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Elota, Sinaloa.- A sus 29 años, Benita Linares Morales divide su vida entre el trabajo agrícola y las artesanías. Originaria de Guerrero, heredó de su familia el gusto por este oficio y, desde hace siete años, encontró en el tejido de bolsas de plástico una manera de generar ingresos y apoyar a sus tres hijos.
De lunes a sábado trabaja en el campo La Paloma, donde se cultivan jitomate, chile y otros productos. Los domingos cambia las labores agrícolas por sus artesanías y sale a venderlas, con la esperanza de obtener un ingreso adicional para su hogar.
Su historia con el tejido comenzó a los 22 años, cuando su hermano le enseñó a trabajar el plástico. Sin embargo, la tradición viene de generaciones atrás. “Mi mamá también hacía artesanías”, sus abuelos elaboraban comales y ollas de barro.
Un accidente mientras trabajaba cambió sus condiciones de vida. Benita se fracturó un pie y, aunque continúa laborando, ya no puede realizar algunas actividades del campo. Ante esto, las artesanías se convirtieron en una alternativa económica.
La historia de Benita Linares y su legado familiar
Aunque lleva alrededor de seis años trabajando en esta región, este año decidió por primera vez traer sus productos para venderlos directamente. Incluso enfrenta dificultades para conseguir el plástico que utiliza, pues debe recibirlo desde Guerrero a través de uno de sus hermanos.
Para elaborar cada bolsa utiliza plástico, un molde y clavos que le permiten formar el tejido. El proceso es completamente manual y requiere tiempo y paciencia.
En un día puede elaborar aproximadamente dos bolsas, que vende en 250 pesos cada una. Asegura que, además de ser resistentes, conservan sus colores aun cuando entran en contacto con agua o productos de limpieza.
Para Benita, cada pieza representa más que una venta. Es la manera de mantener vivo un conocimiento aprendido en familia y convertirlo en una herramienta para enfrentar las dificultades económicas.

Desafíos económicos y la lucha por la educación de sus hijos
Benita es madre soltera y tiene tres hijos: una adolescente de 14 años, una niña de ocho y un pequeño de dos años. Los cuatro viven en una galera que les proporciona el campo agrícola donde trabaja.
Las necesidades económicas han marcado algunas decisiones familiares. Su hija mayor debía ingresar a la preparatoria, pero no pudo hacerlo por falta de recursos. Por ello, Benita comenzó a enseñarle a elaborar las bolsas, con la esperanza de que pueda venderlas, ahorrar y reunir el dinero necesario para continuar sus estudios el próximo ciclo escolar.
Así, el oficio que Benita aprendió de su hermano comienza también a transmitirse a sus hijos.
El proceso artesanal de tejido de bolsas de plástico
Aunque su vida laboral transcurre ahora en Elota, Benita mantiene presentes sus raíces. Sus artesanías representan una tradición familiar que viajó desde Guerrero y que hoy busca convertir en una oportunidad para mejorar las condiciones de su hogar.
“Primeramente Dios que me vaya bien”, expresa al hablar de esta primera experiencia de venta.
Benita se instala con su producto los domingos a las afueras de la tienda Ley conocida como la grande, donde espera encontrar compradores.
Cada bolsa representa horas de trabajo, paciencia y esfuerzo. En sus manos, el plástico adquiere una nueva vida y se convierte en una artesanía útil y resistente, pero también en una herramienta con la que una madre lucha cada día por construir un mejor futuro para sus hijos.










