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En Eldorado, entre el vaivén de generaciones que han crecido a la sombra del ingenio azucarero, hay un nombre que se pronuncia con cariño en cada esquina: doña Lola.
Detrás de ese apodo está la historia de Dolores Castro López, una mujer que ha hecho de la perseverancia su oficio y que hoy, a punto de cumplir cuatro décadas al frente de su propio negocio, se ha convertido en memoria viva del pueblo.

Una historia forjada a base de trabajo
Todo comenzó dentro del ingenio, cuando la fábrica bullía con 800 obreros repartidos en tres turnos. Ahí, entre el ruido de las máquinas y las prisas de los trabajadores, doña Lola encontró su primer oficio: vender comida.
Su changarro, bien surtido, ofrecía tortas, tacos, sándwiches, galletas y refrescos, donde llegó a despachar hasta sesenta cajas por semana.
Aquella época, recuerda, era de bonanza: llegó a haber 800 obreros trabajando en el ingenio; hoy apenas quedan 70, un contraste que ella misma señala como testimonio silencioso de cómo ha cambiado la vida de la región con el paso de las décadas.
Fueron cinco años de trabajo constante, contratada directamente por el gerente de la empresa, en los que doña Lola tejió lazos que aún hoy la sostienen.

Pero, como suele ocurrir cuando alguien destaca, también llegaron las envidias. Las intrigas de algunas personas terminaron por sacarla del ingenio, justo cuando tenía cuatro hijos estudiando y dependiendo de su esfuerzo.
La resiliencia de quien es hoy un ícono de Eldorado
Lejos de rendirse, doña Lola encontró en la adversidad el impulso para reinventarse. Un día, de camino al centro, se detuvo frente a unos arbolitos y una idea se le encendió como un foco: "Aquí voy a vender raspados yo", se dijo.
Así, con determinación, empezó a vender uno, dos, y poco a poco las ventas fueron creciendo, favorecidas por la cercanía del centro de salud, que atraía gente de todas partes.
Su nuevo negocio no pasó desapercibido. Una secretaria del sindicato local, amiga suya, se acercó un día para preguntarle:
Oiga, doña Lola, ¿en qué la podemos ayudar?". De esa conversación nació la posibilidad de instalar un estanquillo propio.
El primer lugar que le asignaron, sin embargo, quedaba escondido junto a una bandera, sin visibilidad ni ventas. Fue entonces cuando acudió a un amigo, Pancho Pérez, para pedirle ayuda con la reubicación.
Lo que empezó como broma "me dijo una tontería", cuenta ella entre risas, terminó en una ayuda genuina: entre los dos desarmaron el pequeño local y lo instalaron en el sitio donde permanece hasta hoy.

Más adelante, gestionó que se retirara parte de una reja que le tapaba la vista y contrató a un soldador para construir una corredera que facilitara el acceso. Cada ajuste, cada mejora, fue posible gracias al respaldo del obrero, que dice "todo el tiempo me apoyó… hasta la fecha".
Recuerdos de los años de bonanza
Con los años, ese pequeño estanquillo se transformó en un punto de referencia para varias generaciones de Eldorado. Los niños que alguna vez le robaban galletas hoy la recuerdan entre risas y le dicen "doña bola" o "doña boliche", apodos cariñosos que conviven con el respeto de llamarla "abuela" o "doña Lola".
Su historia, además, no termina en ella: una de sus hijas ya la acompaña en el negocio, y sus nietos representan la posibilidad de una tercera generación al frente del estanquillo, dando continuidad a un legado que nació de la necesidad y se convirtió en tradición familiar.
Hoy, con casi cuarenta años de historia acumulada en su estanquillo, Dolores Castro López sigue siendo un ejemplo vivo de que la adversidad, enfrentada con esfuerzo, comunidad y una buena dosis de ingenio, puede transformarse en legado.
Aquí estoy, gracias a Dios", dice sin dramatismo, como quien sabe que su historia de tacos, raspados y golosinas es también la historia de todo un pueblo que la adoptó como suya.









