¿Quieres resumir esta nota?

Para Ti

Los pueblos y comunidades rurales son escenarios donde nacen historias de esfuerzo, sacrificio y perseverancia. Son lugares donde hombres y mujeres han aprendido que cada logro se consigue mediante el trabajo constante y donde las oportunidades, en muchas ocasiones, han tenido que construirse con las propias manos.

Entre esas historias destaca la de Guadalupe Rodríguez Corona, mejor conocido por todos como “Don Lupe el Raspalero”, un hombre que a sus 78 años continúa trabajando diariamente para obtener el sustento y mantenerse activo, recorriendo las calles de Cacalotán, una de las comunidades con mayor historia y tradición del municipio de Rosario, al sur de Sinaloa.

imagen recuadro

Montado en su triciclo, que se ha convertido en su principal herramienta de trabajo, Don Lupe sale cada día a ofrecer los raspados que lo han hecho conocido entre los habitantes del pueblo.

Su presencia forma parte ya del paisaje cotidiano de esta comunidad, donde niños, jóvenes y adultos lo identifican fácilmente mientras recorre calles y callejones ofreciendo una bebida refrescante que en temporada de calor es una de las favoritas de la población.

Su historia es también la de muchos hombres de su generación, quienes crecieron en una época donde las oportunidades de estudio y desarrollo profesional eran limitadas, obligándolos a aprender diversos oficios para ganarse la vida y sacar adelante a sus familias.

Una vida marcada por el trabajo en el campo

Antes de convertirse en raspalero, la vida de Don Lupe estuvo estrechamente ligada al trabajo agrícola.

Durante gran parte de su vida se desempeñó como jornalero, realizando labores propias del campo. Desde la limpieza de parcelas hasta otras actividades relacionadas con la producción agrícola, fueron parte de una rutina que comenzó desde su juventud y que se prolongó durante décadas.

Como muchos habitantes de las comunidades rurales, aprendió desde temprana edad que el trabajo era una necesidad y una responsabilidad. Las jornadas largas bajo el sol y el esfuerzo físico eran parte de la vida cotidiana.

Además de trabajar en el campo, Don Lupe encontró otra forma de generar ingresos mediante la elaboración y venta de escobas, actividad a la que se dedicó por más de 20 años.

Recuerda que durante mucho tiempo este oficio representó una importante fuente de ingresos para él y su familia. Sin embargo, con el paso de los años comenzaron a surgir dificultades, principalmente por la escasez de materiales necesarios para fabricarlas y la disminución en las ventas.

Ante ese panorama, tomó la decisión de dejar atrás aquella actividad y buscar nuevas alternativas para continuar trabajando.

El paso del tiempo también comenzó a reflejarse en su cuerpo. Después de décadas dedicadas a labores pesadas en el campo, el esfuerzo físico acumulado empezó a cobrar factura.

imagen recuadro

Fue entonces cuando, alrededor de los 60 años de edad, comprendió que necesitaba encontrar una actividad que le permitiera seguir generando ingresos sin someterse al desgaste que exigían las labores agrícolas.

El nacimiento de un raspadero por necesidad

La necesidad de mantenerse activo y obtener recursos económicos fue lo que impulsó a Don Lupe a iniciar una nueva etapa en su vida. Hace cerca de dos décadas decidió emprender con la venta de raspados, una actividad que hasta ese momento le era completamente desconocida.

Reconoce que cuando comenzó no sabía cómo elaborar las mieles o jarabes que dan sabor a los raspados. Sin embargo, lejos de desanimarse, decidió aprender por su cuenta. La curiosidad, el deseo de salir adelante y las ganas de trabajar fueron sus mejores maestros.

imagen recuadro

Poco a poco comenzó a experimentar con distintos ingredientes hasta encontrar las fórmulas que le permitieron crear los sabores que actualmente ofrece a sus clientes. Entre ellos destacan vainilla, piña, nanche, tamarindo, ciruela y otras variedades que con el tiempo fueron ganando aceptación entre los habitantes de Cacalotán.

Don Lupe recuerda que nadie le enseñó a preparar los jarabes. Todo lo aprendió mediante prueba y error, perfeccionando poco a poco cada receta. El verdadero examen, asegura, fue la opinión de la gente.

“Fue la misma gente la que dio el visto bueno. Empezaron a probar los raspados y las ventas fueron aumentando. Eso significaba que les gustaban


Gracias a la aceptación de los clientes, la actividad comenzó a consolidarse y poco a poco se convirtió en su principal fuente de ingresos.

Con el paso de los años, su triciclo y sus raspados se volvieron parte de la identidad de la comunidad. Hoy resulta difícil imaginar las calles de Cacalotán sin la presencia de Don Lupe recorriéndolas diariamente.

Más que un trabajo, una forma de vida

A pesar de su edad y de algunos problemas de salud que han surgido con el paso de los años, Don Lupe continúa desempeñando su labor con entusiasmo.

Hace aproximadamente dos años sufrió una afectación en uno de sus pies que le dificulta caminar con normalidad. Sin embargo, lejos de pensar en retirarse, decidió seguir adelante.

Afirma que mantenerse activo le ayuda tanto física como emocionalmente. Incluso considera que permanecer en casa le resulta más complicado, ya que la falta de movimiento provoca que sus pies se hinchen y que su cuerpo se entumezca.

Por ello, cada mañana toma su triciclo y sale a recorrer las calles de su pueblo.

“Cuando no trabajo me entumo, se me hinchan los pies. Por eso prefiero venirme a vender y aparte que hago ejercicio, gano unos pesos”


Disfruta conversar con sus clientes habituales, conocer gente nueva y compartir momentos que muchas veces terminan convirtiéndose en amistades. Además, valora la libertad que le brinda trabajar de manera independiente. No tiene horarios estrictos ni superiores que lo presionen, lo que le permite organizar sus jornadas de acuerdo con sus posibilidades.

Aunque reconoce que hay días en los que las ganancias son pocas, considera que la satisfacción personal y el trato con la gente compensan cualquier dificultad. 

La historia de Don Lupe es la de un hombre que nunca dejó de luchar por salir adelante y que encontró en la venta de raspados una forma de ganarse la vida sin perder el optimismo.

A sus 78 años sigue recorriendo las calles de Cacalotán con la misma disposición de trabajar, demostrando que la edad no es un límite cuando existe voluntad, esfuerzo y amor por lo que se hace.

Su triciclo continúa avanzando por las calles del viejo San Juan Cacalotán, llevando no solo raspados, sino también una lección de vida para quienes lo conocen.




Imagen 1
Lupe El Raspalero
Imagen 2
Él solo aprendió a preparar los jarabes
Imagen 3
Forma parte de la historia de Cacalotán
Imagen 4
Sus raspados sirven para mitigar el calor
Imagen 5
Día a día recorre las calles de este pueblo histórico
Preguntas y respuestas
Jesús López
Jesús López

Egresado de la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación de la Universidad Autónoma de Sinaloa. 

Más de diez años de experiencia como periodista, laborando para diversos medios de cobertura estatal, como corresponsal en la zona sur del Estado de Sinaloa. Y actualmente enfocado en el periodismo constructivo.

Ver más notas de Jesús López →