Cuando el turismo se fue, ellas encendieron el horno: la historia que aún huele a esperanza en Las Aguamitas, Sinaloa
En Las Aguamitas, doña María de Jesús Rivera, su hija María y su nuera Leticia Saldívar mantienen viva la tradición del pan de mujer y los tamales, un oficio familiar que resiste a la caída del turismo rumbo a Imala


Culiacán, Sinaloa.- El olor a leña encendida y masa recién horneada sigue saliendo de una vivienda a la orilla de la carretera a Imala, en Las Aguamitas, a 15 minutos de Culiacán.
Aunque hoy pasan menos autos y casi ningún camión turístico, en Las Aguamitas el horno no se apaga. Ahí, doña María de Jesús Rivera Zazueta —doña Chuy— continúa una historia que se cuece desde hace más de cuatro décadas.
A sus casi 73 años, que cumplirá en marzo, doña Chuy mantiene viva una tradición que aprendió de su madre y que convirtió en sustento familiar: el pan de mujer, elaborado en horno de leña, con dedicación y paciencia.

Junto a ella, su hija María mantiene la tradición mientras su nuera Leticia Saldívar prepara tamales de puerco y de elote, cocidos en agua con hueso, una técnica poco común que les da un sabor profundo, de esos que no se olvidan.
Un oficio heredado y compartido
María de Jesús no nació en Las Aguamitas. Es originaria de El Corral Viejo, un ranchito delante de Sanalona. Llegó a este poblado hace más de cuatro décadas, acompañando a su esposo Arcadio, fallecido hace 10 años. Aquí encontró tranquilidad, pero también una oportunidad.
“Cuando llegué, miré que pasaba mucha gente y pensé que podía vender pan”, recuerda.
Empezó con un horno pequeño, casi improvisado. Luego vino otro, más grande, y después un tejabán que fue creciendo conforme crecían también las manos dispuestas a ayudar.
Con ese pan sacó adelante a sus cuatro hijos: Bernal, Fidencio, Carmelo y María. Hoy la familia suma 10 nietos y dos bisnietos.
Antes, María, la hija de doña Chuy, amasaba hasta un saco de 40 kilos de harina al día. Hoy, con suerte, cinco kilos duran dos días.
@tus.buenas.noticias En la carretera rumbo a Imala, en Las Aguamitas, hay un tejabán que guarda olor a pan recién hecho y 25 años de historia. Ahí, doña María de Jesús, junto a su hija y su nuera, sigue preparando el tradicional pan de mujer, esperando que los turistas vuelvan a detenerse como antes. No es solo pan, es trabajo, familia y una tradición que se resiste a apagarse. ❤️ Si pasas por ahí, ya sabes dónde frenar. Puedes contactarlas vía WhatsApp al 667 221 6598 #Culiacán #Imala #HistoriasQueInspiran #Tradición #PanDeMujer
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Pan de leña, sabor de casa
El pan que se elabora aquí transmite identidad y calidez. Coricos, pinturitas, empanadas de calabaza, piloncillo, queso Philadelphia o cajeta salen del horno con un sabor que algunos culichis buscan todavía, incluso ahora que el camino a Imala se recorre con más cautela.
En este hogar se respira un ambiente campirano.
El olor a pan recién horneado se mezcla con el de los humeantes tamales que sacan de la vaporera. A lo lejos se escucha el ruido de las aves y las vacas, mientras en el patio las gallinas picotean y el perro duerme con la confianza de quien cuida sin vigilar.
“Hornear a la leña es diferente”, dice doña Chuy, con la certeza de quien ha probado todos los métodos. “No es lo mismo que el gas. La leña tiene lo suyo”.
Ese “algo” es lo que hace que clientes de la ciudad sigan marcando, preguntando si hay pan, si hay tamales, si pueden apartar. Algunos llegan hasta Las Aguamitas; otros prefieren pedir por teléfono.

Cuando el camino se apagó
La carretera frente a su casa solía ser un hervidero de gente, recuerda doña Chuy. Camiones llenos, familias, visitantes rumbo a Imala.
Hoy, esa postal pertenece al recuerdo. Desde hace poco más de un año, la crisis de seguridad apagó el flujo turístico y con él, una parte esencial de la economía local.
El pan ya no se hace todos los días: ahora es de miércoles a domingo. “Se extraña mucho a la gente”, admite. “Antes se llenaba el tejabán”.
Leticia y los tamales que aprendieron a quedarse
Leticia Saldívar llegó a Las Aguamitas desde Ciudad Obregón. Aquí aprendió a hacer tamales, guiada por su suegra y por vecinas que no la dejaron sola. Admite que al principio nada fue fácil: lavar el nixtamal, encontrar el punto de la masa, dominar los tiempos de cocción.
Hoy, tras casi 18 años, su técnica es precisa. Llegó a preparar hasta 400 tamales diarios en los mejores tiempos del turismo rumbo a Imala.
Ahora hace alrededor de 60, una o dos veces por semana. Menos volumen, pero el mismo cuidado.
Además del puerco y el elote, por pedido preparan tamales de pollo, rajas con queso, verduras o dulces. El guisado de la carne es todo un ritual; el caldo se aprovecha y los tiempos se optimizan. La experiencia sobresale.
Adaptarse para seguir
Cuando la gente dejó de pasar, la familia buscó alternativas, comparte Leticia. Hoy reciben pedidos por WhatsApp y, en algunos casos, acercan el producto a puntos de la ciudad como el fraccionamiento Los Ángeles.
También elaboran chorizo y machaca en pequeñas cantidades, siempre frescos. Pero el corazón del negocio sigue siendo el mismo: pan de mujer y tamales hechos en casa.
Para quienes deseen hacer pedidos, pueden comunicarse vía WhatsApp a los teléfonos 667 221 6598 y 667 309 0523.
El horno como acto de resistencia
En esta casa de Las Aguamitas viven y trabajan cuatro personas. No hay lujos, solo constancia. Eso sí, hay mucha leña, masa, maíz y manos que saben lo que hacen.
“De esto vivimos”, dice Doña Chuy con sencillez. Y también con esperanza: “Ojalá todo vuelva a ser como antes”.
Mientras tanto, el horno sigue encendido. Porque en medio de la incertidumbre, hay oficios que no se rinden. Y sabores que, aun en silencio, siguen esperando a quien decida volver a buscarlos.



















