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“El hambre es el mejor maestro” es una de las frases que definen la vida de Martín Alfonso Mayorquín Padilla, conocido como “El Profe” Padilla, quien dedica su vida a bolear y reparar calzado.
A sus nueve o diez años, cuando muchos niños apenas comienzan a descubrir el mundo a través de los juegos y la escuela, Martín tuvo que enfrentarse a una realidad distinta. Las circunstancias familiares lo llevaron a buscar la manera de obtener dinero para alimentarse, por lo que encontró en el oficio de bolero una oportunidad para trabajar y cubrir sus necesidades.

Recuerda que su madre tuvo que emigrar a Estados Unidos con el propósito de conseguir recursos para atender a una de sus hijas, hermana de Martín, quien padecía leucemia. Durante ese tiempo, él y otros hermanos permanecieron en El Rosario, situación que lo obligó a asumir responsabilidades desde una edad temprana.
Desde niño aprendió el oficio de bolero
Ante la necesidad, comenzó a buscar alternativas para ganarse la vida. Fue así como aprendió a bolear zapatos, una actividad que, además de proporcionarle ingresos, le permitió desarrollar una disciplina que hasta la fecha continúa siendo parte esencial de su personalidad.
“El hambre es el mejor maestro, gracias a Dios soy una persona trabajadora que nunca he dejado de luchar”
Sus primeros pasos en el oficio los dio trabajando para otra persona; sin embargo, aquella experiencia duró poco. Siendo todavía un niño, tomó la decisión de independizarse y salir a recorrer las calles del municipio con su cajón de bolero, dispuesto a conseguir sus propios clientes.
“El hambre es el mejor maestro, gracias a Dios soy una persona trabajadora que nunca he dejado de luchar”
De esta manera, Martín comenzó a construir una historia de esfuerzo que con el paso de los años lo convertiría en un rostro conocido para generaciones de rosarenses.
De Estados Unidos a los oficios en El Rosario
Con el transcurso del tiempo, su madre regresó por él y sus hermanos para llevarlos a Estados Unidos, donde Martín permaneció durante varios años y desempeñó diferentes trabajos.
Sin embargo, sus raíces y su historia estaban ligadas a El Rosario, por lo que finalmente regresó al municipio, donde buscó nuevas oportunidades laborales. A su retorno, Martín no se limitó a un solo oficio. Se desempeñó como jornalero, fotógrafo y hasta maestro de inglés.
No obstante, la falta de oportunidades y la irregularidad del trabajo lo llevaron a considerar nuevamente una actividad que conocía desde la infancia y que, pese al paso de los años, nunca había olvidado: bolear zapatos.

Así fue como decidió retomar su antiguo oficio, ahora con la experiencia adquirida durante su trayectoria y con la determinación de establecerse por cuenta propia. Se instaló en una esquina del Paseo Madero, donde comenzó a atender a quienes buscaban dar brillo a su calzado o reparar aquellas piezas que requieren de una segunda vida.
Lo que comenzó como una alternativa para enfrentar las dificultades económicas terminó convirtiéndose en una forma de vida.
“Ya voy para treinta años aquí y de aquí ya no me muevo”
Para Martín, permanecer durante tantos años en el mismo sitio no significa solamente tener un lugar para trabajar, sino haber establecido una relación de confianza con las personas que diariamente acuden a solicitar sus servicios.
Responsabilidad, trabajo a mano y una clientela que perdura
De lunes a domingo, durante todo el año, Martín “El Profe” Padilla se instala en su espacio de trabajo para ofrecer sus servicios.
Su jornada habitual comienza a las nueve de la mañana y concluye alrededor de las tres de la tarde, aunque cuando algún encargo requiere más tiempo, continúa trabajando por las tardes desde su casa.

Su trabajo es completamente artesanal. Cada pieza requiere atención, cuidado y dedicación, cualidades que considera indispensables para responder a la confianza que los clientes depositan en él.
“Aquí uno es su propio patrón, pero sabemos la responsabilidad que tenemos con el calzado, me gusta ser responsable”
Para Martín, trabajar por cuenta propia implica una libertad que también trae consigo compromisos. Considera que cumplir con cada encargo y entregar un buen trabajo es fundamental para conservar a sus clientes.
“Poco a poquito, bendito Dios fui agarrando clientela y aquí seguimos... Todo el trabajo lo hacemos a mano”
A lo largo de casi tres décadas en el Paseo Madero, por su sillón han pasado numerosas personas, algunas de las cuales se convirtieron en clientes habituales y, con el tiempo, en parte de su historia personal.
El oficio también le ha permitido conocer distintas generaciones de rosarenses, compartir conversaciones y establecer vínculos que van mucho más allá de una relación comercial. Sin embargo, los años también le han dejado recuerdos y momentos de nostalgia.
“Aquí han pasado y ya se me han muerto muchos clientes, cuando menos pienso que ando en el panteón, ya paso y veo sus fotos en las lápidas; ¡ay, Dios!, ni adiós me dijo este”
Pese al paso del tiempo, las dificultades y los cambios que ha enfrentado, Martín reconoce que este oficio le ha permitido sostenerse y continuar adelante.
Hoy, su sillón representa mucho más que una herramienta de trabajo: es el símbolo de una vida construida desde la necesidad, la independencia y el esfuerzo diario.
Su intención es mantenerse activo mientras conserve la salud y la fuerza necesarias para cumplir con sus labores.
“Hasta que Dios me dé licencia”









