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Todos los días, alrededor de las 10 de la mañana, Misael Romero llega a la esquina de Ángel Flores y Rubí, afuera del Mercado Garmendia, con una caja llena de panecitos de elote recién preparados.
No necesita anuncios grandes ni un local propio. Los clientes ya saben dónde encontrarlo y, para muchos, comprarle un panecito es parte de la rutina de caminar por el centro de Culiacán.
Tiene 54 años y lleva aproximadamente 15 años vendiendo el mismo producto, un pan artesanal que se prepara en casa junto con su familia y que se ha convertido en el sustento del hogar.
Su historia no comenzó con un negocio planeado durante años, sino con una receta que su hermana encontró y con la decisión de intentar algo diferente.
“Mi hermana consiguió la receta y empezamos a hacerlo, y empezamos a emprender el negocio”, cuenta con sencillez.
Un emprendimiento familiar que perdura en el tiempo

Antes de dedicarse a vender panecitos de elote, Misael trabajaba en el propio mercado y en distintos oficios del centro de Culiacán. Conocía las calles, el movimiento de la ciudad y a muchas de las personas que hoy siguen saludándolo cuando pasan por su esquina.
El negocio es completamente familiar. En la casa participan sus hijas, su hermana y otros integrantes de la familia en la preparación de los panecitos. Cada uno tiene una tarea, y a Misael le toca la parte que él considera más difícil: salir todos los días a venderlos.
“Todos le metemos mano; a mí me toca corretearlo. Es lo más difícil”, dice entre risas.
Los panecitos se elaboran con elote, de manera artesanal y con especial cuidado en la higiene. Se venden a 30 pesos y Misael no duda cuando le preguntan si están buenos.
“Están bien ricos, bien deliciosos”, responde convencido.
La rutina diaria de Misael en el Mercado Garmendia

Cuando el sol se vuelve intenso, busca un poco de sombra en otra parte del centro, pero rara vez abandona esa zona. Su jornada transcurre entre clientes habituales, trabajadores, comerciantes, estudiantes y personas que descubren por primera vez el sabor de sus panecitos.
Lo que más disfruta no es solamente vender, sino saber que el producto es suyo, que nació del esfuerzo familiar y que ha logrado sostenerlos durante tantos años.
“Es satisfactorio. Me encanta venderlos”, afirma.
Aunque solo cursó la primaria y nunca tuvo grandes oportunidades de estudio, Misael encontró en este pequeño emprendimiento una forma digna de salir adelante. No habla de hacerse rico ni de expandir el negocio; habla de algo mucho más cercano: de que en su casa no falta lo básico.
“De aquí sobrevivimos. Gracias a Dios no nos falta nada”, dice.
La satisfacción de un trabajo honesto y artesanal

En una ciudad donde el centro cambia todos los días, hay historias que permanecen. La de Misael Romero es una de ellas: la de un hombre que convirtió una receta casera en un trabajo honesto, que todos los días instala su esquina de panecitos de elote y que, sin hacer ruido, ya forma parte del paisaje y de la memoria cotidiana del Mercado Garmendia.














