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Estación Dimas, Sinaloa.- Cuando los apoyos federales para los comedores comunitarios desaparecieron, Angelina Lamarque Bastidas decidió no cerrar las puertas. Lo que comenzó como un proyecto social terminó convirtiéndose en una fuente de empleo y en un espacio donde trabajadores, estudiantes, adultos mayores y familias encuentran comida casera a precios accesibles.
Hace nueve años, durante la administración del entonces presidente municipal Fernando Sandoval, nació el comedor comunitario. Durante el primer año y medio atendían entre 200 y 250 personas diariamente, entre niñas, niños, adultos y mujeres embarazadas. En aquel momento recibían alrededor de 65 mil pesos de apoyo y participaban 25 mujeres.
Con la desaparición del programa federal tuvieron que decidir entre cerrar o continuar por cuenta propia.
Eligieron continuar.
Desde entonces, el Comedor Comunitario Ferrocarrilera, ubicado a un costado de la sindicatura de Estación Dimas y junto a las vías del ferrocarril, funciona como un negocio que emplea directamente a siete personas y genera beneficios económicos indirectos para alrededor de 30 más.
Actualmente se venden entre 80 y 100 comidas diarias. El menú cambia constantemente e incluye cazuela, pollo, mole y antojitos mexicanos, además de platillos como tortas, hamburguesas, filetes de pescado, pechuga a la plancha o empanizada y camarones rancheros.
Una de las características que distingue al comedor son sus porciones generosas, acompañadas de tortillas hechas a mano y agua fresca.
“Tratamos de que la persona se vaya satisfecha, que diga: me llené”, explica Angelina.

¿Cómo se mantiene el comedor comunitario en Estación Dimas?
Hace aproximadamente dos años, el comedor amplió su oferta con una variedad de postres elaborados principalmente por Angelina y su hijo. Flanes, leche cocida, pasteles, gelatinas, arroz con leche, tapioca, coricos, empanadas de calabaza y guayaba, además de pays de queso, guayaba y elote, forman parte de la propuesta.
La cocina también se ha convertido en un espacio de aprendizaje. Cada mujer que llega a trabajar recibe capacitación en las distintas actividades, desde preparar guisos hasta elaborar postres y atender a los clientes.
“Yo les digo que aquí es una escuela para ellas”, cuenta Angelina.
La mayoría de las empleadas son madres solteras. Además del salario, reciben desayuno y comida y, cuando se prepara cena, también tienen acceso a ella. Cuentan con vacaciones pagadas y aguinaldo, además de realizar actividades de convivencia y dos viajes al año.
Este año viajaron a San Blas y también acostumbran visitar Guadalajara durante la temporada navideña.

Detalles sobre la oferta gastronómica del comedor comunitario
El comedor mantiene precios módicos para que la comida casera sea una alternativa para trabajadores, estudiantes, adultos mayores y familias que no tienen tiempo o posibilidades de cocinar en casa.
Angelina explica que una familia puede comprar un litro de caldo de res y alimentar a dos personas, además de llevar tortillas hechas a mano, agua fresca y postre. Para un trabajador o adulto mayor, adquirir un platillo preparado también representa un ahorro frente al gasto de comprar carne, verduras y demás ingredientes para cocinar.
Entre sus clientes habituales se encuentran trabajadores, adultos mayores, maestros y estudiantes del Colegio de Bachilleres del Estado de Sinaloa (COBAES).
El Ayuntamiento contribuye al funcionamiento del establecimiento al no cobrarles renta por el local, un apoyo que, de acuerdo con Angelina, permite mantener precios accesibles.

Impacto del comedor en la comunidad de Estación Dimas
Angelina recuerda que en Sinaloa llegaron a existir alrededor de 165 comedores comunitarios. En San Ignacio también hubo varios en comunidades como San Juan, Barras de Piaxtla, Piaxtla Abajo, San Ignacio y Estación Dimas.
Con el paso del tiempo, todos fueron cerrando.
El de Ferrocarrilera permaneció.
“No cerramos porque lo vimos como una oportunidad de empleo, de autoempleo y de generar empleo para mujeres”, explica.
A sus 62 años, Angelina continúa involucrada diariamente en las actividades del comedor. Su esposo, actualmente incapacitado, también participa cuando puede, al igual que su hijo Candelario Ponce Uribe.
Para ella, trabajar no representa una obligación, sino una forma de mantenerse activa, independiente y satisfecha.
“A mí me da vida venir al comedor”, afirma.
Dice que no se imagina sin trabajar y que el negocio le permite darse gustos, viajar y no depender económicamente de sus hijos.

Rescatando la tradición culinaria
Además de generar empleo, Angelina considera que el comedor cumple otra función: conservar la cocina tradicional.
Recuerda los platillos que preparaba su madre, como caldos, sopas de verduras y tortitas de papa, coliflor y calabaza. Son recetas que, asegura, poco a poco han quedado relegadas ante el gusto de las nuevas generaciones por hamburguesas, sushi y pizza.
Por eso, desde su cocina intenta mantener vivos esos sabores.
“Se ha perdido mucho la tradición. Muchos jóvenes no conocen una cazuela, unas albóndigas. Las personas mayores podemos llevar y rescatar esas tradiciones”, sostiene.
La tradición también se refleja en la relación con los productores locales. El comedor compra parte de sus insumos en la comunidad y, en ocasiones, los pescadores que regresan del mar pagan sus alimentos con pescado o camarón.
“Nosotros compramos local, para que el dinero quede aquí”, dice.
Así, aquel comedor que comenzó como un programa de asistencia social encontró una segunda vida en manos de quienes decidieron no abandonarlo. Hoy, entre ollas, tortillas hechas a mano, postres tradicionales y platillos preparados diariamente, Angelina Lamarque Bastidas mantiene abierto un espacio que alimenta a Estación Dimas, genera empleo y conserva parte de los sabores tradicionales de la región.
A sus 62 años, su mensaje para quienes creen que las oportunidades tienen fecha de vencimiento es claro:
“Las oportunidades están en todo momento. Es solo buscarlas. No hay edad para decir: yo no puedo. Siempre vamos a poder.”










