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Edgar N. tiene 37 años y hoy su vida está llena de cosas que durante mucho tiempo parecían lejanas.
Es artista visual, realiza murales, graffiti y tatuajes; además, desde hace 18 años es DJ y tiene un negocio de sonido para fiestas y celebraciones. Terminó una carrera universitaria, ha ocupado puestos de responsabilidad y, sobre todo, volvió a acercarse a su familia.
Pero hubo un tiempo en que todo eso parecía perderse.
Edgar comenzó a tener contacto con sustancias desde muy pequeño. Con los años, el consumo fue creciendo hasta convertirse en el centro de su vida. Perdió estudios, trabajos, relaciones, amistades y oportunidades. También pasó por momentos en los que su salud estuvo seriamente comprometida.
“Perdí más que nada mi tiempo, mucho, mucho tiempo, mis mejores años”, recuerda y comparte con una voz cargada de reflexión.
Una vida entre luz y sombra

Durante años llevó una doble vida. Por un lado estudiaba, trabajaba y participaba en proyectos culturales; por otro, la adicción avanzaba.
Hasta que llegó un momento en que se quedó prácticamente solo y tuvo que reconocer algo que durante mucho tiempo se había negado a aceptar: necesitaba ayuda.
Tenía 29 años cuando llegó a Narcóticos Anónimos.
Su primer acercamiento ocurrió gracias a su abuela, quien conocía el programa porque durante años había acudido a grupos de apoyo para familiares de personas con adicción.
Edgar llegó a una reunión, conoció a otras personas que habían pasado por experiencias similares y encontró algo que no esperaba: identificación.
“Todos venimos del mismo lugar, pero no de un lugar geográfico, sino del dolor, de la culpa, de la vergüenza”, explica para Tus Buenas Noticias.
Narcóticos Anónimos es una confraternidad sin fines de lucro formada por personas que reconocen que las drogas se convirtieron en un problema en sus vidas y que buscan mantenerse limpias mediante el apoyo mutuo.
Su principio es sencillo: una persona que ha vivido la adicción puede comprender de una manera particular a otra que está atravesando una situación similar.
Una red de apoyo para alejarse de las adicciones

En Culiacán existen varios grupos que forman parte del área Sinaloa Centro. Las reuniones son gratuitas y no se requiere pagar, presentar identificaciones ni llevar testigos. El único requisito señalado por Edgar es tener el deseo de dejar de consumir.
La comunidad funciona también como una red de apoyo. Si un miembro viaja a otra ciudad, puede buscar una reunión y encontrar personas dispuestas a recibirlo.
“Es una red de apoyo bien grande”, cuenta Edgar. “Cuando nos vemos, es como ver a un amigo”, menciona con honra.
Y esa compañía ha sido parte importante de su propia recuperación.
Edgar lleva ocho años sin consumir.
Dice que recuperó su salud, su sueño, su relación con su familia y el tiempo que antes destinaba a conseguir y consumir sustancias. También reconstruyó su relación de pareja, terminó una carrera y volvió a desarrollar proyectos personales y profesionales.
Ahora parte de ese tiempo lo dedica a ayudar a otras personas que llegan buscando una oportunidad para cambiar.
Sí es posible empezar de nuevo

Edgar se sigue considerando una persona en recuperación y entiende que su historia no significa que la adicción haya desaparecido. Para él, mantenerse limpio implica continuar trabajando en su vida y permanecer cerca de la comunidad que lo ayudó a levantarse.
Por eso, cuando habla de Narcóticos Anónimos, no lo hace como alguien que tiene todas las respuestas.
Habla como alguien que alguna vez necesitó que otra persona le dijera: sí es posible empezar de nuevo.
Para quien enfrenta un problema con sustancias, Edgar quiere dejar algo claro: no tiene que llegar con dinero, documentos ni una historia perfecta.
Puede simplemente acercarse.
“Lo único que pedimos es que tenga el deseo de dejar de consumir”, explica.
En Culiacán existen grupos de Narcóticos Anónimos en distintos sectores de la ciudad y las personas pueden consultar sus horarios y ubicaciones a través de su línea de ayuda al 6676276336 o en la página narcoticosanonimos.org.
La historia de Edgar no borra lo que vivió. Tampoco pretende hacerlo.
Su valor está precisamente en mostrar lo que vino después.
Aquel joven que comenzó consumiendo para integrarse a un grupo terminó aislado de casi todo lo que quería. Años después, encontró otro grupo que le enseñó una manera diferente de relacionarse, de pedir ayuda y de acompañar a otros.
Hoy, entre pinturas, música, tatuajes y proyectos, Edgar también lleva consigo una responsabilidad que considera importante: estar disponible para quien llegue buscando ayuda.
Porque él sabe lo que significa cruzar esa puerta por primera vez.
Y también sabe que, del otro lado, puede haber una nueva vida.















