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Elota, Sinaloa. — Antes de dominar las brasas, José Luis Escamilla González pasó 30 años al volante de sus troques, transportando semillas, pepinos, maíz y otros productos. Ser pollero nunca estuvo entre sus planes, pero hace aproximadamente una década la necesidad lo llevó a emprender en La Cruz.
"La necesidad, el hambre", responde cuando se le pregunta qué lo motivó.
Originario del pueblo Vida Campesina y con 69 años de edad, José Luis comenzó Pollos El Guicho a la orilla de las vías con apenas dos braceros, un par de mesas y el apoyo de su esposa. Los primeros días vendía seis o siete pollos diarios.
Hoy José Luis, tiene ubicado su puesto de pollos por la calle salida a Potrerillos entronque con libramiento, junto al canalito, en La Cruz de Elota, Sinaloa.
Consiguió también a una joven para elaborar las tortillas, mientras él continuaba trabajando con sus troques. La venta todavía era poca, pero poco a poco el negocio comenzó a ganar clientes.
Un día tuvo que viajar a Escuinapa y dejó a su esposa al frente del puesto. Al regresar comprendió que todavía no había suficiente venta para mantener a dos empleados, por lo que decidió continuar únicamente con su esposa.
"Tú vas a hacer las tortillas, yo voy a hacer los pollos", le dijo a la joven. Con el tiempo, las ventas comenzaron a crecer.

Crecimiento y desafíos: la evolución de Pollos El Guicho
De seis pollos a más de 100. Primero fueron 25 pollos los domingos; después 30, 40 y, para Semana Santa, hasta 50 o 60. Entre semana llegaron a vender entre 30 y 35.
La fama del pequeño negocio se extendió por La Cruz y comunidades cercanas. Clientes de Mazatlán, Culiacán, Dimas, Las Barras, La Cacharola y La Hacienda, entre otros lugares, comenzaron a llegar por sus pollos.
Algunos incluso recorren varios kilómetros para comprarlos.
"Si yo no me llevo un pollo aquí, haga de cuenta que no pasé por aquí", recuerda José Luis que le dicen algunos clientes.
Antes de que la violencia y la falta de trabajo afectaran la actividad económica de la región, Pollos El Guicho llegó a vender más de 100 pollos los domingos y entre 70 y 80 durante la semana.

El negocio que había comenzado con dos braceros se convirtió así en una fuente de empleo para otras familias.
"Sobrevivimos. Y aquí estamos"
La situación cambió con la violencia y la disminución del trabajo. Las ventas comenzaron a caer, principalmente entre semana, pero José Luis decidió no despedir a sus trabajadores.
Sabía que los fines de semana necesitaría las mismas manos para atender la demanda, pero también sentía un compromiso con quienes ya formaban parte del negocio.
"Porque ellos ya están conmigo", explica.
Actualmente siete personas trabajan en Pollos El Guicho: dos asadores y cinco mujeres que realizan distintas labores.
Aunque las ventas están lejos de las mejores temporadas, José Luis mantiene la esperanza de que la actividad económica se reactive y espera que en noviembre aumente el movimiento.
"Sobrevivimos. Y aquí estamos", resume.
Para él, mantener los empleos también forma parte del esfuerzo de sostener un negocio que ha enfrentado cambios económicos y momentos complicados.

Un viaje inesperado: de transportista a pollero
El pollo llega desde Mazatlán, pero antes de llegar a las brasas pasa por un proceso que la familia ha perfeccionado con los años. En casa se prepara, se abre y permanece alrededor de 15 minutos en una olla antes de colocarlo en el asador.
Su esposa prepara el condimento y las salsas, mientras José Luis se encarga de las brasas.
Cada pollo puede permanecer entre 40 y 50 minutos en el asador, dependiendo del punto que solicite el cliente. Algunos lo prefieren bien dorado y otros más jugoso.
"Asar pollos es otra historia", dice mientras explica un oficio que aprendió sobre la marcha.
Para José Luis, además del sabor, la atención es fundamental.
"A la gente tú tienes que atenderla muy bien", sostiene.
Por eso supervisa y enseña a quienes trabajan en los asadores a controlar la lumbre, voltear correctamente el pollo y encontrar el punto adecuado.

De troquero a pollero
José Luis tampoco aprendió el oficio en una escuela. Un amigo le aseguró que podía enseñarle.
"En tres días te hago pollero", le dijo.
Y cumplió.
José Luis aprendió mientras el negocio comenzaba a crecer. Con el tiempo vendió sus troques para dedicarse de lleno a los pollos, un oficio que nunca imaginó ejercer después de tres décadas como transportista.
La necesidad lo llevó hasta las brasas, pero fueron el trabajo, la constancia y el trato con los clientes los que hicieron crecer a Pollos El Guicho.

Aquel hombre que comenzó con dos braceros y seis pollos diarios tiene hoy un negocio que da empleo a siete personas y mantiene una clientela que sigue regresando.
El establecimiento se ubica por la calle salida a Potrerillos, entronque con el libramiento, junto al canalito.
Las ventas pueden haber disminuido y los tiempos pueden ser difíciles, pero José Luis mantiene encendidos los asadores. Después de una vida de trabajo, aprendió que un negocio no siempre se trata de ganar mucho.
A veces, se trata simplemente de resistir, cuidar a los tuyos y seguir adelante.















