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La señora Isabel Ríos Beltrán tiene la costumbre de contar su vida como quien amasa barro: con las manos, con paciencia, sin prisas, dejando que cada parte encuentre su forma antes de pasar a la siguiente.
Habla de Quilá, la sindicatura donde nació y donde ha vivido sus 36 años de matrimonio con Lorenzo Sánchez Sáinz, heredero de una familia que lleva seis generaciones trabajando el barro.
Cimientos de una historia que se sigue escribiendo
Todo comenzó, dice ella, mucho antes de que aprendiera a moldear una sola pieza. Empezó levantándose a las tres de la mañana, envuelta en una cobija, "muriéndome de frío", solo para acompañar a su suegro mientras él hacía teja.

Le llevaba café, después atole, y se sentaba a su lado sin más oficio que el de estar presente. "Nada más lo veía", recuerda.
"Ahí me enredaba con una cobija en la silla... arrimándole las tablas, el polvo y las cosas que él ocupaba."
La curiosidad terminó por vencerla. Un día, cansada de solo mirar, tomó un pedazo de barro e intentó por su cuenta, sin éxito. Su suegro lo notó. "¿Sabes qué? ¿Quieres aprender?", le preguntó.
Isabel dijo que sí, y así comenzó una enseñanza que empezaría con un molde sencillo y terminaría, con los años, en algo mucho más exigente: aprender a trabajar el barro completamente a mano, sin ayuda de moldes. "No puedo, don güero", le decía ella cada vez que una pieza se le deshacía entre los dedos.
Él insistía: "Sí puedes." Y ella terminó por creerle.
La primera pieza vive en su memoria
Su primera pieza fue una bandejita. Vino después un pescado, y luego, figura tras figura, un catálogo entero de animales para nacimiento como palomas, venados, burritos. Todo hecho a mano, sin moldes, con esa técnica que ella misma describe como la más difícil de dominar.
Tardó apenas un año en aprender lo esencial, aunque calcula que perfeccionó el oficio a lo largo de casi 25 años.
El primer pago que recibió por su trabajo llegó de una comadre de la familia, que le compró varias figuras por 50 pesos. Isabel recuerda haber protestado: "¿Cómo le van a gustar? Le dije, si están bien feas." La respuesta de la clienta quedó grabada en ella… Le gustaban justamente porque parecían antiguas.
"Ya ves, mira qué bonito se siente ganar dinero, ¿verdad?."
Mostrar su arte a todos
Con el tiempo llegaron las verbenas, donde exhibía sus piezas sin cobrar directamente y la gente, conmovida, dejaba monedas junto a las figuras. Fue entonces cuando su suegro le confesó algo que ella guarda como uno de sus recuerdos más entrañables.
"Me siento orgulloso de ti, porque ninguno de mis hijos quiso este oficio, y a ti sí te gustó."
Llegaron también las invitaciones para dar clases de barro a niños de kínder durante los veranos, en Quilá y en comunidades cercanas como El Sauz, La Loma o Tierra y Libertad.
Cada agosto, la contratan para trabajar con hasta 37 niños, a quienes enseña a moldear tortugas, culebras y cualquier otra figura que su imaginación les proponga. "Les digo, imagínense que están en el kínder jugando con plastilina y ya empiezan."

El alcance de su trabajo ha cruzado fronteras, ya que piezas hechas en su taller familiar han llegado a Tijuana, a La Paz y hasta Estados Unidos, además de surtir de manera constante los mercados de Culiacán, donde entregan ollas, cazuelas y platos por pedidos de hasta cien piezas.
Lo que hay detrás de cada escultura
Detrás de cada objeto hay un proceso que exige, sobre todo, paciencia. La elaboración de la pieza, el secado, el acabado y, finalmente, el horno, que se enciende a las tres de la madrugada y arde hasta el amanecer antes de poder descargar la cerámica ya cocida, un día después.
Isabel explica con orgullo que ellos nunca venden macetas pintadas antes de cocerlas, un truco que en la región usan quienes buscan disimular piezas mal quemadas.
"Nosotros vendemos lo natural para que la gente sepa que la artesanía es natural, no está pintada."
Incluso el barro tiene su propio calendario, ligado a los ciclos de la luna. "Depende de las lunas", explica, porque trabajar en el momento equivocado significa que el material "se echa a perder", se quiebra, no sirve. Conseguirlo, además, se ha vuelto cada vez más difícil.
Guardianes de una tradición
Lorenzo confirmó lo que Isabel había contado: la familia es originaria de Concordia, donde generaciones enteras se dedicaron al barro, la carpintería y la música.

Él representa la sexta generación de artesanos. Uno de sus hijos continúa el oficio junto a ellos, aunque reconoce que el trabajo es exigente y solitario, y que probablemente la tradición familiar no se extenderá mucho más allá.
Aun así, mientras haya barro, ciclos de la luna y paciencia, en este taller de Quilá seguirá encendiéndose un horno a las tres de la madrugada, y alguien seguirá ahí, como hace seis generaciones, esperando a que el fuego haga su trabajo con estas obras hechas a mano.














