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Leyva Solano, Guasave, Sin.- Antes de las calles, los comercios, las escuelas y las casas que hoy forman Gabriel Leyva Solano, en este territorio existió un campamento ligado a una de las grandes transformaciones agrícolas del norte de Sinaloa.

Se llamaba Jorge Larrea y estaba relacionado con los trabajos de canalización de las aguas que venían de las presas del río Fuerte para llevarlas hacia las tierras que comenzaron a convertirse en una de las zonas agrícolas más productivas de la región.

A través de esta actividad fueron llegando trabajadores y familias. Fue así como, en medio de este movimiento, comenzó la construcción de una comunidad.

En 1959, lo que hasta entonces había sido principalmente un espacio de trabajo se convirtió en un lugar para vivir. Varias familias que no tenían dónde establecerse encontraron en estos terrenos la posibilidad de formar un hogar y echar raíces. Así comenzó la historia de Gabriel Leyva Solano.

Una comunidad que nació de la necesidad

La investigación de Erika Montoya Zavala, publicada en 2008 por el Colegio de Sinaloa bajo el título “Remesas, género e inversión productiva”, documenta parte de la historia y evolución de esta localidad.

Los primeros años estuvieron marcados por la llegada de familias que fueron ocupando y transformando el espacio disponible. El asentamiento creció y, con él, apareció la necesidad de contar con servicios, organización y una estructura comunitaria que le diera identidad. Fue también en esa etapa cuando llegó el nombre de Gabriel Leyva Solano, en honor al revolucionario sinaloense y precursor de la Revolución Mexicana, una figura que se convertiría en parte de la identidad de una comunidad que apenas comenzaba a escribir su propia historia.

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Las primeras familias que construyeron el pueblo

Lo que siguió fue un proceso de crecimiento que no respondió únicamente a las decisiones de las autoridades. También se construyó desde abajo: con las familias que levantaron sus viviendas y vecinos que aportaron trabajo e incluso pusieron de su bolsillo para resolver las necesidades del pueblo.

La historia de esos primeros años también permanece en la memoria de quienes todavía pueden contar cómo era aquel lugar cuando las calles eran distintas y todos se conocían, unidos por la ilusión de formar el pueblo que vería nacer y crecer a sus descendientes. Uno de ellos es Florentino García Meléndrez.

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Don Florentino, la memoria que todavía camina por el pueblo

A sus 76 años, a don Florentino le encanta platicar sobre su comisaría, como si se tratara de su propia vida, porque la realidad es que ambas historias prácticamente crecieron juntas.

Junto con Luis Fuentes Cabrera, es considerado uno de los habitantes que pueden contar parte de los capítulos de la comunidad. Su memoria conserva nombres, acontecimientos y escenas de un pueblo que, con el paso de las décadas, dejó de ser pequeño.

En su acercamiento con Tus Buenas Noticias, recordó que la carretera México 15 representó un cambio importante para la comunicación. También conserva en su memoria el proceso de construcción de espacios que después se convertirían en puntos de encuentro para los habitantes, como la plazuela de la comisaría.

Su mamá fue una de las mujeres que se dedicaban a gestionar apoyos, organizaba actividades para recaudar fondos y buscaba que todos esos esfuerzos se convirtieran en obras para beneficio colectivo. Su papá también tuvo participación en la organización local y ocupó cargos relacionados con la administración y representatividad de la población.

El pueblo creció tanto que llegó un momento en que ya no podía conocer personalmente a sus habitantes, pero él sí sigue siendo conocido por buena parte de ellos. Su amor por el pueblo, que junto con él nació y creció, lo lleva a afirmar: 

“Aquí me voy a morir. Pues soy de aquí”.


Esta no es solo una frase. Es la forma en la que un hombre resume más de siete décadas de pertenencia a un lugar que vio transformarse frente a sus ojos.

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Del “Leyva viejo” al “Leyva nuevo”

El crecimiento de Gabriel Leyva Solano también puede leerse en sus propias calles. El asentamiento original es identificado actualmente como el “Leyva viejo”, ubicado en la zona de la calle Nueve o Constitución.

Con los años, la comunidad comenzó a extenderse hacia la zona del dren. Ahí tomó fuerza otra dinámica: la actividad comercial y el crecimiento de viviendas dieron paso al llamado “Leyva nuevo”.

La localidad siguió expandiéndose hasta convertirse en una de las comunidades de mayor extensión territorial de Guasave.

Su crecimiento también estuvo acompañado por la integración y relación con otras comunidades y asentamientos de la zona, entre ellos El Tajito, Ejido Campo Figueroa, Colonia 24 de Febrero, Colonia 88, Colonia 10 de Abril y Ejido Graciano Sánchez.

Aquel espacio que alguna vez giró alrededor de un campamento canalero terminó convertido en un centro de actividad social, comercial y agrícola. El agua abrió el camino; la agricultura sostuvo el crecimiento.

El origen de Gabriel Leyva Solano está profundamente relacionado con el agua

Los canales que dieron sentido al antiguo campamento Jorge Larrea formaron parte de una transformación que permitió incorporar nuevas tierras a la actividad agrícola.

Décadas después, la agricultura continúa siendo uno de los principales motores económicos de la comunidad.

Tomate, chile, cebolla, tomatillo, maíz y frijol forman parte de una actividad que genera empleo tanto para habitantes de la localidad como para trabajadores que llegan temporalmente desde otros estados.

Durante las temporadas agrícolas, trabajadores procedentes de lugares como Guerrero, Chihuahua y Oaxaca llegan a la región para incorporarse a las labores del campo.

Así, la historia de Gabriel Leyva Solano también es una historia de movilidad: personas que llegaron buscando un lugar donde vivir, familias que construyeron ahí su futuro y trabajadores que cada temporada encuentran en estas tierras una fuente de empleo.

Más que una fecha, 1959 es el comienzo de una historia

Gabriel Leyva Solano cumple más de seis décadas de historia. Su origen puede ubicarse en una fecha: 1959, pero su verdadera historia no cabe en un solo año. Está en quienes llegaron primero, en las familias que levantaron sus casas, en quienes gestionaron escuelas y servicios, en los trabajadores del campo, en los comerciantes y en las generaciones que nacieron después.

Está también en personas como don Florentino, cuya memoria permite reconstruir un pueblo que ya cambió tanto que resulta difícil imaginar cómo era en sus primeros años.

De aquel campamento Jorge Larrea queda mucho más que un recuerdo. Queda una comunidad. Una comunidad que nació de la necesidad de encontrar un hogar, que creció alrededor del agua y la agricultura y que, más de 60 años después, continúa construyendo su historia con el mismo elemento que estuvo presente desde el principio: la gente que decidió quedarse, trabajar y hacer pueblo.


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Alma Camacho
Alma Camacho

Licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Autónoma de Occidente. Con más de 13 años de trayectoria en el ejercicio periodístico. Ha generado contenidos informativos para diversas plataformas digitales y colaborado en medios de comunicación de alcance local, estatal y nacional. Experiencia en coberturas de información general, política y social. Actualmente está enfocada en el periodismo constructivo.

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