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A las nueve en punto, los niños cruzan la calle desde las habitacionales y entran al salón. Michelle ya los espera. Llegó antes para acomodar mesas y sillas, imprimir lo que haga falta y dejar todo listo.
Lo primero que les ofrece no es una actividad sino tiempo libre: que jueguen, que cuenten lo que hicieron ayer, que lleguen con confianza. Después viene la activación física, cuando el calor de Culiacán lo permite.
Ella es la maestra
Michelle Hadid Vega Corvera tiene 32 años y diez de maestra de preescolar. Da clases en el jardín de niños Profa. María Rocío Urías López, en Viveros El Sauz, dentro de la zona militar de la Guardia Nacional, en Culiacán. El plantel lleva tres años con ese nombre, antes solo figuraba como preescolar federalizado.

Es una escuela distinta a las demás. Los papás trabajan en la Guardia Nacional, y cuando llega un cambio de adscripción, la familia se va. Muchos militares llegan sin hijos. Por eso la matrícula sube y baja: esta vez son siete alumnos; la cifra más alta que ha visto Michelle es diecisiete.
Entre quienes asisten hay niños de Chiapas, Aguascalientes, Veracruz, Oaxaca y Guadalajara. Esa mezcla es lo que la mantiene ahí.
“Aprendes de las familias y aprendes de los niños”, afirma a Tus Buenas Noticias. Cada ciclo escolar trae gente nueva, otras costumbres, otras formas de apoyar a un hijo. Nada se vuelve rutina.
Nada de esto estaba en sus planes. En la preparatoria soñaba con ser arquitecta, diseñadora gráfica o de interiores; también pensó en administración de empresas. En su familia nadie era maestro: ni sus papás ni sus hermanas.
El ejemplo apareció donde menos lo esperaba. La maestra Celia Luz, a quien Michelle conocía bien, la invitaba a las escuelas donde trabajaba y le pedía ayuda con los niños. Michelle la miraba trabajar. Nunca dijo que no; pensó que iba a explorar cómo era aquello. Todavía no sabía qué estudiar, así que se animó.

Estudió y trabajó al mismo tiempo. Cubría permisos e incapacidades de otros maestros y fue maestra sombra mientras cursaba la carrera. Ahí entendió algo que hoy repite:
“Yo no podría estar sentada ocho horas en una oficina” sostiene.
Le gusta el movimiento, las ocurrencias de los niños, no aburrirse. El diseño no lo abandonó del todo: lo practica en su emprendimiento, en tiempos libres.
Su paso por las aulas

Su camino empezó con interinatos. Primero en el municipio de Navolato, estando embarazada. Después un mes en Culiacán, con su bebé recién nacido. Luego Mazatlán, en la comunidad de Barrón, donde vivió por primera vez lejos de casa, en una etapa que recuerda como muy bonita.
Dos años en un jardín de tiempo completo en Culiacán, con grupos de hasta treinta niños y salida a las 3:30. Y por fin su plaza, en Angostura, adonde se mudó con su hijo mayor, que entraba al kínder ese mismo ciclo y fue su alumno.
El lado positivo
La pandemia la sorprendió y regresó a Culiacán, dejó su departamento y dio clases en línea durante un ciclo escolar. Con la plaza ya segura, pidió cambio y llegó a El Sauz. Ya decidió que ahí se iba a jubilar con la condición que el kínder siga abierto, porque la población cambia y eso influye.

“Mientras esté el kinder aquí, yo voy a seguir aquí”, dice con orgullo a Tus Buenas Noticias.
Enseñanzas que no olvida
En su primer grupo en esta escuela conoció a Victorio. Michelle acababa de llegar y era encargada del plantel, porque ahí no hay director, además de atender primer año. Notó cosas en el niño que la familia aún no veía y se las comentó a la mamá.
No fue sencillo: a una maestra joven a veces se le responde que eso no le corresponde. Pero la mamá nunca se negó. Llevaron a Victorio a diagnóstico y a terapia; fue diagnosticado con autismo. “Jamás se me va a olvidar”, dice Michelle. Años después, la mamá todavía la saluda, y ella mira sus fotos.

Michelle combina su pasión en las aulas con el "trabajo" más importante de su vida, ya que es mamá de dos niños, de nueve años y de dos y medio respecivamente.
“Trato a los niños como me gustaría que trataran a mis hijos y como me gustaría que ellos aprendieran”, dice. De sus hijos aprende lo que luego aplica en el salón, y viceversa.
¿Y qué le diría a la Michelle de quince años? “Que no se arrepienta de cómo es ella, que siga estudiando y que no le dé pena nada”, responde. Que siga siendo divertida, que cuente sus chistes, que no la frene la vergüenza. “Lo puede lograr.”
Afuera, en el patio, los niños juegan.






