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En la colonia Urías de Mazatlán, Dulce López convirtió una etapa de dificultades en una oportunidad para salir adelante.
Después de años de preparación, empleos complicados y retos como madre joven, abrió su propio salón de belleza: Dulce López Nails Studio.
El establecimiento, ubicado en la calle Fundición, esquina con calle Escolar, tiene apenas tres meses en funcionamiento, pero representa el resultado de cuatro años de aprendizaje, práctica y perseverancia.
Para Dulce, no se trata únicamente de un negocio, sino de una herramienta para sostener a sus hijos y tener una vida con mayor libertad.
“Cuando terminé de estudiar pasé muchos procesos para llegar hasta este punto de tener mi propio salón”, cuenta.

Su historia comenzó hace cuatro años, cuando sus hijos, unos gemelos, salieron del hospital. En ese momento, Dulce atravesaba situaciones difíciles en su vida personal y buscaba una forma de recuperar estabilidad emocional.
“Necesitaba un refugio emocional porque viví muchos procesos difíciles con mi pareja y como mamá. Entonces dije: Voy a estudiar”, recuerda.
Eligió la belleza porque era un área que siempre le había gustado. Sin embargo, terminar sus estudios no significó que pudiera comenzar de inmediato una carrera profesional. Como madre de dos bebés, tuvo que poner sus necesidades por delante y dedicarse completamente a ellos.
“Me quedé sola y tuve que dejar de trabajar porque, literal, no podía; tenía que dedicarme al cien por ciento a mis hijos”, explica.
Durante un tiempo, trabajó en una empresa, mientras realizaba servicios de uñas como actividad adicional. Sus hijos acudían a una guardería, pero enfermaban con frecuencia. El sueldo que recibía apenas alcanzaba para cubrir los gastos de transporte y atención médica.
“Me pagaban 200 pesos diarios y gastaba más en pediatra y transporte que lo que me pagaban”, relata.

Después intentó trabajar en otra empresa. Aunque recibió apoyo de su jefa, quien incluso le permitía llevar a sus hijos, la presión terminó afectándola emocionalmente.
“Yo tenía colapsos por estrés, me sentaba y me ponía a llorar”, recuerda.
Fue entonces cuando comprendió que necesitaba construir una alternativa que le permitiera trabajar y, al mismo tiempo, estar presente para sus hijos. Su madre fue una de las primeras personas en reconocer esa posibilidad.
“Mi mamá me decía: ‘Salte de trabajar, puedes ganar más haciendo lo tuyo en la belleza. Enfócate’”, cuenta.
El respaldo de una familia que nunca dejó de creer
Dulce decidió confiar en el consejo de su madre y comenzó a practicar con vecinas y conocidas. Poco a poco, formó una clientela que continuaba buscándola. También trabajó en salones de belleza, aunque algunos estaban lejos y debía tomar hasta cuatro camiones para llegar.
Sus padres se convirtieron en una red de apoyo fundamental. Cuando sus hijos enfermaban, su madre cuidaba a uno mientras Dulce atendía al otro. Su padre también colaboraba con los traslados y el cuidado de los pequeños.
“Ellos son mi apoyo en mi maternidad y en mi sueño”, afirma.
Antes de abrir el salón, Dulce y su familia intentaron establecer un negocio de comida, pero no funcionó. Su madre volvió a animarla a regresar a aquello que realmente sabía hacer y disfrutaba.
Mi mamá se enfadó y me dijo: ‘Hija, ponte a hacer algo que te guste, en lo que ya sabes que vas a durar y que te va a ir bien’”, relata. 
La idea de rentar un local le provocaba temor. Tenía que pagar el espacio y mantener a sus hijos. Aun así, decidió buscar un lugar.
Encontró el local cerca de su casa y, con ayuda de su madre, consiguió un préstamo para comenzar. Su padre y su cuñada colaboraron en la remodelación. Dulce pintó el espacio y eligió una decoración en tonos rosas con muebles blancos.
“Desde cero iniciamos. Yo quería el local rosa con muebles blancos y así quedó”, dice.
El resultado superó sus expectativas. Aunque tenía miedo de que las clientas no la siguieran, muchas continuaron visitándola y otras llegaron al conocer el nuevo establecimiento.
“Yo estaba en la nada. No sabía que me iba a ir tan bien, que las clientas me iban a seguir prefiriendo”, expresa.
Para Dulce, una de las mayores dificultades fue volver a creer en sí misma. La maternidad, los problemas personales y las responsabilidades económicas hicieron que por momentos dudara de sus capacidades. 
“Hay veces que todos creen en ti, menos tú”, reflexiona.
Un negocio para cuidar a sus hijos y construir su futuro
Actualmente, Dulce López Nails Studio ofrece aplicación de uñas, pedicure, alisados, cortes y aplicación de tintes.
Dulce se siente satisfecha con el crecimiento del negocio y planea continuar preparándose. Uno de sus próximos objetivos es estudiar una certificación en pedicure clínico para utilizar correctamente las herramientas y brindar un servicio más especializado.
Su emprendimiento también le permite estar presente en la vida de sus hijos. Puede llevarlos y recogerlos de la escuela, acompañarlos cuando se enferman y organizar sus horarios de acuerdo con sus necesidades.
“Ahora puedo atender a mis hijos y hacer lo que me gusta. Siento que no hay nada más valioso que eso”, afirma.

Dulce reconoce que sus padres continúan ayudándola, pero también tiene claro que la responsabilidad principal de sus hijos es suya. Por eso busca equilibrar el apoyo familiar con su compromiso como madre.
“Mis papás me ayudan, pero estoy consciente de que no puedo abusar de esa confianza. Tenemos límites y yo acepto completamente mi responsabilidad”, señala.
La historia de Dulce también está marcada por el ejemplo de su madre. Ella decidió dedicarse a sus hijos y buscar ingresos mediante distintos emprendimientos, sin depender de un jefe ni de un sueldo fijo.
“Mi mamá decidió que lo más valioso era su tiempo y sus hijos, y eso me lo transmitió a mí”, comparte.
Hoy, Dulce reconoce que el camino no fue sencillo, pero no se arrepiente de haberlo recorrido.
“
Le batallé, pero valió totalmente la pena. Ahora puedo sacarlos adelante”, expresa.
Desde su salón en Urías, continúa atendiendo a sus clientas y construyendo un futuro para su familia. Cada servicio representa una oportunidad para crecer y una prueba de que el acompañamiento familiar puede marcar la diferencia cuando una persona decide volver a creer en sus capacidades.


















