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San Ignacio, Sinaloa.- A los 15 años y seis meses, María Concepción Lara Rodríguez, conocida como Conchita, salió a correr en su natal Costa Rica, Sinaloa, sin imaginar que una caída cambiaría para siempre su vida.
Se le dobló el pie y, a consecuencia del accidente, quedó parapléjica. Durante cuatro años recorrió clínicas de Culiacán, Guadalajara y la Ciudad de México acompañada por su padre, quien buscaba una solución para ayudarla.
La situación se complicó cuando aparecieron cuatro escaras profundas que llegaron prácticamente hasta el hueso. Fue entonces cuando su familia recibió la recomendación de acudir a Prójimo, el programa de rehabilitación fundado por el estadounidense David Werner en Ajoya, San Ignacio.
¿Cómo ocurrió el cambio en la vida de Conchita?
Después de haber estado en clínicas grandes y reconocidas, Conchita llegó a un pequeño pueblo serrano y encontró un lugar rústico, rodeado de personas con distintas discapacidades. Pensó que tampoco podrían ayudarla.
Pero algo la sorprendió. Mientras en otros sitios las personas la miraban de pies a cabeza y expresaban lástima por su discapacidad, en Ajoya las miradas se concentraban en su rostro.
Tras esperar tres días, conoció a David Werner, quien le explicó que probablemente no podían hacer nada por sus piernas, pero sí podían atender las heridas que ponían en riesgo su vida.
En 1979 viajó a San Francisco, Estados Unidos, donde permaneció seis meses hospitalizada. Ahí recibió injertos para cerrar las heridas y aprendió a valerse por sí misma.
Durante su recuperación, Werner le habló de la necesidad de que jóvenes con discapacidad ayudaran a otras personas a recuperar su independencia. Conchita encontró entonces una nueva razón para seguir adelante.
En diciembre de ese mismo año regresó a Costa Rica, pero ya había decidido volver a Prójimo. Después de convencer a su padre, el 3 de enero de 1980 regresó a Ajoya, esta vez no como paciente, sino como una joven dispuesta a enseñar lo que había aprendido.

De paciente a maestra de vida independiente
A su regreso encontró a jóvenes que dependían de otras personas para levantarse de la cama, bañarse, vestirse o trasladarse.
Conchita comenzó a enseñarles a realizar por sí mismos aquellas actividades que podían hacer. Una de las primeras personas fue Mari Picos, a quien ayudó a aprender a trasladarse de la cama, bañarse y desenvolverse con mayor independencia.
También trabajó con jóvenes con cuadriplejía, a quienes enseñaba incluso a comer mediante adaptaciones sencillas en los utensilios.
Además de la rehabilitación, asumió otras responsabilidades. Como había estudiado contabilidad en Costa Rica, comenzó a llevar las cuentas de Prójimo y durante nueve años participó en la elaboración de prótesis de pierna junto con Marcelo y don Lupe.
Así, la joven que llegó buscando ayuda terminó convirtiéndose en una de las personas que durante décadas han mantenido vivo el trabajo de Prójimo.

Impacto en la comunidad y el traslado a Coyotitán
En Ajoya, Prójimo recibió durante años a numerosas personas con discapacidad que llegaban en busca de rehabilitación y equipos ortopédicos. Debido a las limitaciones de transporte, muchos permanecían largos periodos en el lugar.
En julio de 1999, el programa se trasladó a Coyotitán, donde continúa actualmente.
Ahí Conchita también formó su familia. En Ajoya conoció a Miguel, originario de Palo de San Juan, con quien se casó. Tuvieron dos hijas, Emily y Camelia, quienes le han dado cinco nietos.
Rehabilitación para recuperar la autonomía
El trabajo de Prójimo va más allá de entregar una silla de ruedas o una prótesis. Su objetivo es brindar una rehabilitación integral, que incluye terapia física, terapia ocupacional y entrenamiento para la vida independiente.
En sus talleres se fabrican sillas de ruedas, incluidas adaptaciones especiales para niños con parálisis cerebral; prótesis de pierna, aparatos ortopédicos, férulas, plantillas y otros equipos.
También se ofrece hospedaje a quienes llegan de otras comunidades y no tienen dónde quedarse durante su proceso de atención.
A lo largo de los años, Prójimo ha atendido a personas de distintos puntos de Sinaloa, Chihuahua, la Sierra Tarahumara, Chiapas, Guatemala y Honduras.
Uno de los casos que Conchita recuerda es el de Nehemías, un joven de Guatemala que aprendió en Prójimo a elaborar prótesis y posteriormente viajó a Guadalajara para complementar sus conocimientos con estudios teóricos.
