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Patricia Astorga Díaz, una mujer que transformó los momentos difíciles en una oportunidad para salir adelante junto con sus hijos en Mazatlán.
Propietaria del restaurante La Güera y la Morena, Patricia lleva 18 años vinculada al mercado Flores Magón. Su negocio, que comenzó con un giro completamente distinto, es hoy un espacio reconocido por sus desayunos, birria, gorditas, quesadillas, enchiladas y otros platillos de sabor casero.
Su camino no ha sido sencillo. Sin embargo, la constancia, la capacidad de adaptarse y el deseo de ofrecer un mejor futuro a su familia le permitieron construir un emprendimiento que actualmente representa su principal fuente de ingresos y una parte importante de su vida. 
De la ropa y las novedades a la comida casera
Patricia llegó al mercado en 2008, cuando todavía se encontraba en el antiguo inmueble. En aquel momento tenía un negocio de ropa y novedades, un giro que mantuvo durante los primeros años, incluso después de la construcción del nuevo mercado en 2014.
La venta, sin embargo, comenzó a complicarse. La poca circulación de efectivo y la competencia de las tiendas departamentales, donde los clientes podían comprar a crédito, afectaban directamente sus ingresos.
“Muchas veces no daba ni para pagarle a la empleada”, recuerda Patricia al describir aquella etapa.
La inquietud por buscar una alternativa creció cuando una de sus empleadas le sugirió cambiar el giro hacia los alimentos y conseguir un local ubicado en la parte frontal del mercado, cerca de la entrada principal. Patricia decidió analizar la posibilidad y encontró una oportunidad para comenzar de nuevo. 
Para entonces, su vida personal también exigía grandes decisiones. Había enviudado en 2008, cuando tenía apenas 26 años, y era madre de un hijo. Más adelante nacieron sus dos hijas, quienes actualmente tienen 11 y 12 años.
Además de ser madre de tres hijos, Patricia era arquitecta de profesión y trabajaba en el área de construcción de Pastelerías Panamá. La responsabilidad de atender un empleo, administrar un negocio y cuidar a su familia la llevó a replantear sus prioridades.
“Yo me sentía muy presionada de estar en el trabajo en la oficina y pendiente del negocio y ya con tres hijos”, relata.
El restaurante comenzó con recursos muy limitados. Patricia llevó desde su casa el refrigerador, la estufa y las cazuelas. Con el apoyo de un par de señoras, empezó a preparar alimentos para los clientes del mercado.
Al principio, la operación era pequeña, pero poco a poco aumentaron las ventas. Administrar el restaurante a distancia se volvió cada vez más complicado, por lo que Patricia tomó una decisión determinante: dejar su empleo y dedicarse por completo al emprendimiento.
Un negocio que creció con sacrificios
El nombre del restaurante nació de una razón profundamente familiar. Patricia decidió llamarlo La Güera y la Morena en honor a sus dos hijas: una de ellas es güerita y la otra morenita.
Mientras el restaurante comenzaba a consolidarse, Patricia también transformó el antiguo negocio de ropa y novedades en un espacio para vender jugos y licuados. En ese local se preparaban las bebidas, mientras que en el restaurante se elaboraban los alimentos. 
También incursionó en el giro de papelería, aprovechando el programa de útiles escolares del Gobierno del Estado. Aunque la iniciativa representó una forma de apoyar a la comunidad, era un negocio de temporada y resultaba complicado mantenerlo durante todo el año. Finalmente, decidió traspasar ese local y concentrarse en el restaurante.
El crecimiento de La Güera y la Morena fue gradual. Patricia reinvirtió las ganancias en utensilios, equipo y mejoras para el establecimiento. En ocasiones, el dinero que obtenía diariamente apenas alcanzaba para alimentar a sus hijos, pagar a los empleados y volver a surtir el negocio.
“Contra viento y marea hemos resistido los 18 años”, afirma.
Con el paso del tiempo, el espacio de un solo local resultó insuficiente. Patricia buscó la manera de ampliar el restaurante y aceptó nuevos retos financieros. Recurrió a préstamos y ahorros para invertir en otros locales que le permitieran atender a más personas.
“El negocio de alimentos es muy noble, todos podemos dejar de hacer cualquier cosa menos dejar de comer”, señala.
Esa convicción la impulsó a continuar. Para Patricia, ofrecer comida no solo significa vender un producto, sino brindar un servicio necesario para las familias de la zona. Por eso busca mantener precios accesibles sin descuidar la calidad de los platillos.
Sabor tradicional y compromiso con la comunidad
La respuesta de los habitantes de la colonia Flores Magón ha sido fundamental para la permanencia del restaurante. Patricia recuerda que, durante los primeros años, trabajaban prácticamente sin descanso.
“Al principio trabajamos los siete días de la semana, los 365 días del año, sin descanso”, cuenta.
Con el tiempo, logró organizar mejor las actividades y estableció el miércoles como día de descanso. Actualmente, La Güera y la Morena abre de lunes a viernes de 6:00 de la mañana a 3:00 de la tarde. Los domingos atiende de 5:00 de la mañana a 2:00 de la tarde. 
El menú está pensado para distintos gustos y posibilidades económicas. Por las mañanas ofrece huevos al gusto y chilaquiles. También prepara guisados como bistec ranchero, hígado encebollado, machaca y marlín, además de gorditas rellenas, quesadillas, tortas y birria todos los días.
Entre las opciones también se encuentran tostadas, enchiladas y otros platillos tradicionales. Uno de los elementos que distingue al restaurante son las tortillas hechas a mano y la preparación de recetas inspiradas en la cocina de las abuelas.
“Las comidas tradicionales de la abuela aquí las preparamos”, dice Patricia.
Aunque al restaurante llegan personas de otros sectores de Mazatlán, la mayoría de sus clientes pertenece a la comunidad cercana. Por ello, Patricia considera indispensable conocer las necesidades de quienes viven y trabajan en los alrededores.
“Uno se tiene que adaptar también al bolsillo de la gente de los alrededores y servir platillos de calidad”, explica.
Su objetivo es que los clientes encuentren un lugar cómodo, accesible y familiar, donde puedan sentarse a comer y recibir una atención cercana.
“Estamos tratando de darle buen servicio al cliente y tenemos el enfoque de atender a la gente de la comunidad en un espacio donde puedan venir a consumir sus alimentos a gusto, sentados y bien atendidos”, comenta.
A casi dos décadas de haber llegado al mercado, Patricia reconoce que el proceso ha sido largo, exigente y lleno de sacrificios. No obstante, también lo considera satisfactorio, porque el emprendimiento le permitió mantener a su familia, acompañar a sus hijos y recuperar poco a poco una mayor estabilidad.
La Güera y la Morena es el resultado de 18 años de trabajo constante, pero también el reflejo de una mujer que supo adaptarse, aprender y avanzar.
















