"Ya no estoy triste": En Culiacán, Dorita transformó su duelo en una nueva oportunidad de vivir
Con más de 10 años asistiendo al DIF Palmito, al sur de Culiacán, María Dolores Ibarra ha hecho de los talleres y la convivencia un espacio clave para mantenerse activa, acompañada y con una rutina que le da sentido a sus días


Culiacán, Sinaloa.- A sus 73 años, María Dolores Ibarra Higuera —conocida por todos como “Lolita”— ha aprendido que la vida no siempre avisa cuándo cambiará el ritmo. Pero también ha descubierto que, incluso en los momentos más difíciles, siempre hay una forma de volver a empezar.
Vecina de la colonia Díaz Ordaz, al sur de Culiacán, desde hace más de 40 años, Lolita encontró en el DIF Palmito un espacio que, con el tiempo, se convertiría en mucho más que un lugar de actividades: es un refugio emocional, una red de apoyo y, sobre todo, una forma de sanar.

“Vengo para platicar, para desenfadarme”, dice con naturalidad para Tus Buenas Noticias, como quien ha aprendido a nombrar lo que siente sin rodeos.
Un espacio que llegó en el momento justo
Su historia con el DIF comenzó hace más de una década, incluso antes de cumplir los 60 años. Fue invitada por amigas que ya asistían, y aunque al inicio no podía integrarse completamente a todas las actividades por la edad, decidió quedarse.
El primer taller al que se sumó fue el de cachibol. Después vinieron las manualidades, donde ha aprendido a tejer, pintar y crear distintas piezas según los programas disponibles.
“Hay muchas cosas que hacer”, comenta. “Siempre hay algo nuevo que aprender”.
Pero más allá de las actividades, encontró compañía. Conversaciones cotidianas, risas compartidas y una rutina que le permitió salir de casa y conectar con otras personas.
Compartir la vida, incluso en los detalles pequeños
Durante años, Lolita no vivió esta experiencia sola. Su esposo, Francisco Rentería, la acompañaba al DIF, incluso participando también en talleres de manualidades.
Eran una pareja que compartía no solo la vida en casa, sino también estos espacios comunitarios. Por eso, cuando él falleció hace casi dos años, el golpe fue profundo.

“De primero no quería venir. Me daba tristeza, porque aquí lo recordaba mucho”, confiesa.
El lugar que antes representaba convivencia se convirtió, por un tiempo, en un espejo constante de su ausencia.
El duelo y el silencio
Tras la pérdida, Lolita se alejó emocionalmente de las actividades. Aunque físicamente podía asistir, ya no encontraba motivación. Las manualidades dejaron de tener sentido. El entusiasmo desapareció.
“Lo que hacía antes ya no me nacía”, recuerda.
El duelo, como suele ocurrir, no solo se manifestó en la tristeza, sino en el desinterés. En el silencio. En esa sensación de estar sin rumbo, incluso rodeada de personas. Sin embargo, algo empezó a cambiar.
La importancia de no quedarse sola
Fueron sus compañeras quienes jugaron un papel clave en su regreso. La invitaron, la buscaron, le insistieron en que volviera. “No te quedes allá sola”, le decían.
Ese acompañamiento fue fundamental. Poco a poco, Lolita comenzó a regresar, primero con reservas, luego con más confianza. Hoy reconoce ese proceso con claridad: “Ya soy diferente, ya me estoy soltando”.
No se trata de olvidar, explica. Su esposo sigue presente en su memoria. Pero ha logrado aceptar su ausencia y continuar.
“Ya digo: no está conmigo… y adelante”, expresa con una mezcla de serenidad.
Un nuevo significado para el día a día
Actualmente, Lolita asiste al DIF principalmente de lunes a miércoles. Llega temprano, alrededor de las 8 de la mañana, ya sea acompañada por su hija o por su propia cuenta.
Su rutina incluye pláticas con compañeras, participación en talleres y momentos de observación que también forman parte de su bienestar.
Aunque ya no juega cachibol con la misma frecuencia, sigue vinculada a las actividades que le permiten mantenerse activa.
En casa, vive sola por las noches. Sin embargo, esa soledad ya no pesa como antes. “No estoy triste. Estoy alegre”, afirma.
Parte de esa tranquilidad proviene de su familia. Tiene tres hijos —un hombre y dos mujeres— que la visitan constantemente, además de nietos que, en ocasiones, se quedan con ella.
Pero también hay una dimensión personal que ha fortalecido: su fe. “Siento que no estoy sola. Dios está conmigo”, dice con convicción.
Un mensaje para otros adultos mayores
Con la experiencia que le han dado los años y lo vivido, Dorita tiene un consejo claro para otras personas mayores: no quedarse en casa.
Reconoce que muchas veces las responsabilidades familiares, como el cuidado de los nietos, pueden limitar la participación. Pero insiste en que también es importante darse tiempo propio.
“Que vengan. Es muy bonito. Aquí uno convive, aprende”, comparte. Para ella, espacios como el DIF no solo ofrecen actividades, sino oportunidades para mejorar la calidad de vida.
Seguir, a su manera
A sus 73 años, Lolita no habla de planes a largo plazo. Habla de algo más sencillo, pero profundamente significativo: sentirse bien, acompañada y en paz.
Su historia no es la de alguien que superó el dolor de un día para otro. Es la de alguien que lo ha ido transformando, paso a paso, con ayuda de su entorno, de su comunidad y de su propia voluntad.
Entre talleres, conversaciones y pequeños logros cotidianos, Lolita ha encontrado una forma de seguir adelante.
Y en ese proceso, ha descubierto que, incluso después de la pérdida, la vida todavía tiene mucho por ofrecer.














