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Mazatlecos por adopción, Alfredo y María Beatriz llegaron al puerto en 1981 y desde entonces se establecieron en la colonia Salvador Allende, ahí fincaron su casa, crearon un hogar con sus hijas nacidas en esta ciudad.
Nacidos en otros estados de la República, llegaron a Sinaloa por trabajo y la belleza del malecón de Mazatlán fue lo que más impactó a Alfredo, quien asegura en entrevista con Tus Buenas Noticias, que este puerto le gustó para vivir desde el día que llagó.
Alfredo es de Veracruz, conoció a María Beatriz en Chiapas, de donde es originaria. Él trabajaba para una empresa que hacía dragados y ella trabajaba en la oficina de esa misma empresa en Puerto Madero. 
“Conocí a mi esposa en Chiapas y me la traje ya somos mazatlecos por adopción, el trabajo me trajo a Mazatlán, estábamos recién casados ella se quedó allá un tiempo y luego le dije que se viniera para acá y aquí nos quedamos, aquí nos fincamos, yo seguí saliendo a trabajar pero la familia de quedó aquí”, platica.
Alfredo recuerda que llegó a Mazatlán para trabajar en el dragado del canal de navegación, de aquí se movió a otros puntos de Sinaloa y después siguió trabajando en todo el país hasta que llegó el momento de pensionarse.
“Yo llegué a dragar en el Parque Bonfil y aquí en los alrededores para el lado de Escuinapa y en el norte de Sinaloa, en las Arenitas, el Dorado y fui a muchos lados en ese trabajo”, dice con nostalgia.
Un nuevo comienza en pareja: los tamales de hoja de plátano
Al finalizar su etapa laboral en la empresa de dragados, hace poco más de un año, Alfredo buscó que hacer, las ganas de seguir activo lo llevaron a inspirarse en un negocio exitoso que conoció en Mexicali, Baja California: la venta de tamales de hoja de plátano.
Pero para iniciar el emprendimiento necesitaba lo esencial: la sazón de María Betariz, que al ser originaria de Chiapas sabía prepararlos muy bien y es una buena cocinera.
“Me inspiré de otra persona que hace tamales en Mexicali, él tenía el negocio en su casa, pero tengo entendido que tenía puntos de venta por toda la ciudad, en su casa tenía hieleras llenas de tamales porque vendía mucho el señor y me llamó la atención, dije voy a hacer algo parecido porque mi esposa lo sabe hacer y le pregunté ¿me apoyas? me dijo que sí y empezamos”, recuerda entusiasmado.

La pareja se preparó para empezar un nuevo negocio de comida, pues María Beatriz tiene años vendiendo menudo los domingos en la banqueta de la Primaria Petróleos Mexicanos, sobre la avenida Múnich.
Ahora, se hicieron de todo lo necesario para empezar a preparar los tamales en hoja de plátano que son muy comunes en el sur de la República Mexicana, pero que en Mazatlán no son tan fáciles de encontrar.
Alfredo explica que lo más pesado es el horario de preparación, pues para tener los tamales calientitos en la mañana empiezan a cocinar a las 2:00 am. En plena madrugada su esposa hace los guisos y él le ayuda con lo más pesado en la preparación de la masa, que es el toque especial de este platillo mexicano.
“Primero se hacen los guisos y luego .se hace la masa, pero la masa se tiene que cocer se bate y se le pone la manteca, se le quema cebolla y ajo y ya que está eso bien caliente se saca y se le echa a la masa, se tiene que batir hasta que alcance una consistencia homogénea y entonces ya se saca y está lista para preparar los tamales”, explica.
La hoja de plátano también le da un sabor especial a los tamales, diferente al sabor de los tamales sinaloenses y esa es precisamente la atracción, asegura Alfredo, probar algo distinto a lo que comúnmente se come en la región. 
“Como estos tamales no son muy conocidos aquí la gente los prueba y les gustan, hay algunos lugares donde los venden, pero no son comunes en Mazatlán”.
María Beatriz hace tamales de pollo en mole, costilla de puerco, carne de res deshebrada y camarón sin cáscara y sin cabeza. Los que más busca la clientela son los de costilla.
A las 4:00 am los tamales están listos para ponerse al fuego y tardan 2 horas en cocinarse. Luego viene el proceso de sacarlos de las ollas y acomodarlos en hieleras, cargarlos en la camioneta y llevarlos al punto de venta.
Desde hace un año, Alfredo vende sus tamales en hoja de plátano en la misma acera en la que Beatriz vende el menudo los domingos, pero él trabaja entre semana, martes, miércoles y jueves desde las 7:00 am y hasta que vende el último tamal.
“Hay días que a las 10:00 am ya se terminaron y otros días hasta la 1:00 pm todavía estoy, hacemos entre 50 y 60 tamales diarios y cuando hay pedidos especiales se hacen aparte, hacemos pedidos para eventos familiares”.
Un emprendimiento que crece con amor y la confianza de los clientes
Durante las primeras semanas, como en todo nuevo emprendimiento, la venta no era mucha, Alfredo se apoyó en familiares y amigos que empezaron a comprarle tamales y él los llevaba a domicilio.
Pero el buen sabor de los tamales en hoja de plátano pronto ganó fama entre los vecinos que transitan todos los días por el lugar y así llegaron más clientes.
“Poco a poco se fue aclientando negocio y ahora ya no me da tiempo de llevar a domicilio, aquí me estoy hasta que se terminan”, asegura

Mientras atiende a sus clientes, Alfredo platica que es muy diferente su actividad actual a la que desarrolló durante muchos años en la empresa de dragados, pero ahora tiene la oportunidad de compartir con su esposa la satisfacción de este emprendimiento.
“Es una gran diferencia de mi trabajo de toda la vida, digo que contraste mira donde vine a terminar vendiendo tamales, pero es un negocio y un trabajo noble, parte del éxito o lo primordial es el buen sabor de la comida en este caso los tamales”, dice orgulloso.
Hoy, mientras el sol comienza a calentar la banqueta de la avenida Múnich, Alfredo ya no recuerda el sonido de las máquinas de dragado que marcaron su vida, sino el aroma de la masa cocinada a fuego lento con la sazón de María Beatriz.
Su historia trasciende la gastronomía; es un testimonio vivo de que la jubilación no es el punto final, sino el prólogo de una etapa donde la experiencia y el propósito cobran un nuevo sentido.
Al final de la jornada, cuando el último tamal se entrega y las hieleras quedan vacías, lo que realmente se ha compartido es algo mucho más grande: un puente entre sus raíces chiapanecas y veracruzanas y su hogar adoptivo en Mazatlán.

















