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Pero desde 1975 en Baja California existen reglas cuyo único propósito es mantener el cielo nocturno oscuro, y funcionan tan bien que ahí está uno de los cuatro mejores sitios del planeta para observar estrellas. Es una de esas historias en las que México va adelante y no se presume.
Uno de los cuatro mejores cielos del mundo está aquí
En la Sierra de San Pedro Mártir, en Baja California, opera el Observatorio Astronómico Nacional, a cargo del Instituto de Astronomía de la UNAM.
El sitio reúne una combinación difícil de encontrar: altura, aire seco, estabilidad atmosférica y alrededor de 290 noches despejadas al año. Por eso se le considera entre los cuatro mejores lugares del mundo para la observación astronómica. No es una medalla simbólica, es la razón por la que ahí se instalan telescopios que podrían haberse ido a cualquier otro país.
Y todo eso depende de una condición frágil que no se compra ni se fabrica: que alrededor siga estando oscuro.
La Ley del Cielo empezó en 1975
Las primeras acciones en México para proteger el cielo de la contaminación lumínica se tomaron en Baja California en 1975, precisamente para cuidar el trabajo del observatorio.
El paso más conocido llegó en 2006, cuando el municipio de Ensenada aprobó un reglamento para prevenir la contaminación lumínica, elaborado con participación directa de investigadores del observatorio. Después se sumaron Mexicali y Tijuana con disposiciones parecidas.
A esto se le llama popularmente la Ley del Cielo. Dados los resultados en Baja California, se ha trabajado para llevarla a más estados y existe ya una iniciativa presentada a nivel federal en la Cámara de Diputados.
Qué hace en la práctica
La parte que sorprende es lo sencilla que es la medida técnica. No se trata de apagar la ciudad ni de dejar calles a oscuras.
La regla central es que las luminarias no emitan luz por encima del horizonte. Es decir, que las lámparas alumbren hacia abajo, que es donde la gente camina, en lugar de desperdiciar una parte del haz hacia arriba, donde no le sirve a nadie.
El efecto secundario es que sale más barato. Toda la luz que se escapa al cielo es electricidad pagada que no ilumina nada. Una luminaria bien dirigida alumbra igual o mejor la banqueta y consume menos. Es de los pocos casos en que la medida ambiental y el ahorro presupuestal apuntan exactamente al mismo lado.

El nuevo problema no viene del suelo
Conviene ser honestos: la iluminación urbana ya no es la única amenaza para los cielos oscuros.
En los últimos años se han lanzado miles de satélites de comunicaciones en órbita baja, y son lo bastante brillantes para aparecer como líneas luminosas atravesando las fotografías astronómicas. La imagen de arriba, tomada desde San Pedro Mártir, muestra exactamente eso.
Contra esto un reglamento municipal no puede hacer mucho, porque el asunto es internacional. Lo que sí sigue en manos de cada ciudad es la parte de abajo, y esa parte no es menor: en la mayoría de las localidades del país, lo que borra las estrellas sigue siendo el alumbrado mal dirigido, no los satélites.
Dónde ver la Vía Láctea en México
La buena noticia para quien quiera comprobarlo es que en este país todavía hay cielos oscuros a distancia razonable de casi cualquier ciudad grande.
Sierra de San Pedro Mártir, Baja California. El parque nacional permite acampar y es, por mucho, el cielo más oscuro y estable del país.
Desierto de Sonora y Chihuahua. Noches secas y despejadas buena parte del año, con horizontes amplios.
Sierra Norte de Oaxaca. Comunidades con turismo comunitario y hospedaje a menos de dos horas de la capital del estado.
Zonas altas de Puebla y Tlaxcala. La altitud ayuda y quedan cerca del centro del país.
Reserva de la Biosfera de Sian Ka'an, Quintana Roo. Cielo oscuro sobre el mar, algo poco común en el sureste.
La Vía Láctea se ve mejor entre abril y septiembre, cuando su parte más densa queda alta en el cielo durante la noche.
Cómo mirar para que valga la pena
Tres cosas hacen casi toda la diferencia, y ninguna cuesta dinero.
Revisar la luna. Con luna llena se pierde casi todo lo tenue, incluida la Vía Láctea. Hay que ir en los días cercanos a luna nueva. Este es el error más común y el más fácil de evitar.
Dar veinte minutos a los ojos. La visión nocturna tarda ese tiempo en activarse. Y basta un vistazo al celular para reiniciar el proceso, así que lo mejor es guardarlo. Quien aguanta esos veinte minutos ve varias veces más estrellas que al llegar.
Llevar más abrigo del necesario. En sierra y desierto la temperatura cae rápido en cuanto se mete el sol, y estar quieto enfría mucho más que caminar.
Marcar un punto del cielo
Cuando alguien pasa una noche así, suele surgir la misma pregunta: ¿se puede tener una estrella propia?
La respuesta honesta es que no en sentido oficial. Desde 1922, los nombres de los astros los asigna únicamente la Unión Astronómica Internacional, y no están a la venta ni se otorgan a particulares.
Lo que sí existe son registros privados y conmemorativos que permiten ponerle un nombre a una estrella y entregan un certificado con un mapa de su ubicación. Son recuerdos simbólicos, sin validez astronómica, y lo correcto es decirlo con claridad en lugar de dejar creer que alguien adquiere algo allá arriba. Funcionan igual que una placa en una banca de parque: no dan propiedad, dan un motivo para volver a mirar al mismo sitio.
Que es, en el fondo, de lo que trata todo esto. Una ley que protege la oscuridad no protege un recurso natural en el sentido habitual. Protege la posibilidad de que alguien salga de noche, levante la cabeza y vea algo que vale la pena.
Lo que se puede hacer desde casa
No hace falta esperar una ley federal para mejorar el cielo de la propia colonia.
Las lámparas exteriores de una casa cuentan. Una luminaria con pantalla que dirija la luz hacia abajo ilumina mejor el patio, deslumbra menos a los vecinos y no manda nada hacia arriba. Apagar lo que no se está usando ayuda igual, y se nota en el recibo.
En varios municipios del país ya existen reglamentos de alumbrado que consideran este criterio, y en muchos otros el tema simplemente no se ha planteado. Vale la pena preguntarlo, porque es de las pocas discusiones públicas donde el argumento ambiental, el técnico y el económico coinciden sin necesidad de convencer a nadie de ceder algo.
Cincuenta años después, Baja California sigue siendo la prueba de que funciona.






