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El aroma de los chicharrones recién hechos ha acompañado durante décadas las mañanas de Escuinapa.

Detrás de ese sabor que forma parte de la tradición gastronómica local se encuentra Felipe Raygoza Tirado, mejor conocido como “Chitomba”, un hombre que durante 58 años ha dedicado su vida al oficio de chicharronero, actividad que aprendió siendo apenas un niño y que hoy continúa realizando por amor a una herencia familiar que se niega a desaparecer.

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A sus 68 años de edad, Felipe recuerda con orgullo que prácticamente toda su vida ha estado ligada a las cazuelas, la manteca caliente y el trabajo constante. Con una sonrisa, asegura que son casi seis décadas de experiencia las que respaldan su trayectoria.

“Cincuenta y ocho años me respaldan”


Los primeros pasos entre cazuelas y tradición

Fue en el seno de su familia donde Felipe conoció los secretos del oficio. Su padre, Rosendo “Chendo” Raygoza, y su madre, Francisca Tirado, conocida cariñosamente como “La Chica”, fueron parte fundamental de su formación.

Sin embargo, también reconoce la influencia que tuvieron otros integrantes de la familia, quienes contribuyeron a enseñarle las técnicas necesarias para desempeñar esta actividad.

“Desde los nueve años me empezaron a enseñar, mi tía Juana Raygoza y sus hijos Natividad y Marcos. Ellos me enseñaron a freír chicharrones y hacer chorizo y rellena”



Con el paso de los años fue adquiriendo mayor experiencia. Mientras algunos de sus hermanos se encargaban del sacrificio de los cerdos, él aprendía el proceso de preparación y cocción de los productos.

“También aprendí con mis hermanos Toño, Dámaso y Pedro. Ellos sacrificaban los cerdos y yo, teniendo ya diez años, me llevaban a freír, a otro hermano y a mí”.


Aquellas jornadas de aprendizaje no solo le enseñaron un oficio, sino que sembraron en él una pasión que lo acompañaría durante toda su vida.

A los 15 años, cuando todavía era un adolescente, tomó la decisión de independizarse y comenzar a trabajar por su propia cuenta, poniendo en práctica todo lo aprendido durante la infancia.

Una vida de sacrificio y trabajo constante

Después de varios años desempeñando el oficio, Felipe decidió buscar nuevas oportunidades y emigró a Estados Unidos, donde permaneció durante aproximadamente ocho años.

Sin embargo, la distancia no logró borrar el vínculo que mantenía con la actividad que había marcado su vida desde niño. Al regresar a Escuinapa retomó el negocio familiar y comenzó una nueva etapa, ahora con la responsabilidad de formar una familia propia.

“Al llegar de Estados Unidos, puse el negocio y me casé y conocí a mis hijos”.


Durante muchos años, su rutina estuvo marcada por largas jornadas de trabajo que iniciaban cuando la mayoría de las personas aún dormían. Recuerda que durante 24 años trabajó prácticamente todos los días del año, levantándose entre las dos y las tres de la madrugada para tener listos los chicharrones al amanecer.

“Estuve 24 años a diario de 2 a 3 de la mañana, nada más cuando me casé duré ocho días sin trabajar”.


Gracias a ese esfuerzo diario logró consolidar una clientela fiel que con el paso de los años convirtió sus chicharrones en una referencia obligada para muchas familias escuinapenses.

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Conforme avanzó el tiempo, la intensidad del trabajo fue disminuyendo. De laborar los siete días de la semana pasó a trabajar dos o tres jornadas, hasta llegar a la actualidad, cuando únicamente prepara sus productos los sábados.

“Ya nada más trabajo el sábado porque ya me estoy retirando, pero no dejo el trabajo porque el gusanito me trae para acá y luego mis clientes me buscan y me preguntan cuándo voy a hacer chicharrones”.


El legado que no quiere dejar morir

Aunque reconoce que ya se encuentra en una etapa cercana al retiro, Felipe asegura que mantenerse activo es una de las razones que lo impulsan a seguir trabajando.

Hoy ve esta actividad más como un pasatiempo que como una obligación. Disfruta conversar con quienes llegan a comprar, compartir anécdotas y pasar tiempo con los amigos que suelen visitarlo.

“Por mantenerme activo, por la tradición, porque me gusta y porque aquí me desestreso; viene un amigo, viene otro, nunca estoy solo”


A lo largo de los años, además de vender chicharrones, también se convirtió en maestro de varias personas que trabajaron a su lado. Algunos de sus ayudantes aprendieron el oficio y posteriormente emprendieron negocios propios, manteniendo viva la tradición en el municipio.

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Sin embargo, una de las mayores satisfacciones de su vida no se encuentra únicamente en el reconocimiento de los clientes, sino en los logros alcanzados por sus hijos. Gracias al trabajo constante de Felipe y al esfuerzo de su esposa como maestra, lograron brindarles educación profesional.

“Mis hijos ya son profesionistas; una es maestra de secundaria y el otro es enfermero. De aquí y de allá salió para darles escuela”.


Pese a que en algunas temporadas deja de trabajar temporalmente, asegura que no quiere que esta tradición desaparezca.

“Yo le digo a mi esposa y a mis hijos que yo no quiero morirme y esto quede aterrado, quede sin seguirse haciendo porque es una tradición familiar”.


Con 68 años de edad y 58 dedicados al oficio, Felipe Raygoza continúa moviendo la cazuela cada sábado, agradecido por la oportunidad de seguir haciendo lo que ama.

“Al final de cuentas estoy agradecido con Dios y con la clientela. Dicen ellos que el producto les agrada. Aunque hay mucho producto aquí en Escuinapa, todos lo hacen bien, pero dicen que nosotros tenemos un estilo diferente y es lo que nos mantiene aquí”.


Y mientras el chisporroteo de los chicharrones siga escuchándose en su negocio, la historia de “Chitomba” continuará siendo parte de la memoria, la tradición y la identidad de Escuinapa.


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Preguntas y respuestas
Jesús López
Jesús López

Egresado de la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación de la Universidad Autónoma de Sinaloa. 

Más de diez años de experiencia como periodista, laborando para diversos medios de cobertura estatal, como corresponsal en la zona sur del Estado de Sinaloa. Y actualmente enfocado en el periodismo constructivo.

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