Para Conchita, el objetivo no es solamente entregar un equipo, sino enseñar a la persona a utilizarlo y ayudarla a recuperar su autonomía.
¿Cómo superó Conchita la depresión?
Conchita conoce también la depresión que puede acompañar a una discapacidad adquirida.
A ella no le ocurrió inmediatamente después del accidente. Fue con el paso de los meses, al comprobar que no había mejoría y cuando aparecieron las complicaciones, que llegaron la tristeza y la desesperación.
Lloraba todos los días y llegó a sentir que su vida había terminado.
Su perspectiva comenzó a cambiar cuando conoció a otras personas con discapacidad que, pese a sus condiciones, trabajaban y realizaban actividades por sí mismas.
En Prójimo veía a personas en silla de ruedas trabajando y a otras en camilla realizando diferentes labores.
Entonces surgió una pregunta que se convirtió en un punto de quiebre:
“¿Por qué yo no?”
Si otros podían salir adelante, ella también.
Ahora utiliza esa experiencia para acompañar a quienes llegan deprimidos o convencidos de que ya no pueden hacer nada. Considera que actualmente existe mayor sensibilización y empatía hacia las personas con discapacidad, pues en los años en que ella sufrió el accidente muchas personas terminaban aislándose.
Ella misma llegó a sentirse como un “bicho raro”.
Hoy, cuando encuentra a alguien triste, procura acercarse y conversar. Sabe que conocer a otra persona que ha vivido una experiencia similar puede ayudar a recuperar la confianza.
Historias que cambian vidas
Durante más de cuatro décadas, Conchita ha visto pasar por Prójimo a cientos y, según sus palabras, miles de personas.
Entre las historias que recuerda está la de Rigoberto, quien llegó sin poder moverse por sí mismo. Durante 15 días, Conchita trabajó con él para enseñarle desde ponerse un zapato y vestirse hasta realizar sus propios traslados.
Los primeros ejercicios podían tomar horas, pero poco a poco logró hacerlo por sí mismo. Después rentó una casa, comenzó a vivir de manera independiente y decidió estudiar.
Se trasladó a Culiacán, se convirtió en psicólogo y actualmente trabaja en una universidad.
“Así como Rigo, son muchísimos”, afirma Conchita.
Más de cuatro décadas de servicio
Mantener activo a Prójimo durante más de 40 años tampoco ha sido sencillo.
La organización recibió durante años el respaldo de fundaciones internacionales. Pan para el Mundo, de Alemania, apoyó el proyecto durante 27 años, mientras que la Fundación Liliana, de Holanda, también colaboró durante varios años para atender a niños de bajos recursos.
Conchita explica que las organizaciones suelen limitar el tiempo de financiamiento de un mismo proyecto, por lo que Prójimo ha tenido que continuar tocando puertas.
También han contado con personas que se han mantenido cerca durante años, entre ellas Héctor Vega, Memo Vega, Susana Guzmán, el maestro Mario Carranza y David Oliva.
Actualmente el flujo de personas que llegan al centro ha disminuido, pero las necesidades continúan y Conchita confía en que la actividad pueda recuperarse.
Una historia que comenzó con una caída
La joven que a los 15 años pensó que su vida había cambiado para siempre terminó dedicando más de cuatro décadas a ayudar a otras personas a reconstruir la suya.
Su historia comenzó con una caída, continuó entre hospitales, heridas, tristeza e incertidumbre y encontró un nuevo rumbo en un pequeño pueblo de la sierra.
En Ajoya aprendió que una discapacidad no tenía por qué significar el final de su vida. Aprendió a valerse por sí misma y regresó para enseñar a otros lo mismo.
Desde 1980, esa ha sido su misión.
Hoy, Conchita continúa al frente de Prójimo, acompañando a personas que llegan después de un accidente, con una discapacidad adquirida o en busca de una prótesis, una silla de ruedas o rehabilitación.
Su mensaje nace de su propia experiencia: no encerrarse, buscar ayuda y mirar a quienes ya lograron salir adelante.
Porque, como ella descubrió hace más de cuatro décadas, a veces basta con ver a otra persona lograrlo para comenzar a preguntarse:
“¿Por qué yo no?”
Prójimo mantiene sus puertas abiertas para personas de bajos recursos que necesitan rehabilitación o algún equipo ortopédico. Para solicitar información, Conchita Lara proporcionó los teléfonos 696-96-20115 y 696-102-9138.









