Doña Liz Amillano: 22 años reparando bicicletas y construyendo comunidad en Culiacán
Desde hace 22 años, Liz Carmina Amillano López atiende su taller de bicicletas en la colonia 10 de Abril, al norte de Culiacán. Esfuerzo, técnica y trato justo la han convertido en referente del barrio


En la colonia 10 de Abril, al norte de Culiacán, hay un taller que comenzó en la sala de una casa y hoy es punto de referencia para ciclistas del sector y colonias vecinas.
Ahí, en la esquina de Obrero Mundial y calle Cuarta, trabaja, de lunes a sábado, Liz Carmina Amillano López, conocida por todos como Doña Liz.
Tiene 57 años y 22 de ellos los ha dedicado al Taller de Bicicletas y Refacciones 10 de Abril, negocio familiar que atiende junto a su hijo, Javier Antonio, de 27 años, y su esposo, Gerardo Garduño Figueroa.

Lo que hoy es mostrador y el estante de herramientas y refacciones, antes fue cocina y sala. Literal, comparte Liz para Tus Buenas Noticias.
Más de 40 años dominando la técnica: El arte de reparar bicicletas
La historia no comenzó en esta colonia. Hace 40 años, cuando tenía apenas 18, Liz entró a trabajar junto a su hoy esposo en un negocio de bicicletas en el centro de Culiacán. Ahí aprendió la teoría: cómo funciona cada pieza, dónde va cada tornillo, por qué una cadena truena o un freno falla.
“Cuando conoces cómo funcionan las piezas, es más fácil”, dice doña Liz.
No habla desde la improvisación, sino desde la técnica. Porque reparar bicicletas no es cuestión de fuerza bruta, es de saber cómo hacerlo, afirma.
Después de esa etapa de aprendizaje, Gerardo, su esposo, abrió hace 35 años un taller de bicicletas en la colonia Tierra Blanca.
Tres años después de la apertura del primer negocio, el matrimonio Garduño Amillano se mudó a la colonia 10 de Abril, donde hace 22 años abrieron un nuevo taller, esta vez en su casa.
El negocio inició con la venta de bicicletas en temporada decembrina. Luego llegaron las refacciones. Y una cosa llevó a la otra, comparte.
“Venían y preguntaban: ‘¿No vende esto?’ No, pero mañana te lo tengo”, recuerda Liz Amillano. Así empezó a vender mercancía bajo pedido y a construir clientela.

Un negocio familiar que une a la 10 de Abril y Tierra Blanca
No fue sencillo. Con tres hijos pequeños, organizar el tiempo era clave. “Hasta tal hora estoy en mi casa y luego me paso para acá”, explica.
Mientras su esposo seguía atendiendo el taller en Tierra Blanca, ella combinaba labores domésticas con la atención del negocio.
Cuando su hijo Javier estaba en kínder, ya ayudaba entre herramientas y llantas ponchadas. Hoy es él quien lleva la mayor carga del establecimiento.
Doña Liz ya no realiza trabajos pesados; una lesión en el hombro la obliga a dosificar esfuerzos. Se encarga de desponchaduras y reparaciones sencillas. Atiende a los clientes, recibe encargos, organiza el trabajo. Su hijo y su esposo asumen lo más demandante físicamente.
Pero su presencia es el corazón del lugar.
Confianza y trato justo: El secreto para trascender generaciones
En el barrio la conocen todos. Hay jóvenes que llegaron de niños a reparar su primera bicicleta y hoy regresan con sus propios hijos. Clientes de colonias como Santa Fe o Cimas del Humaya y hasta La Guásima buscan el taller.
La clave, dice, es sencilla: hacer las cosas bien y no abusar de la confianza del cliente.
“Que el cliente diga: voy allá porque me lo hacen bien. Esa es la satisfacción”. No se trata de cobrar de más ni de imponer la reparación más cara. Se trata de ofrecer opciones y cuidar el bolsillo del cliente.
En tiempos donde el consumo rápido manda, su apuesta es distinta: reparar, ajustar, reutilizar. Durante la pandemia dejó de vender bicicletas completas; la escasez de refacciones y el alza de precios complicaron el panorama. Optaron por armar bicicletas para ofrecer precios más accesibles.
Un taller que también es refugio
El negocio abre de lunes a sábado, de 12:00 a 19:30 horas. Hay días muy buenos y otros en los que el movimiento baja. Cuando la situación en la ciudad obliga a cerrar o reduce la afluencia, se nota de inmediato. “La gente no sale a la calle”, comenta Liz.
Aun así, no habla desde la queja. Habla desde la constancia.
Para ella, mantenerse activa es también una forma de salud. “El día que no trabaja uno, se deprime”, dice.
El taller no solo le da ingresos: le da propósito, contacto humano, historias diarias que la divierten y la mantienen en movimiento.
El valor de lo útil
Para doña Liz, el principal logro es sostener un negocio familiar por más de dos décadas en el mismo lugar, convertir su casa en fuente de trabajo y formar a su hijo en el oficio.
En una ciudad que cambia a ritmo acelerado, su taller permanece como un punto fijo. Un espacio donde la técnica se mezcla con la confianza y donde cada bicicleta que sale ajustada es, en el fondo, una pequeña victoria cotidiana.
Porque mientras haya una bicicleta que necesite aire en la llanta o frenos ajustados, Doña Liz seguirá ahí, rodando sueños desde la 10 de Abril. Y eso, en tiempos inciertos, es una forma muy concreta de esperanza.
















