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El 17 de diciembre de 2018, casi a las diez de la noche, un joven de 19 años bajaba de un camión en una comunidad de Costa Rica, al sur de Culiacán, sin más equipaje que su historia.
Dos años antes, en El Salvador, su padre le había puesto en las manos 300 dólares que había estado ahorrando en secreto, junto con una frase que hoy sigue repitiendo palabra por palabra:
Prefiero que estés lejos, pero vivo y bien, que tenerte cerca y enterrado o encerrado."
Aquel día, José Wilfredo Ávalos Díaz entendió que no había marcha atrás. Hoy lo conocen como “William Barber”.

Sacrificios y decisiones que hoy dan frutos
Se fue por dos razones que pesan lo mismo: el hambre de salir adelante y violencia de pandillas que no dejaba respirar a su barrio. Tenía apenas 18 años cuando cruzó hacia Guatemala y después hacia México, con la bendición de una familia que prefirió arriesgarlo a perderlo en casa.
En Chiapas descargaba camiones de verdura de la una a las seis de la madrugada por 120 pesos, y de día lavaba autos a cambio de un rincón donde dormir sobre cartones.
Meses después, en un pueblo llamado Mapastepec, le dijo una mentira a un barbero viejito: que sabía cortar cabello. Nunca lo había hecho. Esa misma tarde tomó las tijeras, y esa mentira terminó siendo el oficio de su vida.
Me enamoré de este trabajo", cuenta.
De ahí siguió a Celaya, Guanajuato, disfrazado de hijo de un conocido para cruzar retenes, y meses más tarde subió a un tren de carga. Casi cuatro semanas viajando así, escondiéndose de redadas, pidiendo monedas en los pueblos donde el tren se detenía, hasta llegar a Costa Rica, al sur de Culiacán.

Tocó muchas puertas
La casa que lo recibió se llenó de familia en temporada navideña y él empezó a sentirse de más. Salió a buscar trabajo y tocó varias puertas, hasta que una mujer de oficio estilista, de nombre Vero Villalobos y su madre, doña Lupita, le dieron una silla en su estética.
Ahí dejó de cobrar quince pesos por corte y empezó a ganar hasta 700 pesos diarios. Aguantó siete meses, ahorró y, antes de irse, dejó preparadas a dos personas.
Con ese dinero probó el sueño americano: San Diego, un taller de carrocería, el primer envío de dinero a su familia. Tres meses después lo detuvo migración a la salida de un centro comercial. Le ofrecieron pelear su caso o la deportación, pero sin familiares que lo respaldaran, no había mucho que pelear.
Volvió a El Salvador sintiendo que llegaba con las manos vacías después de casi tres años, y en vez de ir a su casa, usó sus boletos de regreso para volver a México.
Una nueva oportunidad
En ese segundo intento trajo a sus dos hermanos. Una institución cristiana los ayudó a regularizarse y los tres obtuvieron residencia permanente. Con los papeles en la mano, lo primero que pensó fue intentarlo de nuevo hacia Estados Unidos. Lo que lo hizo quedarse fue la hoy madre de su hija de cinco años.
De vuelta, encontró la estética convertida en farmacia. Empezó otra vez, en su propio cuarto rentado: un espejo de baño, una silla de plástico y dos máquinas compradas con dinero que le prestó un amigo, “Paco”.
Su publicidad fue su propia voz en la calle, ofreciendo cortes a curiosos que se acercaban por su acento.

El boca en boca hizo el resto. Ahorró durante un año completo, contando el dinero bajo el colchón hasta tres veces por semana, porque sin papeles no había banco que le abriera una cuenta. Cuando reunió una cantidad importante, rentó un local más grande.
Resiliencia y sacrificios para lograr el éxito
Hoy tiene tres negocios: una barbería de alta gama, un salón infantil llamado Pelukids que inauguró a finales de agosto, y una peluquería “de barrio” con cortes desde 100 pesos, donde forma a aprendices que aún no pueden pagar un local propio.
Se define como capacitador y docente en su oficio, alguien que cortó cabello durante años sin un solo curso encima, hasta que la competencia en Sinaloa lo empujó a prepararse en serio.
En el camino hubo otros nombres que él no deja pasar por alto: don Ponce, el dueño de una carnicería que, al ver que él y sus hermanos solo compraban frijoles y queso para sobrevivir, empezó a regalarles la mercancía sin cobrarles, "de corazón", según contó William.
Habla de su niñez descalzo, sin dinero ni para un corte de cabello, y de una idea que quiere romper para siempre.
Vengo de una familia muy pobre, extremadamente pobre. Yo creo que soy el único de mi familia que ha roto esa inercia de la pobreza y que así somos porque Dios así nos quiere tener."
Su receta para salir adelante la resume en tres pasos: poner a Dios primero, después la disciplina, y por último el carácter para sostenerse cuando las cosas se ponen difíciles.
Sueña con franquiciar el negocio si alguien confía capital en su nombre; mientras tanto, sigue firme en lo único que ya no está dispuesto a negociar: "El retroceder no es una opción."














