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En Culiacán, perdió a su esposo y a dos hijos… hoy su horno de tierra le devolvió las ganas de vivir

Tras perder a su esposo y dos hijos, doña Juanita construyó un horno de tierra en su patio para salir adelante. Conoce su historia de fe y resiliencia horneando pan en el fraccionamiento Los Ángeles, Culiacán.

17 marzo, 2026
Tras perder a su esposo y a dos de sus hijos hace 15 años, doña Juanita aprendió por su cuenta a hacer pan y convirtió un horno rústico en el patio de su casa en su principal forma de sustento. | Imágenes de Francisco Castro
Tras perder a su esposo y a dos de sus hijos hace 15 años, doña Juanita aprendió por su cuenta a hacer pan y convirtió un horno rústico en el patio de su casa en su principal forma de sustento. | Imágenes de Francisco Castro

Culiacán, Sinaloa.- Hace quince años, el mundo de María Juana Reyes Terán se apagó de golpe con la pérdida de su esposo y dos de sus hijos. 

Hoy, en el patio de su casa en el fraccionamiento Los Ángeles, el fuego ha vuelto a encenderse, pero esta vez dentro de un horno de tierra que ella misma construyó para transformar el dolor en pan y la necesidad en un motivo para seguir adelante.

María Juana Reyes Terán encontró en el pan una forma de salir adelante. Desde su casa en Los Ángeles hornea conchas y empanadas que vende para sostener a su familia.
María Juana Reyes Terán encontró en el pan una forma de salir adelante. Desde su casa en Los Ángeles hornea conchas y empanadas que vende para sostener a su familia.
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Esta historia nos lleva al fraccionamiento Los Ángeles, a un costado del parque Pomona, a un pequeño hogar donde el aroma a pan recién horneado se escapa por el patio y se mezcla con la vida cotidiana del barrio. 

Allí vive María Juana, a quien todos conocen como doña Juanita. Tiene 68 años y desde hace más de una década encontró en el pan una manera de sostener a su familia… y también de sanar el alma. Y así comparte su historia para Tus Buenas Noticias.

Un horno levantado con tierra y esperanza

El horno donde prepara su pan no salió de una fábrica ni de una tienda. Lo construyó ella misma.

Con paciencia, tierra y materiales conseguidos poco a poco, levantó un horno rústico en el patio de su casa. No había ladrillos ni dinero para comprarlos, así que fue resolviendo con lo que tenía a la mano.

“Yo sola aprendí”, cuenta con sencillez. “Echando a perder, como luego decimos”.


El aprendizaje empezó preparando pan solo para su familia. Con el tiempo, los vecinos se dieron cuenta del olor que salía de su casa y comenzaron a acercarse. Así nació el modesto negocio.

Hoy hornea conchas de vainilla, empanadas de calabaza o piloncillo y pan tradicional de mujer, sin relleno, recetas sencillas que prepara con esmero y vende a 10 pesos cada pieza, frente al Oxxo, por el bulevar California.

En el fraccionamiento Los Ángeles, María Juana Reyes Terán hornea pan en un horno rústico que ella misma construyó. Con su venta, ha salido adelante junto a su hija y su nieta.
En el fraccionamiento Los Ángeles, María Juana Reyes Terán hornea pan en un horno rústico que ella misma construyó. Con su venta, ha salido adelante junto a su hija y su nieta.

El dolor que cambió su vida

Hace quince años la vida de doña Juanita cambió de golpe. En un mismo episodio perdió a su esposo y a dos de sus tres hijos: el mayor, que estudiaba la universidad con el sueño de ser contador, y el más pequeño, que cursaba el bachillerato.

La tragedia la dejó sola con su hija del medio, Griselda Astorga, quien hoy tiene 33 años, y con el paso del tiempo también con su nieta, que ahora tiene 15.

“Sentía que no podría sola”, recuerda.


Pero la vida no se detiene. Y entre el dolor y la incertidumbre tuvo que encontrar la manera de seguir adelante… por el bien de ella y de su hija, y ahora de su nieta.

El pan apareció entonces como una oportunidad.

Un trabajo que también es terapia

Al principio horneaba solo para comer en casa. Pero cuando vio que los vecinos empezaban a comprarle, decidió animarse a vender.

“Porque teníamos necesidad… nos quedamos solas”, explica.


Hoy suele preparar dos kilos de pan cada vez, dos o tres veces por semana cuando su salud se lo permite. Después sale con cuidado a venderlo frente al OXXO del bulevar California, en la entrada del fraccionamiento, o camina por las calles cercanas donde ya la conocen.

No siempre es fácil vender todo. “A veces los vendo y a veces regreso otro día”, dice con honestidad.

Pero para ella el valor del pan va más allá del dinero. “Me sirve de terapia”, confiesa.


Cuando amasa o prende el horno, ocupa su mente. Si no está haciendo pan, se pone a coser o bordar servilletas para vender. Mantenerse activa es una forma de seguir adelante.

Una familia que camina junta

En la casa viven tres generaciones: doña Juanita, su hija Griselda y su nieta adolescente.

Mientras su hija trabaja en un empleo formal durante el día, por las tardes también ofrece servicios de manicura, maquillaje y peinados desde casa.

Doña Juanita, mientras tanto, se encarga del hogar: cocina, revisa que haya frijoles o tortillas y, cuando puede, acompaña a su nieta en su rutina diaria.

Su vida gira alrededor de ese pequeño núcleo familiar que, después de tantas pérdidas, se convirtió en su motor.

Las huellas del tiempo

La salud también le ha puesto retos. Hace años fue operada tres veces por un tumor en la pierna, tratamiento que incluyó radiaciones.

Aunque logró superarlo, le quedaron secuelas: una pierna rígida, problemas de circulación y el uso permanente de un bastón.

Además, el cansancio propio de la edad hace que trabajar ya no sea tan sencillo. “A veces ya no puedo trabajar igual”, reconoce. Pero aun así sigue intentando.

Porque cada pieza de pan representa un pequeño logro.


Un oficio que nació de la necesidad

Doña Juanita no aprendió en una panadería ni en una escuela. Aprendió porque la vida la obligó.

Y hoy, quince años después de aquella tragedia, su horno rústico sigue encendido en el patio de su casa, recordando que incluso en los momentos más difíciles se puede encontrar una forma de seguir.

Entre conchas, empanadas y pan de mujer, el trabajo de sus manos se convirtió en algo más que un sustento. Es una forma de resistencia… Y también, de esperanza.

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