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Abigail Ruiz tiene una manera especial de reconocer su trabajo cuando visita el panteón de San Pedro. Entre las coronas que adornan las tumbas, de pronto encuentra una que ella misma elaboró. Sabe cuánto tiempo dedicó a acomodar las flores, a cuidar los detalles y a conseguir que cada pieza tuviera su propia forma.

Entonces se detiene a mirarla y siente satisfacción al saber que sus manos participaron en ese homenaje. Para ella, las coronas no son solamente arreglos que se venden durante la temporada del Día de Muertos.

Cada una representa horas de trabajo, recuerdos familiares y una tradición que ha pasado de una mujer a otra durante cuatro generaciones.

La historia comenzó con su bisabuela Enriqueta, a quien en la familia conocen cariñosamente como Mamà Queta. Ella enseñó a su hija Ana a elaborar las coronas; después, Ana transmitió el conocimiento a Gaby, su hija y, finalmente, Abigail aprendió de ella.

Así, entre flores de papel y preparativos para noviembre, la joven encontró una actividad que hoy forma parte de su vida.

Un trabajo delicado y de mucho esfuerzo

El trabajo de Abigail requiere mucha concentración y también habilidad en las manos.
El trabajo de Abigail requiere mucha concentración y también habilidad en las manos.

Abigail tiene 25 años y acaba de egresar de la carrera de Arquitectura. Aunque espera encontrar una oportunidad para ejercer su profesión, cada año dedica parte de octubre a preparar las piezas que ofrecerá a quienes buscan una corona para recordar a sus familiares fallecidos.

El trabajo comienza con las manos ocupadas en el papel. Hay que darle forma a cada flor, cuidar sus pliegues y acomodar las piezas para que el conjunto tenga armonía.

Las hojas también requieren atención: en su elaboración utiliza cera, un material que forma parte de los detalles con los que da acabado a sus creaciones.

El papel se dobla, se acomoda y se transforma poco a poco. Lo que al principio son materiales sueltos termina convertido en una corona hecha a mano, con detalles que distinguen una pieza de otra. Abigail disfruta especialmente esa parte del proceso, porque le gustan las manualidades y el trabajo delicado que requiere paciencia.

Abigail tenía alrededor de 10 años cuando comenzó a observar con más atención cómo Gaby, su madre, elaboraba las coronas. Cada año, en vísperas del Día de Muertos, la veía preparar los arreglos destinados a los familiares de ambas ramas de la familia, entre ellos sus abuelos paternos que ya habían fallecido.

Al principio, ella se acercaba para mirar y ayudar en lo que podía. Después, junto con su hermana, comenzó a aprender los pasos necesarios para hacer sus propias flores y participar en la elaboración de las coronas.

No necesitó entrar a un taller ni tomar un curso para descubrir este oficio. Su aprendizaje ocurrió en casa, al lado de su madre, siguiendo sus movimientos y familiarizándose con los materiales. La enseñanza llegó de manera natural, como había sucedido antes con su abuela y su bisabuela.

Abigail es la cuarta generación de su familia en la elaboración de flores de papel

Su bisabuela Enriqueta y su abuela Ana fueron las primeras manos que dejan este legado familiar.
Su bisabuela Enriqueta y su abuela Ana fueron las primeras manos que dejan este legado familiar.

Con los años, Abigail dejó de ser solamente la niña que observaba y se convirtió en una de las mujeres encargadas de mantener la costumbre. Ahora es ella quien prepara coronas para su familia y quien atiende las solicitudes de personas que desean llevar una pieza al panteón.

La tradición también tiene un significado especial para Mamá Queta.

Su bisabuela ya no elabora coronas, pero continúa pidiendo que Abigail haga la suya. Para la joven, recibir ese encargo de la mujer con la que comenzó esta historia familiar representa una forma de continuar lo que ella enseñó durante tantos años. Durante mucho tiempo, Abigail elaboró las coronas principalmente para sus seres queridos.

Sin embargo, hace dos años decidió comenzar a venderlas y compartir su trabajo con otras familias de San Pedro y Navolato. La experiencia de llevar sus creaciones al panteón le permitió descubrir una satisfacción distinta: encontrarse con una corona hecha por ella entre las que otras personas colocan para honrar a sus difuntos.

No se trata únicamente de saber que alguien compró su trabajo, sino de reconocer que una pieza en la que puso tiempo y dedicación llegó a formar parte de un recuerdo familiar. Cada corona tiene sus propias características.

Aunque utilice materiales similares, el acomodo de las flores y los detalles hacen que una no sea idéntica a otra. Esa diferencia es parte de lo que le gusta del trabajo manual, pues cada pieza conserva algo de la persona que la elaboró.

El año pasado y el anterior vendió sus coronas en el panteón de San Pedro.

En esta ocasión las ofreció en un bazar local y nuevamente las llevó al cementerio, donde las familias acuden durante la temporada para visitar las tumbas y colocar flores y coronas. La venta representa un ingreso que obtiene con una actividad que conoce desde niña.

Mientras busca abrirse camino en la Arquitectura, aprovecha sus habilidades manuales para trabajar por cuenta propia y ofrecer productos elaborados con cuidado. Además, puede personalizar las coronas a petición de los clientes.

Para quienes lo solicitan incluye el nombre de la persona fallecida, sus fechas o una fotografía, de modo que el arreglo tenga detalles relacionados con el ser querido al que desean recordar.

Una tradición que sigue pasando de mano en mano

Para Abigail, la elaboración de flores de papel forma parte de una tradición familiar que comparte con otras personas.
Para Abigail, la elaboración de flores de papel forma parte de una tradición familiar que comparte con otras personas.

Para Abigail, conservar esta costumbre también significa reconocer el trabajo de las mujeres que estuvieron antes que ella. Su bisabuela, su abuela y su madre le enseñaron una actividad que hoy le permite crear sus propios diseños, obtener ingresos y mantener presente una parte importante de su historia familiar.

Cada octubre, cuando vuelve a trabajar con el papel, las flores y los materiales que necesita, retoma una tarea que comenzó mucho antes de que ella aprendiera a hacer su primera corona.

La diferencia es que ahora también lleva sus piezas a un bazar y las ofrece a personas que no forman parte de su familia.

La temporada del Día de Muertos le permite reunir esas dos partes de su vida: el recuerdo de quienes ya fallecieron y el oficio que aprendió de las mujeres que siguen presentes en su historia.

Por eso, cuando visita el panteón y reconoce una de sus coronas, sabe que no está mirando una pieza más entre las tumbas. Está viendo el resultado de su trabajo y de una enseñanza familiar que ha pasado de generación en generación.

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Preguntas y respuestas
Jacqueline Sánchez Osuna
Jacqueline Sánchez Osuna

Jacqueline Sánchez Osuna. Licenciada en Ciencias de la Comunicación y periodista sinaloense con 22 años de trayectoria. Desde 2020 forma parte de la primera generación de periodistas en América Latina especializada en Periodismo Constructivo. Su trabajo se centra en el Periodismo de Paz y Proximidad, documentando historias que visibilizan soluciones, fortalecen el tejido social y ponen en el centro a las personas y sus comunidades.

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