalmente y reconocida por sus clientes.
Hoy, Josefina mira su negocio como algo que va más allá de una fuente de ingresos. Es la continuación de una tradición que comenzó con su bisabuela, pasó por su abuela y su madre y ahora alcanza a sus propias hijas. Desde un pequeño pueblo de Cosalá, aquellas recetas familiares han logrado llegar a tiendas, ciudades y hasta otro país. Y mientras el horno de ladrillo siga encendido, Josefina continuará amasando y horneando con el mismo propósito: conservar un sabor que nació en su familia y que ahora forma parte de la identidad gastronómica de Calafato.
















