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Frente al espejo iluminado, los colores comienzan a tomar su lugar. Una brocha difumina las sombras, el brillo encuentra su punto sobre los párpados y el peinado termina de darle forma al arreglo.
Paola Zazueta observa los detalles, combina tonos y escucha a su clienta, porque antes de terminar un maquillaje debe entender cómo quiere verse la mujer que está sentada frente a ella.
En su salón, ubicado en la colonia La Villita, los espejos y las luces son parte de su trabajo diario. También lo son los pinceles, las paletas de sombras, los productos que ha aprendido a elegir y las herramientas para crear peinados.
Paola disfruta ese momento en que cada elemento comienza a encajar y la persona que llegó para arreglarse puede verse con una imagen distinta.
De la afición al emprendimiento

Delfina Paola Zazueta Benítez es ingeniera industrial, pero hace ocho años encontró en el maquillaje una manera de desarrollar su creatividad y construir un negocio propio.
Cuando era niña jugaba a poner uñas de plastilina y hasta cobraba a sus amigas. En la preparatoria empezaba a peinarlas; hacía trenzas que aprendió a realizar por su cuenta, mirando y practicando.
Al principio atendía a domicilio. Se trasladaba en camión, cargando sus herramientas para ir de una colonia a otra. Cobraba 500 pesos por maquillaje y peinado, un precio con el que buscaba darse a conocer.
El esfuerzo no tardó en hacerse sentir. Entre los traslados y sus compromisos, cada servicio requería tiempo, organización y energía.
Después rentó un local y, cuando llegó la pandemia, acondicionó un espacio en su casa, donde continúa trabajando.
Hoy, cuando mira sus dos tocadores y el salón que ha ido arreglando poco a poco, Paola se siente contenta con lo que ha conseguido.
No llegó de un día para otro ni porque alguien le entregara todo listo: fue comprando sus cosas con el dinero de su trabajo y aprendiendo a confiar en lo que sabía hacer.
Aprendizajes y desafíos en el camino

El camino también le enseñó a defender el valor de su trabajo. Recuerda que una clienta, presionada por los preparativos de su evento, le hizo cambiar varias veces el maquillaje.
Con los años ha aprendido a escuchar las opiniones de sus clientas sin permitir que una mala experiencia borre todo lo que ha avanzado.
Aunque estudió Ingeniería Industrial, considera que la carrera le ha servido para organizar sus proyectos y entender cómo llevar un negocio.
Paola quiere crecer en el mundo del maquillaje y seguir perfeccionando lo que hace. Por eso, cuando habla con otras jóvenes que desean emprender, les recomienda no rendirse.
Su historia está en los detalles que ha reunido frente al espejo, en las trenzas que aprendió a hacer por sí misma y en cada curso que toma para ofrecer algo mejor.
Hoy, en La Villita, las luces de sus espejos iluminan mucho más que un rostro listo para una fiesta: acompañan el trabajo de una joven que convirtió una afición de niña en su propio negocio.














