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En el corazón del Mercado Municipal de Costa Rica, la Frutería Lizárraga tiene 45 años escribiendo una historia de familia y trabajo honesto.
Yinia Uribe, actual encargada, cuenta con orgullo que el negocio nació vendiendo solo verduras, cuando su hermana Blanca Estela Uribe de Lizárraga y su cuñado, Refugio Lizárraga, conocido cariñosamente como "El Cuco", comenzaron a salir a vender a ejidos cercanos como Las Isabeles y San Rafael.

Se ganaron el cariño de la gente
Con el tiempo, la necesidad de los clientes los llevó a diversificar: sumaron abarrotes, cremería, granos como frijol, garbanzo y maíz, además de especias, chiles secos, orégano y frutos secos, hasta convertirse en el negocio surtido que hoy conocen sus clientes.
Detrás del mostrador hay tres generaciones de comerciantes: los abuelos, don Raúl Uribe Ibarra y doña “Tito”, como todo el pueblo la llamaba, sembraron una vocación que la familia lleva en la sangre.
Se cuenta que el abuelo, tras vender chicharrones, tomaba su banda musical y recorría las calles del pueblo. "El Cuco", recordado por su humildad y por ayudar a quien se lo pidiera, dejó también su huella.
El trabajo que se mantiene por generaciones
El negocio funciona de seis de la mañana a seis de la tarde, un horario que Yinia conoce bien: trabajó treinta años bajo ese mismo ritmo antes de asumir la gerencia hace dos años.

Hoy la rutina se reparte entre la familia: su hermana atiende por las mañanas, su sobrino se queda hasta las dos de la tarde y ella llega a media mañana para seguir al frente.
Yinia atiende con el mismo cariño a hijos y nietos de aquellos primeros clientes, una satisfacción que describe como "un orgullo enorme". Esa cercanía no se queda dentro del negocio: asegura que, al encontrarse en la calle, todo el pueblo la reconoce y la saluda por su apellido.
Con los demás locatarios del mercado dice mantener una relación de apoyo mutuo, casi familiar, aunque reconoce que:
ya somos muy pocos los que quedamos de hace muchos años".
Para ella, la fórmula es sencilla: buen precio, buena calidad y, sobre todo, buena atención, porque el mejor producto no sirve de nada sin un buen trato.

Consciente de que los negocios no atraviesan su mejor momento, Yinia lanza una invitación abierta, que la gente no olvide el mercado municipal, que lo visite y lo apoye, junto con las demás carnicerías, pollerías y cremerías que, como la suya, sostienen con esfuerzo diario esta tradición de generaciones.










