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En la sindicatura de El Tamarindo hay un rincón donde la gente se junta cada vez que hay fiesta. Ahí estaban la fuente, el kiosco y el tinaco, pero faltaba algo: un lugar donde alguien pudiera pararse, sacar el celular y tomarse una foto con cariño, sintiendo que ese pedazo de pueblo también era suyo.
Eso es lo que Javier González, “Tamarindo Rekordzs”, quiso dar al pueblo. Le dijo a su papá, Agapito González, que tenía ganas de unas letras de metal, y Agapito, herrero y soldador, contestó que el las hacía. Javier traía la idea; su papá la volvió metal. El 17 de diciembre de 2020 se inauguraron.
Letras y su origen
Quien se detiene a mirarlas con calma descubre que cada figura trae su propio cuento. Un venado por la familia de cazadores. Un tractor y una trilladora, porque El Tamarindo es un pueblo de campo. Un elote, pues casi todo mundo siembra maíz. El tinaco, que nadie necesita que le expliquen.

Y el emblemático tamarindo, claro, porque de esos árboles hay por todos lados en ese asentamiento.
Y también están las figuras más de casa. Un caballo en honor a Epifanio Rodríguez Gastelum, el "tata" de Javier, que según le contaba su mamá, habría llegado al pueblo y se siempre se le veía que se la pasaba andando a puro caballo.
Una guayaba por Catalina Rodríguez Cáceres, su mamá, amante de las guayabas. Un girasol por su nana Micaela Cáceres Madrid. Una palmera y un sombrero por Agapito. Y en la T, los colores de Tamarindo Rekordzs, la casa disquera de Javier.
Un lugar que le pertenece al pueblo
Quizá ahí esté lo más bonito. Quien pasa por el paradero no tiene que ser de esa familia ni conocerlos para encontrar algo propio: el maíz de su parcela, el tamarindo del patio, el tinaco que ve desde su casa. Las letras le hablan al pueblo entero, y cada vecino las lee a su manera.

Por eso el paradero es mucho más que un lugar para la foto: es donde El Tamarindo se mira de frente y se reconoce con sus familias y sus historias.
La herencia a un pueblo
Casi seis meses después de la inauguración, Agapito falleció. Dejó su memoria hecha a mano, en un lugar donde todos se reúnen. Para Javier, cada letra es el recuerdo de aquel trabajo compartido con su papá. Para el pueblo, es un regalo que ya nadie va a sentir ajeno, y que se presume como propio.









