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El sol cae fuerte sobre Barrancos y, a media mañana, el hielo comienza a sonar dentro del cepillo para hacer raspados.
Frente a Soriana Barrancos, por la calle Giovanni Zamudio, un pequeño puesto empieza a recibir a los primeros clientes del día. Entre botellas de jarabes caseros, hay uno que llama especialmente la atención: pitahaya.
No es un sabor común.
De hecho, muchas personas se detienen solo por curiosidad.
Detrás del mostrador está Gisela Yuleni Erena Rodríguez, una joven de 27 años que, mientras atiende pedidos y acomoda vasos, habla con la tranquilidad de quien está construyendo algo propio paso a paso.
Su raspado de pitahaya nació hace apenas un mes, pero ya comenzó a hacerse conocido entre quienes pasan por el sector Barrancos.
“Es nuevo. Yo lo hice”, dice con una sonrisa sencilla, casi como si todavía le sorprendiera que la idea funcionara.
La historia detrás del raspado de pitahaya

La historia comenzó mucho antes de que apareciera el primer raspado.
Su mamá tiene un puesto de verduras y frutas en ese mismo lugar desde hace dos años. Todos los días, desde temprano, Gisela llega para ayudarle a vender. Entre los productos que ofrecen está la pitahaya, una fruta de temporada de color intenso y sabor delicado.
A veces algunas piezas salían golpeadas o demasiado maduras para venderse como fruta fresca.
Y en lugar de ver una pérdida, Gisela vio una posibilidad.
“Las limpiaba y las hice jarabe”, cuenta.
La receta la encontró en TikTok, pero el resultado terminó siendo suyo. Probó, ajustó y volvió a intentar hasta lograr un sabor que hoy se ha convertido en el distintivo de su puesto.
El raspado de pitahaya tiene un color rojo que llama la atención desde lejos. Es fresco, ligeramente dulce y diferente a los sabores tradicionales. Quienes se animan a probarlo suelen regresar.
“Hace rato vino un señor, lo probó y dijo que sí estaba bueno, que le gustó”, comenta con entusiasmo.
El apoyo familiar en el emprendimiento de Gisela Yuleni

Ese entusiasmo tiene más valor cuando se conoce el resto de su historia.
Gisela es madre de dos niñas y, además de trabajar todos los días en Barrancos, volvió a estudiar después de ocho años. Cursa Trabajo Social y recientemente pasó a segundo año de la carrera.
Durante mucho tiempo creyó que la escuela tendría que esperar.
Se casó, llegaron sus hijas y, como ocurre con muchas mujeres, sus planes personales quedaron en pausa.
Pero un día decidió regresar.
“Uno necesita buscar otras alternativas para salir adelante”, dice.
Su rutina no es sencilla. Llega temprano al puesto de verduras, abre el negocio de raspados a partir de las diez de la mañana y, cuando llega el momento de ir a clases, su mamá se queda al cuidado de sus hijas.
“Mi mamá me las cuida”, dice con gratitud.
Ese apoyo familiar es parte importante de lo que hoy está construyendo. Mientras ella estudia y emprende, su madre sostiene una parte del camino; y cuando llega el fin de semana, su esposo también se involucra en el cuidado de las niñas para que Gisela pueda continuar con sus estudios.
El puesto todavía es joven. Las primeras semanas fueron tranquilas y hubo días en los que las ventas llegaban solo por la tarde. Poco a poco comenzó a publicar más en redes sociales y a entender el movimiento del lugar.
“Me di cuenta de que durante todo el día llega gente”, cuenta.
Y con el calor de Culiacán, un raspado bien frío siempre encuentra quien lo busque.
Además del raspado de pitahaya, vende sabores de ciruela, tamarindo, vainilla y mango con chamoy, así como chimichangas, cevichurros, tostilocos, cacahuatadas y botanas preparadas. Todo lo atiende ella misma.
No hay un gran negocio detrás.
Hay una joven que decidió aprovechar lo que ya tenía a su alrededor: el puesto de verduras de su mamá, una fruta que podía transformarse y las ganas de salir adelante sin dejar de estudiar ni de cuidar a su familia.
Mientras termina de servir otro vaso lleno de hielo y jarabe color rojo, un cliente se acerca preguntando precisamente por el raspado de pitahaya.
Ella sonríe, toma una cuchara y comienza a prepararlo con la rapidez de quien ya encontró su especialidad.
Quizá ese sea el verdadero sabor de esta historia: el de una idea sencilla que nació entre cajas de fruta y terminó convirtiéndose en un motivo para que más personas se detengan, prueben algo diferente y conozcan el trabajo de una joven emprendedora que decidió no dejar sus sueños para después.
Un postre original que destaca en el sector Barrancos
¿Dónde encontrar los raspados de Gisela?
Su puesto está ubicado frente a Soriana Barrancos, por la calle Giovanni Zamudio, en el sector Barrancos, Culiacán.
Abre de lunes a sábado, a partir de las 10:00 de la mañana.
Los raspados tienen precios de 35 y 45 pesos, y el de pitahaya es el sabor original que está comenzando a conquistar a quienes pasan por la zona.













