¿Quieres resumir esta nota?
La vocación artística de Sichem Rizo no apareció de pronto: estuvo ahí desde la infancia, entre dibujos, juegos de construcción y fotografías tomadas con una cámara de rollo.
Durante años quedó en pausa, mientras él estudiaba, trabajaba en diseño y se hacía cargo de un hotel familiar. Su regreso comenzó con un teléfono celular y una decisión: darle espacio a la creatividad y mirar de cerca las historias de Mazatlán.
“Desde niños yo siempre recuerdo que las cosas con las que me gustaba jugar eran las que estaban relacionadas con crear algo”, cuenta el fotógrafo y artista visual mazatleco en entrevista con Tus Buenas Noticias.
Le atraían los retos, construir con legos, dibujar y hacer experimentos. También tomó clases de música y pintura. En los viajes familiares, una cámara le ofrecía una manera de explorar: cada rollo tenía 24 o 36 oportunidades para fotografiar.
“Esa fue la semillita que estuvo en hibernación”, recuerda.
Aunque desde pequeño se sintió atraído por el arte, al elegir una carrera probó primero comunicación en Puebla. No le convenció y se trasladó a Monterrey para estudiar diseño industrial, una formación que describe como “arte con ingeniería”. 
Después cursó una maestría en diseño e innovación, enfocada en aprender de la naturaleza para desarrollar ideas y soluciones.
Su trayectoria lo llevó también a dirigir una carrera universitaria en Aguascalientes. Más tarde regresó a Mazatlán por motivos familiares y se incorporó al negocio de hotelería de su familia. La experiencia estuvo lejos de ser un desvío sin sentido: le permitió emprender, resolver problemas cotidianos y cambiar el concepto del hotel boutique, para hacerlo ecológico.
En esa etapa coordinó un programa ambiental y participó en televisión local. También colaboró en la coordinación de huertos urbanos del DIF Mazatlán. Sin embargo, mientras atendía las tareas administrativas, la fotografía seguía presente. Tomaba imágenes de las habitaciones para la publicidad del hotel, pero el impulso creativo iba más allá del trabajo.
Un celular reavivó la vocación creativa
El cambio empezó con el iPhone 4S. Su formato tipo Polaroid y, después, el reto de componer en el formato cuadrado de Instagram, llevaron a Rizo a fotografiar durante sus viajes y a experimentar con accesorios para el teléfono.
“Eso fue como un combustible después de estar dedicado a algo completamente administrativo”, dice. “Mi lado creativo estaba en espera”.

La curiosidad lo condujo a comprar una cámara y estudiar fotografía por su cuenta. Se inscribió en una escuela para obtener una formación más estructurada. Recuerda con cariño a su primer maestro, Carlos Pano, y una exposición temprana en la que recibió un reconocimiento.
Luego continuó su aprendizaje con libros, fotolibros y fotografías antiguas, materiales que hoy forman parte importante de su biblioteca.
Más adelante cursó durante dos años un programa en línea del Instituto de Fotografía de Nueva York. Al graduarse, en 2019, ya había convertido un espacio en el edificio donde su padre tenía su consultorio, en el Centro Histórico, en un pequeño estudio. Comenzó con retratos y fotografía de producto, mientras seguía trabajando en el hotel.
La pandemia de 2020 puso en aprietos la operación del negocio familiar, pero también aceleró una decisión que Rizo venía contemplando. Un encargo fotográfico para una empresa atunera abrió nuevas posibilidades.
Después trabajó en portadas para la revista Gente Sinaloa y cursó una maestría en creación fotográfica en línea, impartida por la Universidad de ELISAVA en Barcelona. En 2022 terminó el programa y decidió concentrarse en la fotografía. 
El paso siguiente fue ampliar su mirada: no limitarse a tomar imágenes, sino construir proyectos artísticos a partir de temas investigados y experiencias personales.
Una amiga artista le sugirió explorar el arte más allá de la fotografía. La invitación encontró respuesta en un proyecto sobre una de las celebraciones más reconocidas de la ciudad.
El Carnaval como punto de partida para contar Mazatlán
Para su proyecto final de maestría, Rizo eligió el Carnaval de Mazatlán. El resultado fue La Reina de Oropel, una narración visual inspirada en los reinados, sus dinastías y la memoria que rodea a quienes alguna vez ocuparon un lugar protagónico en la fiesta.
El tema tenía raíces cercanas: una tía, su abuela y una prima fueron reinas o princesas, y muchas de sus amigas también participaron.
Rizo creó el personaje de Aura, una antigua reina del Carnaval que, décadas después, ha sido olvidada. La historia explora la distancia entre la fantasía del reinado y el paso del tiempo. Para realizarla, contó con locaciones vinculadas a la celebración, como espacios para carros alegóricos y el teatro.
La producción también le permitió reconocer cuánto podía aportar su experiencia personal a una investigación artística. 
Esa búsqueda continúa en el Sichem Foto Lab, el estudio, taller y laboratorio de creación que abrió en el Centro Histórico, sobre la calle 5 de Mayo. Allí explora procesos antiguos de fotografía que vuelven tangible la imagen.
“La fotografía se puede hacer tangible como antes, no nada más digital”, explica.
Experimenta con químicos sensibles a la luz ultravioleta y combina imágenes fotográficas con grabados tallados en madera.
En sus obras aparecen motivos ligados a la identidad local, como el venado y la mujer mazatleca, además de referencias al Carnaval y a la religiosidad.
“Me gustan mucho nuestras historias, cosas locales”, dice.
Para él, investigar forma parte esencial del trabajo: realiza entrevistas, estudia los temas y relaciona lo que descubre con lo que ha vivido. 
Rizo distingue entre crear por pasatiempo, hacer obras decorativas y desarrollar un proyecto artístico a partir de una investigación.
En este último, afirma, la obra no nace únicamente de una inspiración repentina: reúne información, experiencia y decisiones creativas. “Yo siento que el arte por creación debe mover algo en ti, producir un sentimiento”.
Hoy trabaja en nuevas piezas, participa en exposiciones y mantiene obras a la venta. También ha realizado intercambios culturales, como el envío de obras a Perú, y ha colaborado en iniciativas inclusivas: impartió un taller de verano para el Teletón y apoyó a la Academia para los Sueños Especiales en su búsqueda de crear una galería incluyente en el Museo de Arte.
En el Centro Histórico, observa una recuperación de la actividad artística que ha favorecido espacios como el Art Walk. Para Rizo, tener el estudio abierto conecta su proceso con la ciudad: su curiosidad de niño, los aprendizajes de diseño y hotelería, las técnicas fotográficas y las historias mazatlecas conviven en un mismo lugar.
La vocación que estuvo en pausa encontró así una forma propia de crecer y de contar, desde el arte, aquello que hace singular a Mazatlán.





















