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Annabelle Guerrero tenía 37 años cuando recibió una noticia que cambiaría su vida. Un año antes había enviudado. Su esposo había fallecido a causa de un sarcoma y ella todavía transitaba por el duelo cuando una mastografía de rutina reveló que tenía cáncer de mama en etapa uno.
La noticia llegó durante una etapa en la que sus prioridades eran sus dos hijas, entonces niñas que cursaban la primaria, y el trabajo que le permitía sacar adelante a su familia.
No era la primera vez que el cáncer entraba en su vida. A los 35 años había comenzado a realizarse estudios preventivos porque a su mamá le habían detectado la enfermedad a esa misma edad.
Esa decisión hizo la diferencia. Annabelle no había sentido ninguna molestia ni identificado una bolita en el pecho. Fue la mastografía la que permitió descubrir el tumor cuando todavía era pequeño.
"Yo creo que lo sufrí más con mi mamá y con mi esposo que conmigo", recuerda.
Después de acompañar a dos de las personas más importantes de su vida durante sus propios procesos, ahora le tocaba enfrentar el suyo. Esta vez, sin embargo, era ella quien necesitaba recibir atención, someterse a tratamientos y encontrar la manera de continuar con su vida mientras sus hijas dependían de ella.
Una cirugía y un tratamiento para seguir viviendo

Annabelle se operó tres meses después del diagnóstico. Los médicos le retiraron la mama derecha y posteriormente recibió 25 sesiones de quimioterapia y 28 de radioterapia. A eso se sumaron cinco años de tratamiento hormonal.
El proceso también trajo cambios físicos que tuvo que afrontar. A los 15 días de su primera quimioterapia comenzó a perder el cabello. Su cuerpo atravesaba una transformación profunda, mientras ella procuraba mantener la mirada en lo que tenía por delante.
"No me di tiempo de nada, honestamente", cuenta al recordar aquellos meses.
En su caso, la determinación de seguir adelante estaba vinculada con sus hijas. Había perdido a su esposo y sabía que ellas la necesitaban. Trabajar, atender su tratamiento y continuar con sus responsabilidades se convirtieron en parte de una misma rutina.
No significa que el camino fuera sencillo. Significa que, en medio de las circunstancias, encontró motivos para avanzar incluso cuando la vida le exigía adaptarse a una realidad que nunca había imaginado.
Sus hijas crecieron durante esos años. Hoy tienen 21 y 19 años, son mujeres independientes y capaces de resolver sus propios problemas. Annabelle habla de ellas con orgullo y reconoce que también maduraron a partir de lo que les tocó vivir como familia.
Diez años de cambios y nuevas oportunidades

Annabelle es administradora y trabaja en la administración de plazas comerciales. Es una mujer productiva que ha continuado desarrollándose profesionalmente, al tiempo que reconstruía su vida después de las pérdidas y los tratamientos.
Hace dos años tocó la campana que marca el final del tratamiento y la celebración de una nueva etapa para muchos pacientes oncológicos. La noticia de su alta representó un momento importante, pero para ella la recuperación también ha sido un proceso de transformación que continúa.
"Yo, a lo largo de diez años, me he reinventado. Todos los días te renuevas. Todos los días vuelves a renacer", expresa.
A sus 47 años se siente joven, con energía y con ganas de continuar. Su historia no se limita a haber superado la enfermedad: también habla de una mujer que siguió trabajando, acompañó el crecimiento de sus hijas y encontró nuevas maneras de participar en una causa que conoce desde dos perspectivas, primero como familiar de un paciente y después como sobreviviente.
Actualmente colabora en Fundación GAMMA, vinculada con el acompañamiento a mujeres con cáncer de mama. Al principio tuvo algunas dudas para integrarse porque todavía no había terminado su tratamiento. Cuando recuperó fuerzas, decidió participar.
La experiencia de su esposo le permitió comprender algo que después reconocería en su propio proceso: la importancia de contar con una red de apoyo. Durante la enfermedad de él observó las dificultades que enfrentaba, incluso la falta de espacios de contención específicos para los hombres con cáncer.
Ahora sabe que el acompañamiento emocional y la posibilidad de compartir lo vivido también forman parte de las necesidades de una persona enferma y de su familia.
La prevención como parte de la vida familiar

En la historia de Annabelle, la prevención no es una recomendación que se escucha una vez al año. Es una práctica que comenzó a los 35 años y que hoy comparte con sus hijas.
Ella acudió a sus estudios sin presentar síntomas y fue ahí donde detectaron el tumor. Por eso, procura que sus hijas mantengan revisiones periódicas y conozcan la importancia de cuidar su salud.
Su experiencia le confirmó que no siempre es posible advertir una enfermedad por lo que se siente o se puede tocar. En su caso, la mastografía permitió identificar el cáncer en una etapa temprana y comenzar la atención médica.
Ahora, cuando habla de su historia, Annabelle puede hacerlo desde otro lugar. Ya no es la mujer que acababa de enviudar y debía organizar su vida alrededor de una cirugía y decenas de sesiones de tratamiento.
Es también la madre de dos mujeres jóvenes, la profesionista que mantiene su actividad laboral y la sobreviviente que decidió poner parte de su experiencia al servicio de otras personas.
El cáncer cambió su vida, pero no terminó con sus proyectos. Annabelle siguió adelante, se adaptó a las pérdidas, enfrentó el tratamiento y encontró nuevas formas de participar en su comunidad.
Su historia recuerda que la prevención puede abrir oportunidades para atender a tiempo una enfermedad y que, durante el proceso, el acompañamiento de la familia y de otras personas puede hacer una diferencia.
A dos años de haber tocado la campana, Annabelle Guerrero mira el camino recorrido con la certeza que ha construido a través de su experiencia: todavía hay mucho por hacer, nuevas etapas por vivir y razones para levantarse cada día.
Para ella, renacer no ocurrió en un solo momento. Ha sido una decisión que ha renovado día tras día.
















