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Una fiesta de quince años cuesta hoy decenas de miles de pesos. La de Guadalupe Ayala costó 20 centavos, no tuvo invitados y es la que su familia más celebra.
“Lupe” tiene hoy 83 años, y su familia todavía le pide que la cuente. Entre aquella tarde y hoy hay una vida de trabajo que cabe en una puerta de tres tablas con un gancho por dentro: la del estanquillo donde sacó adelante a sus seis hijos.

Hija del ingenio
Nació el 28 de febrero de 1943 en las cuarterías de los obreros del ingenio de Eldorado. Su abuelo, José Ayala, fue el primer “maistro” del departamento de hojalatería; su papá, el segundo. Él no pasó de la primaria, pero tenía buena letra y un talento para las medidas que los patrones admiraban.
Los hijos de los trabajadores no podían entrar a la fábrica, y por alguna razón a ella y sus hermanos sí se le permitía, y ”Lupe” recuerda subir la escalera hasta donde su papá hacía los botes de hojalata para el alcohol.
El abuelo era el otro pilar familiar, sembraba, prestaba a quienes tenían tierra y guardaba las cosechas en su casa; y “Lupe”, siendo una niña aún, brincaba entre costales de maíz y frijol.

Si se rompían los huaraches, su abuelo mandaba comprar otros. Si no había comida, ella corría a pedírsela. La pobreza era general en la región, pero en su casa nunca supieron lo que era el hambre.
Una casa a los doce años
Su mamá, casada desde los quince años, enfermó tras el parto de la hija menor y murió a los 35 años. Su papá la sacó de la escuela a los doce para que se hiciera cargo del hogar y de sus hermanas, Angelita y Jesús Aurelia.
Él tenía sus vicios y a veces pasaba el fin de semana fuera, pero mandaba dinero con un compañero de trabajo para que no faltara la comida. Su hermano Jesús Reyes, con beca del ingenio, estudió en el internado y más tarde en México, donde se hizo licenciado.

Quince años
Llegaron los quince años de Guadalupe, en aquel tiempo poco se celebraban, la fecha pasaba de noche. Su mamá no quiso que pasara así. Le mandó hacer un vestido rosa y la mandó a la iglesia a dar gracias a Dios por haber llegado a esa edad. Le dio veinte centavos para la limosna.
“Lupe” fue a misa estrenando vestido, pero a la hora de las donaciones, y luego de pensarlo mucho, se levantó, cruzó la plaza frente a la iglesia de Eldorado y siguió hasta el centro. Con la lógica de quien no tenía nada, pensó que no iba a dejar en la canasta lo único que llevaba.
En esa esquina estaba la única chocomilería de Eldorado. Entró, pidió un chocomil y una rebanada de pastel, lo que era considerado como un lujo en esos años, y todavía, de aquellos centavos que le regaló su madre, le alcanzó para poner una canción en la rocola.

Se sentó con su vestido rosa a tomar su chocolate, comer y oír la música. En ese breve instante, la niña que cuidaba una casa entera no tuvo que cuidar nada. No recuerda qué canción sonó, pero lo demás lo cuenta como si fuera ayer.
“Me quedé tan satisfecha como si me hubieran hecho un fiestón”, dice.
Volvió a casa, y su mamá le preguntó si había dado gracias a Dios y si había dado la limosna. Sí a las dos, respondió. Hasta el día de hoy, ella y su familia aseguran que no cometió ningún pecado.
“Dios tuvo que haber entendido, nadie le hizo fiesta, así que se la hizo ella”, sostienen.
Una promesa
Antes de casarse a sus 20 años e irse al Ejido San Manuel, a unos kilómetros de Eldorado, Lupe les hizo una promesa a sus hermanas, quienes lloraron su partida porque se quedarían al cuidado de su papá, quien no siempre estaba al pendiente de ellas.
“Yo me voy a casar, porque casada yo voy a hacer algo por ustedes”, les dijo, y les cumplió.
Cuando la hermana menor enfermó se la llevó, la curó, dice, con manzanas asadas y visitas al doctor, y la niña ya no quiso regresar. Después se quedó también la otra. Una tía, a quien llama su segunda mamá, la acompañó siempre, incluso cuando los hijos de “Lupe” enfermaban y había que cuidarlos.
El estanquillo
Su esposo, a quien también apodaban Lupe por compartir el mismo nombre, bebía y poco llevaba dinero a casa, así que ella fue con su papá y le pidió prestado para poner una tienda. Él aceptó el trato que ella claramente le propuso, si algún día se lo devolvía, bien, si no, también.
El estanquillo, recuerda con añoranza, no era más que un cuarto de tres metros de largo por tres metros de ancho, y con una puerta de tres tablas la cual cerraba con un gancho por dentro, porque no tenía candado.
Empezó vendiendo un poco de todo y fue creciendo. Surtía dulces en Culiacán, repartía tortillas por el ejido en una camioneta Datsun, vendía gas y, los fines de semana, carne. A las cuatro de la mañana ya había gente formada con sus pedidos apartados. Fiaba de una semana a otra y todos le pagaban.
Recuerda junto a su familia que empacaba el arroz y el frijol que ella surtía a granel, en cuadritos de papel doblados con un estilo de sobres y también hacía conos de papel para así poder vender las galletas de animalitos.

“Fue una bendición tan grande esa tienda”, dice.
De ahí comieron sus hijos y ahí aprendieron a trabajar. Sus hijos no tuvieron los lujos que tal vez habrían querido, pero tampoco hambre y aquel negocio se sostuvo unos 48 años, hasta que el cuerpo ya no resistió estar de pie y cargar cosas pesadas.
Lo que quedó
Hoy, "Lupe" Ayala vive, como lo es desde hace 63 años en un solar amplio del Ejido San Manuel, en donde hay sembrados arboles de lichis, mangos, aguacates y guanábanas, y un arrayán que, según compartió a Tus Buenas Noticias, le gusta mucho.

Es madre de seis hijas e hijos, abuela de catorce nietos y también está orgullosa de ser bisabuela. Su familia se turna para acompañarla, y en el pueblo ya la ubican por la casa de los gallos. Cuando mira atrás, lo que sale de su boca es gratitud.
“Gracias, Padre Dios, porque me diste cuando yo más lo necesité”, dice.
Aquella puerta de tablas y la caja de hojalata que tenía para guardar el dinero del estanquillo que por más de 4 décadas fue el sustento de los sunyos, todavía se conserva en la familia, y la historia de los quince años y los veinte centavos sigue llenando de emoción a quien la escucha.









