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Guasave, Sin. La primera vez se quedó con el antojo. La segunda, también. Pancho Ochoa había ido a comprar pollo asado, pero cuando llegó, ya no quedaba. Podía haberlo dejado pasar como una simple mala suerte; sin embargo, aquella pequeña frustración le hizo pensar en algo que cambiaría su vida: si la gente quería pollo y no encontraba dónde comprarlo, ¿por qué no venderlo él?
Así nació la idea de El Pollo Loco, aunque en ese momento todavía no existía una marca, ni sucursales, ni planes de expansión. Solo había una oportunidad que Pancho supo reconocer en Guasave, su ciudad.
Era finales de 1974. Tenía una pequeña zapatería por la calle Guerrero, casi esquina con Doctor de la Torre, y también se dedicaba a vender automóviles a comisión en Chevrolet. Decidido a probar suerte con el nuevo negocio, vendió el calzado que tenía en la zapatería por 30 mil pesos de aquella época. La mitad se la entregó a su esposa, Flérida, y con los otros 15 mil pesos puso en marcha su proyecto.
El 6 de enero de 1975 abrió las puertas del primer establecimiento. No necesitó esperar mucho para saber que había encontrado algo que la gente quería: las mesas se llenaron incluso antes de que terminaran de asarse los primeros pollos.
Entre aquellos primeros clientes, recuerda a uno que pidió medio pollo, muchas tortillas y doble salsa para compartir con su familia. Pancho entendió entonces que no se trataba solamente de vender comida, sino de lograr que las personas quisieran regresar.
“Yo decía: si esta persona viene y me compra, va a ser cliente para toda la vida”, recordó.

Un amigo le puso nombre a la idea
Pero el negocio todavía necesitaba algo más: un nombre. Pancho recuerda que, cuando llegó el momento de rotular el establecimiento, un amigo de muchos años le preguntó cómo quería llamarlo.
Su primera propuesta fue “Rico Pollo”. Sin embargo, a su amigo no le convenció. Le pareció un nombre demasiado cursi y decidió sugerirle otro: “El Pollo Loco”.
A Pancho le gustó la propuesta y así quedó bautizado el negocio que, con el paso de los años, llevaría ese nombre mucho más allá de Guasave.
Ochoa recuerda con cariño a aquel amigo, quien ya falleció, pero cuya participación no se limitó a encontrarle nombre al establecimiento. Cuando la empresa comenzó a crecer, también se integró a su equipo de colaboradores y fue parte de aquella etapa de expansión.
Así, detrás del nombre de una marca que hoy tiene presencia internacional, también quedó la huella de una amistad que acompañó sus primeros pasos.

El negocio que comenzó en Guasave y cruzó fronteras
El éxito inicial le dio confianza para mirar más allá de su ciudad. En 1977, el negocio llegó a San Luis Potosí, primero como parte de la Feria Nacional Potosina. La respuesta del público le confirmó que aquella propuesta nacida en Guasave podía funcionar en otros mercados.
Con el paso del tiempo, sus hermanos se integraron al proyecto y participaron en su crecimiento. La empresa se extendió a distintas ciudades de México y llegó también a Estados Unidos.
Durante su charla en Guasave, don Pancho Ochoa compartió que la marca cuenta actualmente con alrededor de 100 sucursales en México y unas 520 en Estados Unidos. Son cifras que él mismo expuso para dimensionar el camino recorrido desde aquel primer local.
Pero antes de convertirse en empresario, Pancho fue un adolescente que tuvo que aprender a trabajar cuando su familia perdió casi todo.
La inundación que cambió el rumbo de su vida
En 1958, cuando tenía 14 años y cursaba segundo de secundaria, una inundación destruyó la mueblería y los negocios de su padre. La familia quedó en una situación económica muy difícil y, ante la necesidad de salir adelante, su padre le pidió que dejara la escuela para ayudarlo.
Pancho abandonó sus estudios y comenzó a trabajar a su lado. De aquella experiencia aprendió valores que después llevaría a su propio negocio: la puntualidad, el respeto, la responsabilidad y la importancia de cumplir con la palabra.
De su madre recibió otra enseñanza que también marcó su vida: compartir. En una casa donde había 12 hijos, siempre se preparaba comida para la familia y también para las personas necesitadas que llegaban a buscar ayuda.
Esos recuerdos forman parte de la historia que hoy comparte con quienes sueñan con emprender: detrás de una empresa puede haber una idea de negocio, pero también una historia familiar, sacrificios y aprendizajes que no aparecen en ningún balance.
El consejo que se llevó de su padre
Casi 51 años después de abrir aquel primer establecimiento, Pancho Ochoa regresó a Guasave para contar su experiencia a estudiantes, jóvenes y ciudadanos. La charla se realizó en el auditorio Héroes de Sinaloa, organizada por ICECI (Impulsora de la Cultura, Ciencia e Innovación), asociación civil privada.
Frente a los asistentes, habló de los riesgos de emprender, de las veces que las cosas no salen como se espera y de la necesidad de encontrar fuerzas para volver a intentarlo.
Recordó una frase de su padre que sigue guiando sus decisiones:
“Mi papá me decía: el que no se avienta, no cruza el río. Siempre va a haber riesgos y, si se caen, que se vuelvan a levantar sin miedo”.

También recomendó buscar proyectos que despierten pasión, porque el trabajo y la constancia son indispensables para sostenerlos cuando llegan las dificultades.
Pancho Ochoa no sabía qué tan lejos llegaría aquella idea cuando salió a comprar pollo y encontró el negocio cerrado. Lo que sí hizo fue mirar de otra manera una situación que parecía insignificante.
En Guasave, dos ocasiones en las que no alcanzó a comprar pollo asado terminaron convirtiéndose en el punto de partida de una historia que, casi cinco décadas después, sigue llevando el nombre de aquel primer negocio mucho más allá de la calle Guerrero.















