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Una tarde, Miguel Ángel Martínez Gámez caminaba por la plazuela de Quilá cuando un grupo sentado frente a un puestecito lo dejó pasar sin reconocerlo.
Él saludó, siguió de largo y fue entonces que escuchó a sus espaldas:
“En la voz reconocí al profe Miguel”. Regresó.
Aquellos adultos habían sido sus alumnos y bastó un “buenas tardes” para que la memoria los devolviera al salón de clases.

Hoy tiene 68 años, cumplidos el 29 de septiembre, y sigue entrando cada mañana al Centro Cultural del Valle de San Lorenzo, en Quilá, donde ingresó desde diciembre de 1999.
Por actividades extra se ha separado de sus funciones en dos ocasiones y desde finales del 2024, se reintegró a la coordinación. Dice que el centro es una escuela, nada más que de artes, y que por eso nunca sintió que se jubilaba.
Su niñez lo forjó
Su historia empieza en el campo Canán, a la orilla de la carretera Eldorado a Culiacán, aunque lo registraron en Sataya, Navolato, y por ello durante años le costó explicar de dónde era.

Su mamá, cada vez que pasaban por Canán, le decía: “ahí naciste tú”. Hacia los cinco años, la familia se instaló en Loma de Redo, en Quilá, donde su papá llegó como administrador de tierras que se abrían al cultivo del arroz. Ahí cursó la primaria y ahí vive todavía.
Para la secundaria se fue a Culiacán, las crecidas del río volvían un problema llegar a Quilá. Estudiaba y trabajaba. Su papá le facilitaba un tractor los fines de semana y en vacaciones, y con lo que juntaba compraba sus libros y sus uniformes. Reconoce que sin ese apoyo habría sido más difícil.
Sus inicios en la docencia
Él soñaba con ser arquitecto, pero la economía familiar de aquella época no se lo permitió y la vida lo fue llevando por otro camino.
En la década de los 80, llegó a Sinaloa un programa federal para regularizar a quienes daban clases sin título, y Miguel Ángel se ofreció atender en la primaria de su pueblo el grupo de segundo año que reunía a los niños que todavía no sabían leer.

Estudió sábados, domingos y vacaciones en el Instituto Nacional Profesional del Magisterio y salió titulado, con tesis, pero sin plaza. Se fue a Tepic con la idea de estudiar dibujo técnico, todavía pensando en la arquitectura.
Fue el único inscrito y la carrera no abrió, así que terminó formándose en Civismo. Entonces le ofrecieron unas horas como maestro de español en la Técnica 41 en Pueblos Unidos, y para quedarse tuvo que cambiarse a lengua y literatura, especialidad en la que se tituló en 1989.
Inspiración y promesa de vida
En quinto y sexto grado tuvo un maestro, Miguel Ángel Quintero Melchor, que no regañaba y aun así lograba que las cosas se entendieran. Su letra era pésima y le daba vergüenza, así que se propuso escribir como el profe, y lo logró a fuerza de ejercicio.
Años después, comparte a Tus Buenas Noticias, pegaba una convocatoria en una tienda cuando el propio Quintero llegó, la leyó y aseguró ante los presentes que la había escrito él. Es decir, hacía referencia a que era la letra de su exalumno, aprendida de él.
Un día oyó decir que los formados en programas como ese eran “maestros al vapor”. No hablaba de él, pero Miguel se lo tomó personal y se hizo una promesa: demostrarle que no sería uno. Hoy, exalumnos con hijos, y hasta nietos, lo saludan por la calle. Hay doctores, ingenieros y gente de la política.
El pueblo lleva su huella
En Loma de Redo gestionó la telesecundaria que después se convirtió en la Secundaria Técnica 84; hace unas semanas, el 24 de septiembre, la comunidad celebró su 30 aniversario y develó una placa con la primera generación, la que él mismo dirigió.

Fue comisario municipal en dos ocasiones. En la primera impulsó el museo comunitario y el parque recreativo frente a la gasolinera. Dice que la gente le dio algo que valora más que un cargo: su confianza.
La familia
Tiene tres hijas mujeres y un varón, les dio libertad para estudiar lo que quisieran y hoy son profesionistas: una licenciada en educación artística, otra en derecho que labora, una psicóloga y un licenciado en criminalística. Les ha repetido siempre que entre más a gusto se está en lo que se hace, mejor se hace.
Sus planes son modestos y numerosos. Quiere trabajar dos años más y retirarse a los 70, aunque entiende el descanso como cambiar de actividad: transforma bicicletas distintas a las de siempre y escribe poemas, cien de ellos reunidos en A través del tiempo, más de doscientos esperando turno.

En el centro cultural, mientras tanto, la puerta está abierta de lunes a viernes: talleres gratuitos desde los cinco años, y para entrar solo se necesitan ganas de aprender.









