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¡Jugositas! Ana Gabriela convierte las carnitas Armenta en una delicia de Culiacán

Desde muy temprano, en la avenida de Los Empaques de Barrancos, Ana Gabriela y su esposo inician el día con carnitas, chicharrón, chilorio, asientos y manteca de cerdo.

18 febrero, 2026
Ana Gabriela trabaja diariamente para apoyar al sustento familiar. En Barrancos, sus chicharrones truenan
Ana Gabriela trabaja diariamente para apoyar al sustento familiar. En Barrancos, sus chicharrones truenan

A las 5:40 de la mañana, cuando la gente de Culiacán, en Barrancos está despertando, Ana Gabriela Castaños Reyes ya está en su puesto. No llega corriendo ni con prisa nerviosa. Llega con calma, como quien sabe que el día se construye desde temprano y con paciencia.

A su lado está José Armenta, su esposo. Juntos levantan la carpa, acomodan el producto y revisan que todo esté en su punto.

Carnitas jugositas, chicharrón blandito y carnudo, chilorio, chorizo, asientos y manteca natural, de esa que todavía huele a casa y a cuidado. Nada de cortes, nada de mezclas. "Pura calidad", dice Ana Gabriela, con la seguridad de quien conoce lo que vende.

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Un sabroso emprendimiento

Ana Gabriela atiende su negocio con pasión desde hace dos años en Barrancos.
Ana Gabriela atiende su negocio con pasión desde hace dos años en Barrancos.

Ellos viven en el fraccionamiento Los Girasoles, aquí mismo en el sector Barrancos. No llegaron de fuera. No improvisaron. Este negocio tiene dos años y cinco meses caminando, avanzando despacio, como se avanza cuando todo se hace con lo que hay.

"No ha sido fácil", reconoce Ana Gabriela. "La venta va poco a poquito. Hay días buenos y días malos. Ahorita, con toda la situación, la economía ha bajado mucho", comparte con Tus Buenas Noticias.

El inicio fue modesto. "Empezamos con poquito", dice. Tan poquito que fue su cuñada quien les dio la primera nota para poder arrancar. Con apoyo familiar y muchas ganas, decidieron intentarlo. Primero vender, luego aguantar, después volver a intentar.

Antes de este puesto, Ana Gabriela ayudaba en trabajos que pocos ven: abrir esófago, limpiar tripa, preparar buche. Trabajo pesado, silencioso, necesario. José, por su parte, ya sabía hacer carnitas y chicharrones. Ahí aprendió el oficio. Ahí se sembró la idea.

El temor de iniciar algo nuevo

Con valentía Ana Gabriela acompañada de su esposo José, han trabajado para lograr cumplir este sueño.
Con valentía Ana Gabriela acompañada de su esposo José, han trabajado para lograr cumplir este sueño.

"Sí da miedo dejar lo seguro", acepta. "Pero llega un momento en que dices: hay que aventarnos. Si pega, qué bueno; y si no, a buscarle por otro lado". Pegó. No de golpe. No en grande. Pegó como pegan las cosas verdaderas: con recomendaciones.

"La gente viene y dice: me mandó fulanito", cuenta Ana Gabriela. Prueban. Regresan. Se quedan. El negocio no solo sostiene a Ana Gabriela y José. También es parte de una historia familiar más amplia.

Tienen dos hijos. El menor, de 14 años, estudia la secundaria. El mayor, de 21, trabaja desde hace cuatro años y además emprendió por su cuenta. Tiene una bebé de cinco meses y vende sushi los fines de semana, mientras sigue estudiando criminalística.

"Con una bebé ya no se puede esperar", dice Ana Gabriela. "Los pañales y la leche no se detienen", reconociendo así a su hijo como padre proveedor.

Las metas son sencillas, pero profundas. "Nos gustaría tener un tejabancito", comparte. Cuando llueve, el aire levanta la carpa y ella tiene que colgarse para que no se vuele. Aun así, se quedan. Aun así, venden.

Chicarrones calientitos

Los chicharrones salen diario calientitos del cazo.
Los chicharrones salen diario calientitos del cazo.

Abren de miércoles a lunes, desde las 5:40 de la mañana. El chicharrón sale entre 7:30 y 7:40. Los domingos cierran más temprano.

Descansan los martes. Todo tiene un orden, aunque el día nunca sea igual. Pero hay algo que distingue a las carnitas Armenta de muchos otros puestos. Algo que no está escrito en la lona ni anunciado en voz alta.

"Hay veces que llega gente y no les alcanza", dice Ana Gabriela, casi en voz baja. "Entonces también les doy. Para que todos tengan un plato en su mesa", confiesa con humildad. No lo ve como pérdida. "No le pierdo", asegura. "Es ganancia. Es abundancia", reconoce.

En tiempos donde la necesidad aprieta, Ana Gabriela sigue creyendo que compartir también sostiene. Que dar no vacía. Que la comida, cuando se ofrece con dignidad, alimenta más que el cuerpo.

Su puesto está entre Felipe Ángeles y Pablo Macías. Ahí, donde el humo empieza temprano y la gente pasa rumbo al trabajo, las carnitas Armenta no solo llenan tortillas; sostienen una forma de resistir.

En Barrancos, las historias de la gente buena no gritan. Se sirven calientes, se comparten cuando falta y se construyen, día a día, con trabajo honesto y un noble corazón.

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