Joel Trapero: Cuatro décadas soldando historias desde la Plutarco Elías Calles, en Culiacán
Joel Armando Trapero Aguilar, herrero de 65 años en Culiacán, suma más de cuatro décadas en la soldadura. Pensionado pero activo, ha sacado adelante a su familia con oficio, constancia y pasión


En la colonia Plutarco Elías Calles, al sur de Culiacán, el sonido del arco eléctrico sigue encendido. Ahí trabaja Joel Armando Trapero Aguilar, de 65 años, herrero por vocación, soldador por pasión y ejemplo vivo de que el oficio también construye futuro.
Aprendió en 1979, cuando rondaba los 18 años. Entró como ayudante a una fábrica de rastras y equipos agrícolas. Seis meses después ya punteaba piezas. Al año, soldaba estructuras grandes. Desde entonces no ha parado.

“Me gustó, me gustó y no le he parado”, dice Joel Armando sin titubeos, en entrevista para Tus Buenas Noticias.
De ayudante a especialista en estructuras pesadas
Joel comenzó en una fábrica de rastras que hoy aún existe. Permaneció 18 años ahí. Después pasó por talleres reconocidos de la ciudad, acumulando experiencia en estructuras agrícolas, bastidores de hasta cuatro toneladas y trabajos de alta exigencia.
Durante cinco años formó parte de cuadrillas que montaban espectaculares de gran formato, estructuras de 12 por 12 metros que se levantaban con grúas en el malecón y otros puntos estratégicos de Culiacán.
Trabajo riesgoso: Jornadas nocturnas para evitar clausuras y soldaduras en altura eran parte del trabajo. “Eso sí era complicado”, recuerda.
También disfrutó fabricar defensas para camionetas Cherokee: “piezas con dobleces precisos que exigían técnica y pulso firme”. La precisión lo enamoró del oficio, admite con añoranza.
La independencia que llegó con una máquina Lincoln
Tras más de dos décadas como empleado, decidió dar el salto. Un socio le recomendó invertir en una máquina de soldar. Eligió una Lincoln, más costosa, pero confiable. Esa decisión marcó un antes y un después.
Comenzaron a llegar pequeñas chambas: una protección, un portón, un tejabán. Joel hizo cuentas y entendió algo simple: con dos “encargos” por semana podía ganar lo que antes obtenía con patrón.
Y se independizó.
Desde su casa, en la Plutarco Elías Calles, instaló su taller. Fabricó tejabanes, canceles, barandales y estructuras metálicas.
Con el tiempo, el trabajo llegó por recomendación. Cliente satisfecho, cliente que recomienda, descubrió. La fórmula clásica, pero infalible.
“¿Por qué no me independicé antes?”, se pregunta ahora, entre risas.
Soldar también tiene costo
La soldadura deja satisfacciones, pero también huella. Joel reconoce que la vista se le ha deteriorado. De noche ya no conduce porque siente que las luces se le abren como estrellas.
Desde hace años usa lentes para soldar y ha aprendido a administrar el ritmo.
Hoy trabaja más tranquilo. Ya no solda de madrugada ni se desvela como antes. Si el trabajo requiere subir a lo alto de un tejabán, ahora apoya desde abajo: corta, arma y deja que un ayudante joven suba a soldar.
La experiencia le ha enseñado que la constancia es más poderosa que la prisa.
Pensión, previsión y oficio
Durante años trabajó por su cuenta sin cotizar. Un amigo le insistió en registrarse para asegurar su retiro. Lo hizo a tiempo. Hoy recibe una pensión modesta que complementa con su taller.
Es una transición inteligente. Joel sigue activo, pero con margen para descansar cuando el cuerpo lo pide.
“Con eso y lo que saco aquí sobrevivo”, explica con serenidad.
El legado: trabajo y ejemplo
Joel sacó adelante a cuatro hijos con la soldadura. En su juventud, cortó tomate y regó tierras en el rancho. Pero un amigo le avisó que buscaban ayudantes en un taller y no dudó en probar suerte. Su amigo no quiso aprender a soldar. Joel, sí. La diferencia fue el gusto por este oficio.
Su pasión por el oficio es tal, que ha enseñado a soldar a jóvenes e incluso a su hijo, aunque este eligió otro camino. Pero no le molesta, pues sabe que el oficio no se impone.
Cuando termina un trabajo y observa el resultado, siente la recompensa. No solo económica. También personal.
“Me he divertido mucho. Me ha ido bien. No me quejo”.
Oficios que sostienen ciudades
En tiempos donde lo digital parece dominarlo todo, historias como la de Joel recuerdan que las ciudades también se construyen con acero, chispa y paciencia.
Desde la colonia Plutarco Elías Calles, este herrero de 65 años demuestra que la experiencia no se jubila. Se transforma. Ajusta el ritmo, delega lo pesado y mantiene encendido el arco.
Porque mientras haya quien necesite un portón firme o un tejabán resistente, habrá manos como las de Joel, listas para soldar un futuro seguro y más confortable.















