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Hay un lugar en el corazón de esta sindicatura donde el tiempo parece detenerse un instante: la plazuela “La Tambora”. Situada en pleno centro, esta plaza es mucho más que un espacio de concreto y sombra; es el punto donde generaciones enteras de costarricenses han sellado su historia personal con la de su tierra.
Su historia, sus raíces
Fundada como sindicatura en 1949, cuando aquel poblado nacido alrededor de la Central Azucarera Sanalona recibió el nombre de "Tierra Rica y Fértil entre la Sierra y la Costa", Costa Rica se convirtió con los años en la segunda ciudad en importancia del municipio de Culiacán, solo después de la capital.
Y en medio de ese crecimiento, la plazuela “La Tambora” se mantuvo como el corazón que no deja de latir: ahí se organizan jornadas de empleo, campañas de salud, bazares con causa, tardes de banda en vivo y hasta los tradicionales "bandatones" que reúnen a cientos de jóvenes y familias completas.
Su nombre no es casualidad
La Tambora evoca la música que corre por las venas de Sinaloa entera, ese ritmo que acompaña bodas, quince años, funerales y fiestas patronales. Llamar así a la plaza principal de Costa Rica fue, quizá sin saberlo, sembrar en piedra el alma musical y festiva de su gente.
Quienes crecieron allí recuerdan tardes de domingo bajo sus árboles, primeras citas, kermeses escolares y desfiles del 16 de septiembre. Para los adultos mayores es el lugar donde alguna vez se sentaron sus propios padres; para los niños de hoy, el sitio donde aprenden a andar en bicicleta mientras suena una banda a lo lejos.
Recién rehabilitada, la plazuela luce hoy con más vida que nunca, pero conserva intacto lo que realmente importa: seguir siendo el punto de encuentro de una comunidad orgullosa de sus raíces.
Del pueblo para el pueblo
Porque más allá del cemento, las bancas repintadas o la iluminación renovada, lo que distingue a “La Tambora” es el cariño con que los costarricenses hablan de ella. La nombran con la misma naturalidad con la que hablan de su casa, porque en cierto modo lo es: la sala de estar de todo un pueblo.
Visitarla hoy es entender por qué, para quienes nacieron o llegaron a vivir en Costa Rica, esta plazuela no es solo un punto en el mapa de Culiacán, sino un símbolo vivo de identidad, memoria y pertenencia que se transmite de generación en generación, y que sigue latiendo cada tarde al ritmo de su gente.









